Colectivo de autores

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La hoja permanecía en blanco frente a él. Esta cabeza tampoco le servía para comenzar. Era demasiado dispersa, demasiado poética. No lograba hilvanar una primera idea coherente. Se la zafó con impaciencia y la lanzó hacia atrás, por encima de sus hombros, como un papel estrujado. Hizo un ruido sordo al chocar con la pila de cabezas que yacían amontonadas en una esquina de la habitación. Había una cierta profundidad en el aire esa madrugada; un silencio palpable y denso, demasiado prepotente, que se rompía apenas por el merodeo de los gatos en los aleros. Observó cuidadosamente todas las cabezas que tenía en la repisa, colocadas organizadamente, clasificadas según género y periodo histórico. Sopesó sus opciones. Necesitaba una que supiera comenzar una historia, una que dejara al lector atrapado desde la primera línea. Alargó la mano y tomó la del Gabo. Como solía ocurrir, en cuanto colocó la cabeza sobre su cuello lo invadieron las imágenes, los recuerdos. Se tomó un momento para adaptarse y comenzó a escribir. Finalmente había conseguido el inicio que quería y ahora las ideas fluían sin detenerse. Tenía hechos asombrosos, dulzor de frutas, fuerza en las palabras, pero de pronto comenzó a tener demasiado sol. Él no quería mucho sol. Quería llovizna, y niebla. También romance, pero uno atroz y desgarrador. Se quitó la cabeza de Gabriel García Márquez, la lanzó junto a las otras y tomó la de Emily Brontë. El frío se apoderó de la historia. Los personajes revelaban pasiones ocultas y eran malvados y hermosos y humanos. Llamado por un impulso intensamente inglés el autor fue a la cocina y se preparó un té. El olor a madera de su estudio siempre se intensificaba por las noches y ahora, además, se humedeció con el vapor caliente. Se sentó cerca de la ventana en una especie de cama que había improvisado sobre el suelo. Su casa era muy pequeña: una cocina, un baño y su estudio, que funcionaba como cuarto, sala y todo lo demás. Sin embargo, sentía a veces que este era todo su mundo: las hojas, la noche, la madera, la humedad sensual y primitiva de la madera. A Emily también le gustaba este cuarto y le hubiese gustado más haber estado sola, pero él ya nunca estaba solo. A su izquierda la cabeza de Wilde, que se había caído de la repisa, le lanzó una mirada burlona. Era hora de continuar, pensó, pero ahora necesitaba que los acontecimientos se desarrollaran sorpresivamente, que las ideas formaran su propio mundo. Regresó al buró y tomó a Jorge Luis Borges. A Emily la colocó con cariño sobre la pila, se sentía identificado con esa mujer fuerte y gris. Estaba, de alguna forma peculiar, enamorado de ella. Regresó a la historia. Surgieron entonces espacios dentro de espacios, tiempos alternativos, lugares místicos. Las palabras tejían su propia gloria y su propia ruina, amándose y contradiciéndose. Este era el momento, a partir de aquí la historia necesitaba más acción, palabras más contundentes y directas. La cabeza de Borges cayó sobre la pila y el autor tomó a Hemingway. Pero a esta cabeza no le gustaba el apartamento. Le resultaba claustrofóbico. Caminó de un lado a otro y pensó en salir a la calle, mas al final optó por asomarse a la ventana y fumarse un cigarro. La cabeza original del escritor estaba en una butaca apartada, cubierta de polvo. Tenía el pelo negro y rizado y los ojos tristes, grandes y tristes. Su cabeza original era romántica y soñadora. Le quedaban mal los diálogos y usaba demasiados adjetivos. Hemingway la miró con disgusto. Le reprochaba su miedo, su falta de experiencias y su extrema sensibilidad. Encendió otro cigarro y siguió escribiendo. Los hechos comenzaron a desenvolverse rápidamente. Las palabras desbordaban fuerza y vitalidad y se precipitaban unas tras otras sin detenerse en pormenores. Hemingway hubiera seguido por mucho tiempo. Se sentía particularmente inspirado en las madrugadas y ya lo tenía todo pensado, pero el autor sentía que era hora de un cambio. Lanzó la cabeza de Hemingway, ignorando sus protestas, y se detuvo a pensar cómo continuar la historia. No se le ocurría nada, solo sentía el vacío de las palabras, ningún camino le parecía suficientemente bueno. Necesitaba descansar. Permaneció inmóvil en la silla durante unos segundos. Sintió de pronto que no podría relajarse usando una cabeza ajena, así que se acercó a la butaca donde yacía la suya, le limpió un poco el polvo y se la puso. Lo recorrió la reconfortante sensación de estar completo de nuevo. Entró en la cocina y puso a hacer café. El susurrar del gas en la hornilla y el goteo rítmico de la pila del fregadero lo sacaron momentáneamente de la realidad. Se sobresaltó cuando el café comenzó a colar y su fuerte aroma colonizó todo el apartamento. Se sirvió una taza grande. Sacó una botella de Baileys que tenía guardada, vertió un poco de su contenido dentro de la taza de café y se sentó junto a la ventana. Afuera lloviznaba suavemente. Este brebaje raro se había convertido en una de sus bebidas preferidas. Recordaba perfectamente el día en que ella había entrado en la cocina usando solo una camisa blanca y le había dicho con su voz risueña que iba a preparar la mejor bebida que él hubiese probado. Y podía verla tirada en el sofá leyendo sus historias y diciendo que todas le parecían perfectas, con los adjetivos y los diálogos desarticulados…En aquel entonces él no tenía una repisa llena de cabezas ni un par de ojos tan tristes. Mientras ponía la taza en el fregadero se preguntó cuándo su vida había cambiado tanto. Súbitamente lo entendió todo. El giro que su historia necesitaba: una mente maestra detrás de todo lo ocurrido, ¡una traición! Fue corriendo a sentarse en el buró y tomó la cabeza de Pierre Choderlos de Laclos. La intriga comenzó a crecer en una atmósfera de perspicacia donde primaban los intereses mas egoístas. Estaba en uno de esos momentos especiales de euforia creativa donde no existe nada fuera de lo que ocurre en el papel, y las letras piden a gritos ser escritas, y la mano se mueve con la urgencia de quien está apresando la esencia del agua que corre y lucha por escaparse entre sus dedos. La verdad fue develada: todos habían estado mintiendo. Los personajes cobraron relieve hasta que el conflicto se resolvió de manera terrible y espectacular.
Pero él no quería terminar así, no quería quedarse solo con la historia contada; quería un final filosófico y un poco melancólico, donde las coincidencias comunes cobraran trascendencia. Paseó su mirada por la repisa y tomó a Virginia Woolf. Era justo lo que necesitaba. Una pausa reflexiva, un abandono de la lógica temporal para revelar la naturaleza humana. Una narrativa inusual, llena de introspección y de maestría literaria para terminar por todo lo alto. Desbordante de satisfacción puso el punto final. Organizó las hojas y las dejó sobre la mesa. No estaba listo aun para leerlas. Necesitaba serenarse y dejar la historia descansar. A Virginia le encantaba la cabeza original del escritor. Pensaba que él también tenía ojos como violetas empapadas1 y la frente de los que logran lo que sueñan. El autor se sintió muy halagado por estos pensamientos. Colocó a Virginia en la repisa y se puso de nuevo su cabeza. Una a una fue recogiendo el resto de las cabezas de la pila y organizándolas en su lugar. Entró al baño y se dio una larga ducha. Cuando salió el cielo había comenzado a iluminarse en su frontera más lejana. Sentado en el buró, comenzó a leer. Estudió la historia de principio a fin, dos veces, y otra más. Se paró, dio vueltas por el estudio, se preparó otro café que no ayudó, volvió a sentarse. No podía encontrarle una sola falla, era perfecta, la mejor historia que él hubiera escrito… y no le gustaba. Los personajes eran muy crueles, muy pragmáticos, los diálogos demasiado reales y había muy pocos adjetivos. Le hubiese encantado leerla en algún libro pero no quería que llevara su nombre, no eran sus ideas ni sus palabras ni su visión imperfecta del mundo. Presa de una gran frustración estrujó las hojas y, ante la mirada aterrorizada de las cabezas, las fue lanzando hacia atrás por encima de su hombro hasta formar una pila en una esquina de la habitación. Se asomó a la ventana y respiró hondo. Estaba amaneciendo y el viento traía el olor fresco de los días nuevos. El escritor se regaló unos segundos para admirar la belleza de una ciudad que despierta. Caminó lentamente hasta el buró, sacó un bulto de hojas en blanco, se sentó, tomó su pluma y comenzó de nuevo:
“La hoja permanecía en blanco frente a él. Esta cabeza tampoco le servía para comenzar. Era demasiado dispersa, demasiado poética…”

1. Woolf, Virginia: Orlando, Ediciones Huracán (La Habana, 2000, Pág. 8)