El viejo juego del naufragio

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Esa noche me habían invitado a leer varios poemas. ¿Habrá cerveza?, fue lo único que pregunté. ¡Claro, y cuantos coños quieras!, me respondieron. Capté el sarcasmo, pero hoy en día hay que agarrarse a cualquier cosa que logre flotar si no quieres hundirte o que te hundan. Así que eché un mazo de hojas en el portafolio y puse en marcha el Buick. Cuando llegué, alguien tocaba la guitarra, ¡y qué sorpresa: había coños allí! Una docena de ellos. Aplaudiendo, haciendo coro. ¡Y cerveza también! No era un timo cultural como de costumbre, lo que me hizo recordar aquella vez en Berkeley. Cogí una Bucanero de la nevera y busqué donde sentarme. Nadie había advertido mi llegada, y eso estaba bien. De hecho, algunos miraron como preguntándose qué hacía un cadáver de unos cien años allí. Yo alzaba la mano de la cerveza y ellos volvían la atención a la guitarra. No podía resultar mejor. De pronto dejó de sonar y Mario, el tipo que organiza estas veladas, subió al escenario.
—Artistas y otras alimañas que hoy nos asisten, permítanme presentarles al invitado de esta noche: Míster Buk.
Alguien aplaudió. Yo me levanté como pude, y traté de no dar muestras de agotamiento mientras marchaba hacia el micrófono, pero era inevitable. Comenzaron a reír y hubo quien intentó ayudarme. Patético. Finalmente subí a la tarima con el portafolio, saqué una hoja e inicié la lectura. Luego más risas. La comedia siempre ha sido un buen comienzo. Les leí sobre tres gordas trillizas de Santa Mónica, luego un poco sobre el amor, la continua revolución del alma, y la mediocridad del ser. Todo aleatorio, nada premeditado. Resultó una mezcla efectiva y empecé a notar los aplausos al final de cada poema y una nueva Bucanero a mi izquierda. Seguí sacando hojas porque me lo pedían, y yo solo rogaba que hubiese más cervezas en la nevera que hojas en el portafolio. ¡Y sí que las había! Nunca pregunté quién financiaba todo aquello. Nunca pregunto lo que no es necesario preguntar. Para cuando terminé, había cerca de once latas vacías a mi derecha.
—Es todo por esta noche, muchachos —dije.
—Awww —bramó el público.
Entonces bajé y esta chica de unos veinticinco años o algo así, se acercó:
—¿Cómo dijo que se llama?
—Nunca lo dije —respondí.
—Bueno, mis amigos allí quieren saberlo, dicen que usted es un impostor.
—¿Qué crees tú?
—Bueno, la verdad es que se parece mucho a Bukowski.
—Sí, me lo han dicho otras veces, y ¿qué hay de malo en eso?
—Que el plagio es un crimen.
—¿Qué tal si realmente lo soy?
—Me costaría creerlo.
—¿Por qué?
—Porque el año pasado mis amigos y yo visitamos su tumba.
—¿Y miraron dentro?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿cómo pueden asegurar que está en el otro barrio?
—Mire, nosotros conseguimos el video y varias fotos del funeral. Vimos a los monjes budistas cargar el ataúd. Bukowski reposaba imperturbable.
—Claro, es difícil simular una muerte así —en ese momento recordé que Hemingway me dijo en una carta que la mejor forma de fingir un funeral es negándose a morir.
—En fin —siguió ella—, no es la primera vez que alguien imita a Bukowski —me sentí halagado, o no—, y siempre resulta falso. Usted inspira lástima, pero nos gustaría escuchar su versión.
 —La verdad es que ya es tarde —dije y caminé hacia la salida.
Empezaba a ponerme malo. Sobreviví a Nixon, a Bush Jr. y a una agencia de correos, pero no creía posible sobrevivir a esa noche. Caí por error en esta isla, creo que a Ernie le pasó igual. Él escapaba de una cacería de brujas y yo del morbo y las llamadas telefónicas. Supongo que nunca me libré del todo. Había coños y cervezas allí, pero ahora mi límite era once y no se me paraba desde Pretty Woman, ¿y para qué despertar a los muertos, cuando la gloria se ha encargado de volverlos a matar?
Antes de poner en acción al Buick, Mario alcanzó a meter la cabeza por la ventanilla del copiloto:
—¿Les dijiste quién eras?
—No, nunca lo creerían.
—¿Quieres que llame a alguien?
—Estoy bien —respondí y eché a andar el cacharro del 57.
Enfilé hacia el malecón y abordé la noche. Cálida como el sur de California. Mahler en Radio Enciclopedia y un par de Bucanero en el asiento de al lado. Las miré y pensé que se podría tratar de la última noche. Siempre imaginé la última noche como un lugar al que uno llega y le piden que se ponga cómodo, de manera que decidí procurarme una compañía mejor. No tenía que ir muy lejos o más lejos. Estaban ahí tan cerca como las frutas de un bonsái. Cuando Hemingway, les llamaban académicas, ahora jineteras; igual siguen siendo más ilustradas que tú y que yo. En fin, allí estaba por quinta vez tratando de conseguir algo para abrazar en una última noche, cuando se me atravesó un Lada amarillo. La mano que salió por la derecha apuntando hacia la orilla tenía las uñas largas y pintadas. Me detuve y ellos también. Junto con la mano venía un cuerpo de veintipocos años. Caminó hacia mí.
 —No siga intentándolo —dije.
—¿Qué cosa? —preguntó ella.
—No es mi tipo. No quiero tener sexo con usted.
—Mire, viejo, vine a disculparme. Si bien parece un impostor, lo cierto es que usted es tan feo como Bukowski, al menos en eso se parecen.
—Gracias.
—Me llamo Tamara.
—Lorca, un placer.
—Bueno, yo tampoco quiero tener sexo con usted, solo que…
—Está bien, puedes entrar.
Entró.
—¿Puedo abrir una?
—Siéntete a gusto —le pedí.
El Lada echó a andar y me quedé observando cómo se convertía en un punto amarillo en la distancia. Entonces mi viejo amigo del 57, esta chica veinteañera y yo, tomamos por una avenida en dirección a la luna. Pero antes, paré cerca de un poste de luz, saqué la cabeza y allí sobre el contén fue a dar un litro de cerveza mezclado con espaguetis, queso, y algo negro que no supe identificar. Esto es lo que mató a Hemingway, pensé. Luego abrí la otra Bucanero, hice gárgaras y volví a coger el rumbo.
—¿Está mejor?
—Sí —contesté.

Llevaba apenas dos meses viviendo en aquel apartamento de tres cuartos, y todavía mis cosas estaban metidas en cajas. No había decidido cuál iba a ser el dormitorio, tampoco sabía qué iba a hacer con los cuartos restantes y tanto espacio. De modo que dormía en la sala sobre el sofá.
—¿Qué hay en esas cajas? —preguntó Tamara.
—Cosas, ya sabes: máquina de escribir, radio, poemas, facturas, cartas, algún que otro libro...
—…y whisky —completó ella agarrando un Jack Daniels que estaba por la mitad.
Fui a la cocina, limpié un par de vasos y busqué hielo en la nevera. Cuando regresé, Tamara hojeaba la edición del 64 de A Moveable Feast.
—¿Cómo es posible? —preguntó.
—Sí, es un buen libro —contesté.
—Me refiero a esta dedicatoria. ¿Es falsa, no?
—Depende de lo que quieras creer.
Se tendió sobre el sofá sin apartar la vista del libro, agarró su vaso y bebió todo el contenido de un golpe. Yo miré el mío y lo pensé.
—Pero Hemingway murió en el 61.
—Nena, todos necesitamos morir algún día, pero en el 61, Ernie todavía no estaba listo.
—Mierda, mierda, mierda —era todo lo que decía.
—Está bien, si te calmas, contaré lo que realmente sucedió.
 Alargó el vaso y se lo volví a llenar:
—Verás, en el 61 nos estábamos volviendo locos, queríamos meterle misiles por el trasero a todas las plazas rojas del mundo, los soviéticos habían puesto un hombre en el espacio, Vietnam estaba de moda y yo repartía cartas de vez en cuando. Cinco de cada seis hombres en un bar eran padres de familia, dos de cada tres familias guardaban sus armas en el ropero. El vecino del frente podía matarte por un mínimo de seis cervezas. En fin, no tenías que inventar la locura. Entonces recibí un telegrama: “Chico, esta mañana descubrí que el electrochoque es mejor que el daiquirí. E.H.”. Cuatro meses después la noticia de que había grabado sus sesos en la pared. Todo era tan obvio, que no costaba nada pensar en el suicidio ocasionalmente. Pero no fue hasta tres años más tarde que volví a encontrarme con él y por única vez me alegró saber que fui engañado.
Támara hacía girar el vaso sobre una mano:
—No sé, no me convence.
—Es mejor así —dije.
—Debe haber otra explicación, una mejor explicación.
Entonces le hablé de esa vez en Avalon, y no recuerdo que más hasta que me dormí. A la mañana siguiente continuaba vivo, me di cuenta cuando detrás de un bostezo comenzó a salir más de aquello negro que mató a Hemingway. Miré alrededor, Tamara se había esfumado y con ella, A Moveable Feast. Caminé hacia una ventana, el sol continuaba saliendo por el este. Eran las nueve de la mañana cuando comencé a desempaquetar.