El Dicciosaurio

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Mi hermanito Ulay volvió muy contento. Era la primera vez que él iba solo a la Feria del Libro, como mis papás están siempre ocupados y yo tengo un yeso en el pie. Además, las carpas estaban a la vuelta de la esquina:
―¡Compré historietas, barajas y libros de colorear. Pero no olvidé lo que me pediste —aclaró y respiré aliviado de que no gastara mis ahorros en chucherías—. ¡Traje el dinosaurio que me pediste! —Anunció satisfecho y de inmediato supe que algo andaba mal—. Me dio mucho trabajo, pero lo encontré. Suerte, porque era el único.
—¿No puedes hacer nada bien? —Grité molesto desde la planta alta—. Te pedí un diccionario, no un dinosaurio.
—Estoy seguro de haber escuchado DI-NO-SAU-RIO —explicó con firmeza.
—Entonces eres sordo, porque yo dije clarito: DIC-CIO-NA-RIO.
—Bueno —argumentó restándole importancia—, un dinosaurio es más divertido. Este te va a encantar. Baja para que lo veas.
—No iré a ver un muñeco o una bobería de origami. Devuélveme mi dinero.
—¿En serio, no lo quieres? —Preguntó con voz anudada, pero mi silencio fue definitivo—. Perdona a mi hermano, a veces es así. Eres un dinosaurio fantástico. Mereces alguien mejor. Vamos, te devolveré a la tienda —balbuceó apenado. Casi me tira de la cama el retumbar de los pasos del enorme reptil, que doblaba en la esquina, de la mano de Ulay.