Era solo un juego

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¿Qué recuerdo? Bueno, recuerdo que fumaba mucho. Pero siempre después de hacer el amor, nunca antes. Entonces me sentía como en navidad, toda la familia reunida alrededor de una chimenea, pero sin las risas y el sentimiento de complicidad evocado por la nieve, y en este caso, éramos solo ella, mi gato y yo. Aunque eso es mentira, yo nunca tuve chimenea ni nieve, pero es bonito pensar que podía haber sido. No sé si usted me entiende, pero estar junto a ella me hacía pensar, todo el tiempo. Aun puedo verla.
Fuma en el balcón, yo me acerco con mi batica clara, y sé que el vecino de enfrente se toca mirando mis nalgas saltarinas casi al aire libre. Laura es flaca, está en calentico, y solo fuma Hollywood mientras ve desde el séptimo piso cómo los primeros basureros de La Habana salen a la calle. No me toca más, a veces me mira de reojo cuando hago algún comentario sobre el hotel que están construyendo frente al Morro, o la neblina de la mañana, o que me quiero ir de este país de mierda.
Sí, me quería ir, porque todo se me estaba cayendo. Cuando se lo dije, el cigarro le cayó en el dedo gordo del pie, soltó una blasfemia y me lanzó contra el buganvilla. No le tenía miedo, ni siquiera me asustaba en la cama. ¿Le digo la verdad? No era muy buena en eso, y hablaba poco, pero qué sé yo, tiene ese algo de la gente que escucha.
“Ayer me cerraron la galería, ¿lo sabías?”. “No, no tenía idea”, me dice y se sirve un vaso de ron. “¿No le vas a echar Kola?”. “Me gusta puro”. “¿Y tú estás de humor para un Cuba Libre?”. “No”, le digo y me sirve a mí también.
No sé si usted entiende, yo nunca lo hice, pero una fotógrafa con una galería en su propia casa no podía ser. Me dijeron que hasta pensaban confiscarla si no cerraba el negocio. Una casa de Centro Habana a la que de vez en cuando se le cae algún pedazo de techo. Ya sé que ha pasado un año, pero ahora pienso que lo único lindo de verdad era la galería, lo único que me retenía, y por ella papá estaba orgulloso de mí. Probablemente no le importe, pero lo extraño tanto. Aunque no tenía caso hablarle de esto a Laura, nunca lo entendió. Cuando papá venía de visita, ella dormía en casa de una prima, en Playa, no podían verse. Papá la culpaba por mi decisión de haberme quedado. La verdad es que no me interesaba, me había acabado de graduar, y usted sabe, tenía mis ilusiones.
Laura se levanta a buscar más ron, esta vez se sirve más de la mitad del vaso. “Suave, estamos a media mañana”. “Y a ti qué te importa”.
No sé qué vi en ella. Pude en cualquier momento decirle “No soporto que me trates tan mal, recoge tus cosas y vete”. Pero era más fácil no hacer nada, mirarla de reojo y por dentro cagarme en su madre. Le confieso que los gritos me ponen nerviosa y, aquí bajito entre nosotras, me asusta estar sola.
Aprieto las piernas contra el cuerpo y como una bolita de carne comienzo a rodar por la alfombra vieja y llena de pelos del gato, eso me relaja. Entonces cierro los ojos y suspiro, después sonrío porque me da gracia que Laura piense que estoy loca. Quisiera ella, pero no.
¿Le cuento lo que me pasaba? No mucho, solo me acordé del día en que papá me regaló el apartamento. “Me enteré de lo que pasó”. Mamá me había echado de la casa porque le dije que me gustaban las mujeres. “Das asco”, y me tiró a la calle. Después me contaron que se encerró a llorar, rezó quince Avemarías, y anduvo de la cocina a la sala de rodillas sobre cinco botellas rotas. Se levantó, se limpió las heridas y ahora vive en una casona en España. Dicen que es muy feliz. A veces lloro. Lo de Laura vino después. ¿Siente pena por mí? No lo haga. Que me gustaran las mujeres nunca fue un secreto, yo creo que mi familia siempre lo supo, aunque no lo aceptaran. Laura era muy linda y cuando la conocí usaba la saya tan apretadita que se le marcaba la raya del trasero. Sé que le puede parecer un poco rudo, pero tenía un fabuloso trasero. Trabajábamos en una enfermería, yo había pasado un curso de unos meses, y andaba el día entero trayéndole meriendas y todo lo que quisiera, hasta que la atrapé. La verdad es que no sabía si era lesbiana como yo, pero igual me le lancé y un día le dije que si estaba de ánimos para ir al cine. Estoy segura que aceptó por cortesía nada más, igual no me importó. Después la invité a la casa por un cafecito. Estaba temblando, parecía una ovejita asustada. Y tenía que haberle visto la cara cuando empecé a cerrar las cortinas y a poner música, usted sabe, ambientar el lugar. Se estaba cagando en la silla.
“¿Una copa de vino?”. “No, gracias, solo café.” “Vamos, no seas aguafiestas, un poco de alcohol no le hace mal a nadie”.
¿Le gustaría oír algo gracioso? Bueno, después de servirle el café, me senté cerca de ella, puse mi mano izquierda sobre su muslo derecho, no se me olvida, y la muy tonta salió corriendo como una niña. Pensé “qué mala suerte, no es lesbiana”. Pero a las tres semanas comenzó a traerme meriendas, hasta que se declaró, y me dijo que le gustaba. Más tarde supe que todo era mentira, claro, sus padres la habían botado de la casa cuando no quiso coger la universidad, y vivía desde hacía años con una amiga que ahora se iba a casar. Ya no había espacio para ella. Seguro pensó “bueno, qué más da, me voy con la gay”. Además, le había comentado que vivía sola.
¿Sabe qué? Usted tiene razón en lo que dijo cuando empezamos esto hace algunos meses. Desde el principio la odié por sus mentiras, ella no, ella me amaba, estoy segura de eso. Sé que usted piensa que Laura intentó matarme. Pero no podía, aunque se hacía el macho, era demasiado buena. No podía ni aplastar a una cucaracha. Siempre se le escapaban. Ya sé que hubo testigos, los vecinos del edificio del frente la vieron intentarlo, pero todos ellos estaban celosos de nosotras, de nuestro apartamento, y nuestro gato. Seguro que por culpa de ellos también me quitaron la galería.
“Laura, ¿qué tienes preparado para esta noche? Anda, cuéntame, no seas malita”, le dije mientras hacía pequeñas circunferencias con mis dedos alrededor de sus pezones. “No seas tan curiosa. Ya verás”, se levantó, se puso su calentico y fue directo a la cocina. “¿Qué pasa con el cigarro?” “Esta vez no”.
Mire, doctora, le juro que esa fue una de las noches más bonitas de mi vida. Sí, la que muchos dicen que fue la noche del crimen. Todo se veía tan alegre. Recuerdo que me puse la batica clara, cuando salí del cuarto y me asomé a la sala la cena estaba lista. Laura había cocinado mis platos preferidos: rigatti a la carbonara y solomillo de res con crema de champiñones. Ah, y un vino tinto. Era un lujo, claro. Incluso había sacado la vajilla fina. Cumplíamos dos años como pareja, lo recuerdo muy bien, cómo olvidar aquel 7 de agosto en que todo empezó. No le voy a mentir, me resultó rara tanta delicadeza por parte de ella, mas estaba tan feliz, y nos queríamos tanto
“¿Ves?, tenías que esperar. ¿Qué tal?” “Me encanta”.
No era solo una botella de vino, creo que había otras tres. Nos pasamos toda la noche bebiendo y riendo, cada cierto tiempo probábamos uno o dos bocados. Sí, sí, ahora me acuerdo, mi Laura propuso que fuéramos al balcón a mirar la lluvia de estrellas que había anunciado la tele. Yo me tambaleaba, ¿lo puede usted creer? Siempre fui tan débil con la bebida. Hacía frío en el balcón, ella me abrazaba y yo le acariciaba las nalgas. Y nos reíamos fuerte como dos borrachas. Y ya no quiero hablar más de esto.
“Cuidado, te podrías caer. Eres una tonta borracha”. “Y tú eres una perra loca”, dije mientras intentaba mantenerme en pie. “Mira a lo alto de aquel edificio. Imagina que pudieras llegar volando, qué lindo sería.” “Estás ebria”, me dijo. “No, lo digo en serio, vamos a intentarlo juntas. Súbete conmigo en la baranda”. “No quiero”. “Vamos, Laura, no seas pendeja, a la cuenta de tres”. “No quiero. ¿Qué te pasa?” “La verdad, ¿quieres la verdad? La verdad es que no te soporto, siempre fuiste una oportunista con un buen trasero, y ya. Todo es culpa tuya: mamá, papá, la galería, la peste a cigarro, el ron sin Kola”. “Estás enferma”. “Vamos, Laura, salta”. “Suéltame, te lo ruego”.
No, no, no. Cállese. Usted no tiene derecho a hablar de nosotras. ¡Que se calle le estoy diciendo! Usted ya sabe qué pasó después. Los vecinos salieron de sus casas gritando como dementes cuando me vieron colgando del balcón. Entre todos me ayudaron a bajar. El pajuso de enfrente llamó a la policía. Laura había desaparecido. No lo sé, le juro que no lo sé. Laura no lo hizo. Era solo un juego. Ella me amaba, se lo juro, ella me amaba.
—Está bien por hoy, Carmen. Ya nos veremos en la próxima sesión.
—Gracias, doctora. Espere un momento. Antes de irme, ¿está segura que no quiere que vayamos al cine la próxima semana?