Cáncer

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“Los muertos de mis días
respiran en tumbas de silencios.”

 

La calle, el ambiente, las caras. Cómo deambular y no ver sombras. Desandar la avenida, tal vez por una indeseada. Andar con mi pareja, unidos por la irreverencia. La Habana se vuelve un osario refrendado en su contexto. Por eso me punza esta historia, por la Habana. Una ciudad despierta en la pesadilla de sus restos.
«Ahí viene el viejito de las latas.» Insinuó Leo, mi novio. Él es distinto. Se fija en los detalles escondidos entre la cotidianidad. Luchadores desiguales de la misma selva. El anciano viene con un saco medio lleno, el pantalón sucio, la cabeza gacha. Busca casi sin fuerzas, como si no pudiera. Cansado. Pasa macilento por nuestro lado. Desaparece con su hedor, encorvado, como un fantasma. Y no sucede nada. Quizá yo esperaba algo, pero no, mi mundo sigue igual.
(Hay silencios de miedos sepultos. Miedos que invaden hasta la médula de los sobrevivientes. Muertos que respiran en tumbas de silencios. Sufro por mi ciudad, porque es el cementerio donde habitan los zombis que se corrompen. Sufro por el cartel olvidado de la esquina, letrero como ese que intenta avivar los sentimientos, cálida inscripción que congela a la utopía. Por eso, sufro también por los míos, que son todos, si al final, somos lo mismo. Sufro las lágrimas que no merecen salir por mis ojos, pero lo hacen, porque quieren decir. Sufro por la libertad que se asfixia en el ataúd de la miseria. Sufro, y no puedo dejar de hacerlo porque necesito vivir.)
Mi mundo sigue igual a como ha sido desde hace mucho. Eso creo yo. Un barrio cualquiera. Lugar de una ciudad que fue nombrada maravilla. El parque donde algunos se sientan a esperar, mientras otros trabajan desesperados. La casa donde dos mujeres nos miran y comentan. El sillón en el portal donde la señora vigila a cuanto alcancen sus sentidos. Un suburbio donde el reggaetón es dueño y la basura reina. El contenedor donde el viejito husmea con el saco a cuestas. Lo hace dos veces al día, apartando la mugre con sus manos. Le dicen el buzo, pero se nombra Ernesto. Lo supe la tarde en que me pidió tres pesos, que yo, casi sin poder le di. Un barrio donde la gente cubre sus vacíos con joyas simuladas y teléfonos inteligentes que aíslan. La mayoría lo saben, pero no les importa. Una esquina donde los maleantes se ofrendan a los santos, dejan frutas y animales muertos como el rito impone hacer, ¡pinga!, y lo que están es acabando en nombre de la religión Yoruba. Piensan en Orula o Elegguá cuando venden ese polvo blanco, roban o violentan a una niña.
Sí, sufro La Habana, un camposanto con edificios caídos, panteones desolados, jardines yermos. Y los difuntos que la ocupan, ponen rostros de circunstancias sin reparar porqués. No hay respiro para controlar al inconsciente. Sufro. Sufro mis brazos y mi pene, dos partes importantes para las pretensiones de hombres. Sufro este cuerpo que me transgrede la existencia. La condenada existencia en una selva de machos. Sufro las narices empinadas y las miradas ocultas. Sufro por las criaturas que entregan su inocencia a la vulgaridad. Peones indefensos en un tablero de fieras. ¡Sí!, sufro por los moribundos en el closet, los que no llegan a aceptarse, ni luchan por lo que son. Sufro por los imbéciles que me piensan desviado, perdido, y no ven también en mí el futuro de la nación. Sufro por los cuadros, círculos y rectángulos que matan las ideas en jaulas de papel. Sufro la sordez de Dios y la ceguera de sus siervos, incapacitados todos para ver a un Ernesto o entenderme a mí.
Hace poco, Ernesto me confesó que ya no era él, que hacía bastante dejó de serlo. Me dijo que era otra cosa, un amasijo de harapos y huesos, una mezcla de fracasos, un viejo recuerdo del hombre nuevo. Yo intenté animarlo, pero él articuló un no con la cabeza, sonrió, y me miró como el padre cuando aconseja a un hijo. Después se fue. Iba con su único amigo cargado de latas. Iba, según lo que vi en sus ojos, pensando en mí.
Sufro por los que un día se sintieron fuertes y acompañados, y terminaron débiles y solos. Esos que viven ahora lo que yo he sufrido desde siempre. Sufro por los girasoles que custodian a la foto. La imagen de quien me quiso tanto. La madre que defraudé. Por eso, estoy mal. Aunque tengo a Leo, que ya es bastante. Y me siento bien cuando le digo: «te amo.» Quizá, más de lo que él pudiera sentir. Tal vez, menos de lo que amé a mi padre antes que nos dejara. Sufro por lo que mami sufrió y como se nos fue apagando. Papá no la merecía, yo la defraudé. Ella soñaba con un nieto… ¡coño, y nunca se lo di!
Sufro por buscar derechos que no encuentro. Debe ser por eso, por el destino, tal vez. La marca en la que algunos creen y otros no. Sufro los remordimientos y las noches sin luz, y las decepciones y los días sin paz. Como la mañana cuando papá marcó su cinto en mi espalda por ponerme tacones. El mismo momento en que mami quiso defenderme y acabó golpeada. Ese fue el día que él nos dejó. Yo tenía cinco años y no comprendía casi nada. Después, lo odié, lo odié demasiado. Pero, tres décadas de ausencias me han hecho perdonarlo. Sufro porque no lo he vuelto a ver desde entonces, y quisiera abrazarlo, aunque él me desprecie.
Quizá me equivoque, pero siento que vivir con miedos es la peor manera de morir. Es como una infección. Es un cáncer. Resignarse, como un rehén del silencio, es una forma sutil y traicionera de declararse pendejo. Ese es para mí, en la acepción más denigrante de la frase: «el verdadero maricón.» No hacer valer su criterio, ocultar los sentimientos, minimizar al perdón, eso es ser maricón. No homosexual o bisexual, sino sencillamente… ¡maricón!
Uno viaja por una espiral circular que mezcla desencantos y esperanzas. Vas acompañado de experiencia, y cruzas la entrada del final para encontrarte en la salida del principio. Pasas sin ser tú, sino un conejillo. Un simple conejillo en la oscuridad del bosque. Así me siento yo, y creo que Ernesto también, como una presa del destino. Eso me pareció cuando lo vi ayer. Pero no te aflijas viejito, no te dejes derrumbar, porque puede haber más y debemos estar preparados. Nada nos puede sorprender. Por eso, cuando vuelva a verte te diré lo mismo: «nada nos puede sorprender.» Y cuando digo nada, es… ¡nada!
Aunque sé que aún no estoy curado, porque me espanto. Sufro y me espanto. Sufro por las almas inconformes de los inadaptables, las voluntades truncas, los reflejos del mañana en las aguas del ayer. Sufro las despedidas de duelos y los premios post mortem. Sufro los templos de mármol donde reposan los dioses, y las casuchas de madera donde se alteran los niños. Sufro las canas sin consuelo, las arrugas sin voz, la impotencia de las horas, el ansia del segundo. Lo hago, porque creo que así está mi padre hoy.
Sufro esta modernidad incinerada. Y la disputa al calor del muerto aún caliente. Sufro los velorios rimbombantes, con cajones llenos de coronas afuera, y el fallecido retorcido adentro.
Quizás piensas que soy un enfermo, un obsesionado con la muerte. Y sabes algo, lo soy. No puedo vivir alejado de un tipo tan seductor. Sí, porque la muerte es hombre, un hombre vestido de mujer. Un travesti de las oportunidades para que no medie el sexo, para no tener prejuicios, para poder vencer. La muerte es una sensación que cautiva hasta llevarte a otro estadio donde sigues muriendo. Yo mismo he muerto varias veces, pero algo me devuelve a la vida, a veces sin yo querer. Debe ser el ángel de mami, o la añoranza por papá. O Leo, él también me hace revivir, por eso lo quiero tanto.
Precisamente, fue él quien vio de nuevo a Ernesto y me lo hizo saber: «mira, mira otra vez al viejito.» Dijo un tanto angustiado. Ahora, el anciano trae el saco vació, el pantalón raído, no tiene cabeza. Busca desesperado, como si muriera, ¡muerto! Y cuando pasa murmurando por nuestro lado, le agarro una mano. Esta vez, no lo dejo huir como un fantasma porque voy a decirle que… Pero, en ese mismo instante, él me mira sorprendido, y yo le sostengo la mirada. Siento que su mano tiembla. No alcanzo a decirle nada, y los dos quedamos en silencio. Un silencio confuso. Un silencio… ¡maricón!