Ana, la que me cuida

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Ella es menor, él no es normal
Y lo que están haciendo es un pecado mortal…
“Nos siguen pegando abajo”

Canción de Charly García

Hoy me toca quedarme con Ana, la que me cuida, porque Mamita tiene recorrido por La Habana Vieja. Estoy contento, pero no puedo demostrarlo por fuera, porque ella se pone un poco triste si no le digo siempre que la voy a extrañar mucho porque es la luz de mi vida. Aunque quedarme con Ana sea más divertido.
Mamita está muy linda cuando sale del baño fresquita y toda mojada, yo lo sé… pero no la miro mucho sin ropa porque ella siempre dice que eso entre madre e hijo está mal y a mí no me gusta que llore ni se preocupe, así que trato de hacer sólo lo que ella dice que está bien, porque ya soy un niño grande que pronto cumplirá veinte, así que me sé los números, sumar, restar y multiplicar y hasta la dirección de mi casa, aunque la puñetera división no se me dé bien todavía.
Pero de todos modos Mamita está linda incluso cuando se viste con su uniforme rojo de Cubanacán, con su chaqueta bien planchada y su falda corta y ceñida que tanto favorece a sus piernas largas sobre los tacones altos, el último regalo de papá-que-está-lejos antes de irse para el país de los malos que hacen las cosas buenas, y sólo llamar de vez en cuando para decir que está bien, aunque debe ser mentira, porque mamita dice que nunca que nos extraña, y llora por él cuando cree que yo no la oigo… pero eso sí, yo no tengo la culpa de nada, me dice siempre luego, porque soy un niño muy bueno, y a pesar de mi problema, que tampoco es tan grave, soy la mayor alegría de Mamita, el centro de su vida y no sabría que hacer sin mí.
Cuando ella termina de maquillarse y arreglarse el pelo con el secador y la plancha casi parece una princesa y yo le digo lo que más le gusta oír, sobre todo desde que estamos solos sin papá: que los años se le notan como si fueran meses, porque me gusta ver su sonrisa cuando me da el beso y me dice que aunque se ponga viejita y arrugada yo voy a ser siempre su novio, así que, cuidadito, mejor que no deje que ninguna pitufita me robe, y que me porte bien y le haga caso a Ana en todo.
Las pitufitas de la que habla mamita no son como la de los muñequitos, que es de piel azul, rubia y una sola que siempre viste de blanco, sino cualquier muchacha más joven que ella, sobre todo si son bonitas y visten ropa cortica y zapatos de tacón alto y se maquillan mucho. Todas menos Ana, que aunque sólo tiene 15 no está en eso, según Mamita, porque me cuida y es de confianza y juega conmigo como si no le importara mi problema, que es lo que decidió a Mamita a dejarme con ella hace 6 meses, cuando descubrió que Berta la tía de Mariela, que parecía seria pero resultó ser una descarada aprovechadora, se comía lo que ella me dejaba en el refrigerador sin darme más que un poquitico, mala y glotona que era, y mira que su sobrina la había recomendado.
Pero, aunque nadie la recomendara, Ana es otra cosa. Por eso casi doy brincos de contento cuando llega, con su uniforme de blusa blanca y saya carmelita del Tecnológico de Contabilidad, en tenis bajitos, con el pelo recogido y sin maquillaje, y escucha muy seria y responsable cuando Mamita le dice qué comida me dejó en el frío y cómo tiene que asegurarse de que después de dejar limpio el plato me bañe y me ponga ropa limpia, y claro, que me vigile cuando juego con la Playstation, como siempre.
Luego Mamita me besa, suspira que si no fuera por el maldito dinero nunca me dejaría solo con nadie y se va taconeando a enseñarles La Habana a los turistas para que el dinero de ellos sea para nosotros, y Ana y yo nos quedamos solos, y ahora sí no puedo aguantarme, porque ya siento como maripositas volando dentro de la sangre y querría gritar y hasta orinarme de contento como los perritos, aunque ya sea un niño grande. Porque empieza la fiesta, que me gusta más que la Playstation.
Entonces Ana me mira de reojo, sonríe, se quita los zapatos y se suelta el pelo, que lo tiene rizado y mucho, no como el de mamita y el mío, medio rubio y poquito, y yo tiemblo esperando su susurro pícaro, hasta que dice “Juliancito… ¡que te cojo!” y suelto la carcajada sin poderme aguantar más y corremos y corremos descalzos por toda la casa, y yo tengo las piernas más largas y conozco mejor las habitaciones y los pasadizos, pero Ana es chiquitica y se cuela por todos lados y al final siempre me coge…  pero nada más porque yo me dejo, aunque no se lo cuento nunca.
Me dejo coger porque cuando me acorrala, sudorosa y jadeante, siempre me agarra fuerte la cara y me da un beso rico, no como los de mamita, sino con lengua dentro de la boca, como me dijo que se les dan a los novios, porque yo soy su novio secreto y no puedo contárselo a nadie, ni a Mamita. Y me mira y me acaricia la cabeza diciendo “qué desperdicio de macho, con esa cara, ese tamaño y esa…” y a mí ahí mismo se me pone duro el rabito, pero Ana no es como mamita, que me dice que eso no se hace, ella enseguida se da cuenta y pone cara de hambre y me abre el pantalón para sobármelo como si fuera algo maravilloso, como yo hago con los juguetes que me traía Mamita antes de la Playstation, cuando los turistas le daban mucho maldito dinero o papá-que-está-lejos mandaba dólares.
Y a veces, como ahora, sin asco, hasta se lo mete en la boca y lo chupa como un pirulí, que las primeras veces me hacía dar griticos de la cosquilla y soltarle el pipí dulce en la boca enseguida, hasta que me dijo que a ella le gustaban más los novios que aguantaran mucho rato, así que ya no me dejo ir tan rápido a no ser que ella misma me lo pida. Pero sí la dejo chupar y suspirar diciendo lo grande y gorda y linda que la tengo hasta que se quita toda la ropa y me deja que le bese las teticas, que no son grandes y tumbonas como las de mamá, pero sí muy sensibles, y que le toque allá abajo, donde antes tenía pelo como yo desde hace unos años, pero ahora no tiene ninguno porque desde hace casi un mes se lo afeita para que yo le haga lo que más le gusta: lo mismo que ella me hizo a mí, con la boca, hasta que me suelte el pipí dulce y dando griticos, aunque no sé cómo porque ella no tiene el rabito tan grande como yo, sino sólo una cosita muy chiquitica pero que la estremece toda cuando se la beso y mordisqueo. Tanto que una vez me clavó las uñas en la espalda y luego tuvimos que decirle mentira a Mamita, que había sido Pelusa, el gato de la vecina, así que ella cerró con malla el patio, para que no volviera a pasar, lástima, porque Pelusa a veces bajaba y se dejaba acariciar y ronroneaba contento si le daba comida, y ahora ya no puedo jugar con él, tan lindo y tan blanco.
Pero es que tengo que cuidar también a Ana, como me dice ella siempre. Por eso dejo que me ponga en el rabito uno de esos gorritos de goma que se desenrollan antes de esconderlo dentro de ella, y me aguanto para no gritar cuando siento la cosquillita, aunque ella gimotea y casi llora cuando la empujo duro dentro de ella, para que me abrace con las piernas como nos gusta a los dos. Dice que llora de gusto, aunque al principio me parecía raro que uno disfrutara llorando, pero ella dice que es que yo soy su primer novio y la tengo muy grande, casi demasiado para empezar. Pero que el dolor puede ser placer, y que lo bueno y lo malo de eso es que después las de todos los demás le van a parecer palillos de dientes, así que nunca me va a olvidar, ni aunque cumpla tantos años como Mamita. Aunque ella no es vieja, no.
Como yo no quiero que me olvide hago lo que me pide; la cojo por el pelo como le gusta, le doy nalgadas como me hacía Mamita hace años cuando me portaba mal, pero a ella le encanta; gime y me dice bajito que soy su macho, el que le da  más placer haciéndola sufrir. Y eso me gusta, pero no entiendo muy bien por qué, así que acabo acostándome bocarriba para que ella haga caballito encima de mi rabito, que le gusta mucho, hasta que, después que hemos usado tres gorritos, se cansa y me dice que no es de hierro como yo, y que ya le duele hasta el carnet de identidad, así que basta de juegos, porque mejor como para bañarme antes de que sea más tarde.
Yo me porto bien: me como todo el puré, el arroz y el bistecito, manejando solito los cubiertos como les gusta tanto a Mamita… y a Ana también, porque cuando termino de tomarme el yogurt me dice que ahora, como premio ¡qué era lo que yo esperaba! se va a bañar conmigo… y que además me va a enseñar un juego nuevo.
Seré grande, pero me gustan mucho los juegos, y más que los de Playstation, los que juego con Ana.
Así que la sigo a la poceta, disfrutando cómo se ve de espaldas caminando delante de mí, desnuda y descalza, tan linda aunque sea tan diferente a Mamita, y cuando estamos llegando, como siempre, ella me agarra por el rabito para halarme, como si fuera la correa de un perro y ya lo tengo grande y duro otra vez, así que me dice que soy un mulo, algo increíble, que no sabe cómo hago, y eso me lo pone todavía más grande, siempre, aunque ya empiece a caernos encima el agua fría de la ducha.
Me gusta mirar cómo cambia el pelo de Ana bajo el chorro; al principio se resiste a mojarse, pero luego se empapa y cae largo como el de mi mamá. Y ella me echa champú para sacar espuma y me dice que ojalá tuviera mi pelo y no fuera apenas una mulatica adelantá, pero enseguida me vuelve a coger el rabito y susurra que eso sí no es de blanco, que más bien es un tolete de negro y muy señor mío.
Y antes de que me dé cuenta me lo está enjabonando y cuando lo tengo tan duro que casi me duele se vira y yo voy a salir de debajo de la ducha para buscar el gorrito de goma que se desenrolla, pero ella me susurra con la voz gorda como más me gusta que no hace falta, porque hoy quiere otra cosa, que se lo meta  por el otro huequito.
Yo no entiendo lo que me pide, al principio ¿por dónde mismo hace caca? Pero ella dice que sí, que para eso mismo me la enjabonó, para que resbale y no le duela tanto, y porque por ahí no corre riesgo de tener niñitos como yo. Así que le hago caso y empujo, y empujo y ella gime al principio y dice que cree que no se va a poder, y mira lo fácil que parecía en la película que le prestó su primo, pero que ninguno la tenía como la mía… hasta que de pronto todo se relaja y yo siento que me pierdo dentro de ella y da un gritico y me preocupa porque lloriquea diciendo que le duele, que le duele mucho, que parece que la estuvieran quemando o rompiendo… pero cuando trato de sacársela por miedo a hacerle daño de verdad me guanta con las manos y me dice que no, que también le gusta, que empuje más duro, que se la meta toda, que la parta en dos, que es riquísimo, y es verdad, porque cuando yo le hago caso siento que me aprieta como nunca.
Entonces, con la voz gorda, me pide que la agarre por el pelo y la hale, y se mueve y da griticos y me dice que siempre voy a ser su macho, que la reviente, que la haga más mujer que nunca, aunque no va a poder sentarse en una semana, pero que es una locura, y yo siento como candela u hormiguitas vivas corriéndome por dentro y ella que me grita que le dé duro, que le dé nalgadas, y cuando le sueno la palmada en sus nalguitas le suenan fuerte, será por el agua, y luego se pone de rodillas debajo del chorro de la ducha y apoya la cabeza en el suelo para abrirse bien con las dos manos y me pide casi llorando que la clave hasta el fondo, y yo le hago caso, y empujo duro y ella grita, y se sacude, y la cojo por el pelo y vuelvo a empujar y la cabeza le da contra los azulejos y me da miedo y le pregunto otra vez si no le duele mucho, pero ella que no, que no importa, que le gusta, que la reviente, que se va casar conmigo para que le haga eso todos los días, que más…
Así que vuelvo a empujar y la cabeza le da otra vez bum contra los azulejos, y bum, y ella grita y yo grito y bum bum…
Ha sido tremendo. Nunca había sentido una cosquillita como esa, y cuando el rabito se me baja y lo saco del lugar por donde Ana hace caca lo tengo embarrado de caca, qué asco, me lo lavo rápido… pero también de rojo y a ella le sale un poquito de sangre… pero hay mucha sangre, y ella no se mueve, y el pelo tendido en el suelo se le va poniendo muy rojo de toda la sangre que le sale de la cabeza y yo la muevo para que se levante y limpiemos, va a ser fácil, si yo la voy a ayudar, porque a Mamita no le gusta nada sucio, porque Ana la que me cuida es buena y va a  casarse siempre conmigo para que le haga esto mismo en la ducha todos los días…
Pero ella no se mueve, y aunque el agua que sigue cayendo de la ducha abierta se va llevando la sangre, yo sé que he hecho algo muy malo, y lloro, y lloro, y no sé cómo se lo voy a decir a Mamita cuando regrese, porque lo único que sé es que no le va a gustar que yo haya sido un niño malo, y no fue culpa mía, sino de Ana, la idea fue de ella, yo sólo hice lo que ella me pidió ¿verdad, Ana?
Sólo que ella sigue sin responder, y por eso sigo llorando, y ni pensar en la Playstation me calma.

4 de junio de 2015