El doble

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Frente al Parque de La Fraternidad y el Capitolio, recostado en una de las gruesas columnas que ocultan la librería Fantasy, simulo que leo. El dueño del local sospecha mis secretas intenciones. Nunca le compré un libro y jamás me ha visto dar vuelta a una página. Concentrado en el ambiente, soy capaz de permanecer tres minutos con el ojo en una misma palabra. Debo estar atento. De un momento a otro aparecerá la protagonista

Así sucede en la novela. Un hombre se detiene cada lunes en la esquina de una librería y simula que lee. El personaje es un perturbado que se enamora de cada mujer que pasa, la sigue durante unas cuadras y la abandona. El laberinto se cierra cuando ella aparece, por lo que debo tener puesto un ojo en el párrafo y otro en las muchachas. Lo que se llama propiamente leer, leo  en mi casa. En la calle, en este momento, el libro es funcional al control social de la belleza.
Por la vereda de Fantasy circulan mujeres de variadas formas y colores. ¿Cuál de ellas será? Hombres y niños forman parte del paisaje, pero en la novela en que me encuentro esta semana ocupan el puesto de actores secundarios. Un hombre que lee es dos historias. La leída y la vivida. Los libros son infinitos, por lo tanto, también los viajes. Y leer es borrar el mundo para volverlo a inventar.

Si hago memoria, mis experiencias de actuación más fuertes han sido: un paseador de perros en un barrio privado que vende drogas a los hijos del poder, un exhibicionista psicológicamente preparado por su madre desde niño, un boxeador homosexual que se enamora de un cura conservador, un padre a quien le asesinan a su hija en Irak y se dedica durante dos años a contactar en Oriente Medio a las cercas de un millón de familias en igual situación para vengarlos en Norteamérica, Inglaterra y España.
En el primer caso conocí los excesos de la ceguera; cómo los malos dirigentes, lastimando al pueblo, enferman a sus hijos. En el segundo, la tendencia de los hijos a repetir la historia. En el caso del boxeador, que los homosexuales tienen por lo general menos prejuicios y más coraje. En la venganza de Irak, que es necesario romperles el alma a las personas para que paren con el dolor del prójimo. Reconozco que ya era hora de una historia más liviana, y esta me tiene de lo más entusiasmado. He vuelto a sentir el vértigo, la adrenalina “infantil” de un enamoramiento sin palabras. Seguir a las muchachas me ha permitido sentir lo mismo que veinticinco años atrás cuando salía de la escuela con mis amigos.
Por las calles de la manzana donde me encuentro y en torno a las mujeres, gira el carrusel del día. Bicitaxis, vendedores ambulantes, carros antiguos. Las noticias se ponen viejas en manos de los vendedores de periódicos en tanto simulo que leo.
Al dueño de la librería lo irrita verme disfrutar de las señoritas. Esperarlas, en realidad. Y jamás levanto la vista frente al oficial que se para frente a mí, pues así se comporta el personaje de la novela. Conozco el guión y eso me permite prepararme. Las cosas ocurren después de ser leídas, sé la horade visita del policía, al igual que la futura aparición de la protagonista, los diálogos y las escenas que van a producirse. Un actor que no estudia el guión, miente o improvisa. Delante del libro, lo único que veo del oficial es la punta de los zapatos lustrados. Un solo paso adelante basta para pisotearme el libro, la entrevista nunca supera los dos minutos.
―¿Qué hace aquí parado, señor?
―Leo.
―¿Qué lee?
―Un libro.
―¿Sobre?
―Sobre el consumo y las telecomunicaciones como estrategia para la despolitización…
―¿Y a qué conclusión llega?
―Bueno, en realidad nada nuevo. Asegura que la pobreza crece a medida que los hombres y las mujeres evitan el compromiso político. Y que atender a la clase media alta no resuelve los problemas de la clase baja, pero que si se atiende a las clases bajas, los problemas fundamentales de la mayoría de la población estarán mejor resueltos.
―¿Y qué tiene que ver eso, señor, con usted aquí parado?
―Nunca lo había pensado, ¿pero por qué tiene que tener algo que ver?
―Porque tiene un parque enfrente, lleno de bancos donde sentarse.
―Sí, pero con el mayor de los respetos, me agrada leer mirando la calle, de pie, y con una platea de libros a mis espaldas me siento protegido.

Con pequeñas variaciones, esta conversación se repite tres veces a la semana. Sin embargo, por estos días el dueño de la librería seguramente haya visto en mi presencia una estética para el local, ya que empezó a servirme café. Si los locales de ropa usan maniquíes, un hombre en la puerta con un libro en la mano no deja de ser original. Siempre me ausentaba varias veces al día detrás de alguna muchacha, pero siempre regresaba. Hasta ayer por la mañana en que apareció la protagonista.
Describir una mujer es estropearla. No estaba bien vestida, tampoco llevaba maquillaje. Sin prótesis, la realidad es más fantástica. Las mujeres muy arregladas agotan el sentido, encorsetan la imaginación. Y una saya larga nos permite viajar más que una minifalda. La muchacha cargaba bolsas, estaba transpirada, los pies algo sucios de tanto caminar. El humo de un taxi que aceleró en la esquina le hizo volver el rostro. Con los ojos cerrados levitó en el smog. ¿Sería ella? ¿Habría acaso encontrado la mujer igual que el personaje del libro? Esto lo pensé después, no en ese momento donde lo que menos hice fue pensar. El amor es algo que nos antecede. ¿Sería un libro capaz de torcerme de este modo los sentimientos? Abrí el ejemplar en la página noventa y cuatro, su figura se levantaba bajo el sol aplastante, la ciudad anónima desconocía su rumbo incierto. El olor del mar trepaba por el piso de mármol desde el fondo de la avenida. ¡Era ella! Respiré nervioso el aire salado y profundo que subía por la calle Prado, y monté en el transporte detrás de la muchacha. Treinta y siete grados, tres de la tarde.
Un bolero de El Beni sonaba en los parlantes del ómnibus para la maravillosa ocasión. Cómo fue, no sé decirte cómo fue, no sé explicarme qué pasó, pero de ti me enamoré… Siempre fui de fascinarme con un rostro, pues las personas no conversamos con un par de pechos, menos con nalgas. Un rostro de ángel en el cuerpo de un hipopótamo es capaz de aflojarme el zoológico, de derribar mis rejas. Fue una luz que iluminó todo mi ser, tu risa como un manantial
Con esta mujer soñaría dentro de un sueño y así sucesivamente, al despertar viviría soñando. Por lo que parece, es actriz, con elevado e inevitable grado de histeria. Ama la independencia económica, cosa que me beneficia. Odia los restaurantes, pues detesta que le sirvan. Evita mirar la televisión, porque siente que pierde el tiempo. Se aleja de los perfumes porque le parecen una fachada y la desilusionan las personas que se esfuerzan en caer bien. En algún momento de la novela, la protagonista dice estas palabras: el que se perfuma, falsea. Única. Definitivamente ella. Un sueño envuelto de piel tirante.
El personaje ve a la protagonista, presiente que los sueños son el camino para estirar la juventud y cumplirlos la única manera de no padecer el paso del tiempo. Cumplir los sueños es burlarse de la muerte. De llegar a la vejez felices y sin deudas. No existe traición más grande, dice el autor, que las emociones postergadas.
Me acomodé a su lado con el libro en la mano, sin mirarla. La reconocí por las bolsas entre las piernas. Tenía los tobillos finos. Evidentemente era de carrera. Esto no estaba en la novela, pero era mi novela. Y las historias al leerlas  siempre se reescriben. Trepé con la mirada por sus pantorrillas, por la curvatura del muslo. Fui un ciempiés en su cintura, y por la espalda hasta su cuello. Al acariciar su perfil, di con un detalle que me aflojó las rodillas: un fino bigote le adornaba el labio superior. Fueron tus ojos o tu boca, fueron tus manos o tu voz, fue a lo mejor la impaciencia de tanto esperar tu llegada. Hasta ahora, el protagonista de la novela no había tropezado con este inconveniente
Llevaba otro libro de poemas en el bolso, imposibles de vivir, pues la poesía, al menos la que disfruto, carece de acción. Para eso están los personajes de las novelas y los cuentos. Busqué un poema al azar. Si uno lo sigue, el azar es el mejor recurso para torcer el destino, su explicación inmediata.

Encuentro en las contradicciones políticas a honestidad
de la existencia humana.
En los políticos sin poesía la masacre de la metáfora,
y en los artistas despolitizados el cómodo sillón de la muerte.

Ya he visto en los peces brotar plumas
y a los pájaros crecer escamas bajo el mar.
Conozco la ternura de la demencia humana,
la miserable cordura de las leyes sin amor.

Lo sé. Es tu aliento y tu mirada despeinando
flores en el futuro, derrumbando los edificios
para dar permiso a los elefantes,
me quedo con este cielo por donde asoma tu boca,
imperfecta y fugaz como la luz de un cometa
que atraviesa el mundo ahora,
te observé por siempre con ojos de niño
como si se tratara de la primera y última vez.

Algo cursi, el poema no ayudaba demasiado. Frente a un mundo cobarde y mediocre, el autor se quedaba con esa boca imperfecta. Supuestamente sensible, aferrado al verso oportunista, me identifiqué con el poeta. ¿Por qué esa mujer llevaba bigote? ¿Acaso le gustarían las muchachas? ¿Haría de varón? Ese no era mi problema. Lo que ella era a cada segundo habitaba en el pasado y nosotros estábamos parados en el presente, por siempre en el futuro. Mi problema era que ahora tenía un problema. Lo sentía en el pecho, se levantaba entre mis piernas.
La adorable pelusa bigoteaba mis ilusiones, ponía en jaque mis categorías. El bigote lograba seducir a la mujer que según mis amigas feministas, los verdaderos hombres llevamos dentro. Observé otra vez el fenómeno. Sobre esa boca era fascinante. Más original que el mejor de los vestidos.
En una esquina, un viejo barría la calle con una escoba fabricada con hojas de palma y sobre el césped de la plaza que se encuentra frente al mar, los niños corrían felices detrás de las niñas. La muchacha se abrió paso hacia atrás pidiendo permiso, y fui ocupando el vacío que dejaba su ausencia. A mitad de camino se detuvo. De uno de los bolsos, entre frutas y verduras extrajo un libro. En la tapa leí El Marqués de Sade, expresión de una época. Nos vi en la cama leyéndonos mutuamente, una página cada uno en voz alta antes de apagar la luz. Nuestra cama era un libro, ella pedía que la tapara y yo la cubría con páginas en lugar de sábanas.
Sin embargo, lo fantástico de la situación no estaba en nuestros libros, sino en los márgenes. Pasamos junto a una mujer que besaba a un pequinés sarnoso y sin pelo. Empujamos a otra vieja que le hablaba a una muñeca con la cabeza recostada en el hombro. Un niño levantaba una paloma envuelta en un diario a modo de cucurucho y a la que solo se le veía la cabeza. De mano en mano, un bebé pasaba entre los pasajeros hasta caer en la falda de un desconocido. Nuestra cotidianeidad era descarnada, bella y compartida.
La seguí pegado y sonriente, haciéndome el distraído. Para mí, ya éramos pareja. La novela se puso gris cuando afuera empezó a llover. En la calle, jamás le había dirigido la palabra a una mujer desconocida, pero el personaje se me salió por la boca. Enamorado, siempre fui el doble de imbécil.

―El que se perfuma falsea ―le susurré al oído a modo de clave. Pero no me escuchó. Estaría cansada de personajes repetidos, de hombres sin misterio que se pierden en la historia. Y observé que sus ojos, lejos de barrer los párrafos, estaban clavados en la misma palabra. Se me hizo que ella también estaba simulando una lectura y ambos buscábamos un amor, y le pregunté si tenía pensado quedarse en la próxima parada―. ¿Traes sombrilla?
―Qué coño te importa ―dijo con la mirada.

Jamás hubiera esperado una respuesta semejante de la protagonista. Sentí que las mejillas se me inflamaban como dos globos y fue en ese momento que el chofer abrió la puerta. Ella bajo la mirada y me dio permiso. Yo no me esperaba semejante final.
Malditos libros.