Esta noche tampoco podré dormir

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Por trigésima vez, Aníbal se dio vuelta en el sofá y sintió la manta pegada a su cuerpo; pensó en destaparse pero entonces tendría frío. Tras la ventana ya se percibía luz, “mejor me levanto, a esta hora no voy a poder dormir”.

Aunque le pesaban los pies, su pensamiento era claro, como si hubiese sido un sueño la noche completa de insomnio. De camino a calentar el agua del té rehuyó la máquina de escribir, no quería torturarse tan temprano, sentir el dolor en el estómago, el nerviosismo que siempre lo acompañaba antes de inventar una historia o concebir un poema más o menos decente. Hacía más de seis meses que no lograba terminar nada y menos dormir. “¿para qué seguir en esto?”.
Preparó el té y volvió a recostarse en el sofá, tampoco tenía ganas de leer; muy pocas veces disfrutaba por completo una lectura sin preguntarse por qué a otros les llegaba el éxito, mientras él seguía anclado a la espera de que lo descubriera algún crítico de esos que se satisfacen en buscar talentos de revistuchas provincianas.
Con los ojos fijos en el techo recordó a Mel, según los diarios el mejor poeta de su generación. Reconstruyó su imagen con total nitidez, como si no hubiesen pasado quince años desde su partida a la capital. Lo vio igual a cuando era su amigo, una amistad marcada por la lástima. Lo vio con su figura algo gruesa, los ojos muy pequeños, las manos demasiado blancas que no paraban de gesticular:
―Mira, Aníbal, me gusta lo que escribes, lo creo hasta mejor que mis trabajos. No me mires así, es verdad. Pero debes creerte artista, eso te enriquecerá. En tus cuentos parece que la vida se arrastra, falta la acción, y los poemas… nada, que necesitan violencia o patetismo, no sé. Refleja pasión por el país, una mujer, un sistema nuevo, el odio contra este gobierno inútil, la falsa moral. Tienes que vivir como artista ―decía Mel mientras fumaba en el café de la plaza. Hablaba con parsimonia y un leve acento, una rara entonación que lo hacía parecer extranjero.
Aníbal apuró el resto del té, se estaba enfriando, volvió a experimentar la incomodidad de aquellas conversaciones. “Ser artista”, lo probó todo según el ejemplo de su grupo bohemio de entonces ―los menos habían triunfado, la mayoría desistió, algunos habían muerto, “solo los idiotas permanecen, como yo”.
Trató de fumar. Era alérgico. Las recurrentes crisis de asma amenazaban con matarlo, y no apreciaba lo romántico de morir antes de los treinta años.
Tampoco le gustaba beber, el alcohol irritaba sus papilas y padecía una inusual resistencia. Después de las largas tertulias solo experimentaba un profundo asco en el estómago y además debía soportar, desde su sobriedad, el espectáculo de aquellos borrachos vomitando y revolcándose como animales.
Con la droga no trató, le daba pavor perder el domino de sí mismo.
Salir con hombres también daba cierto halo de misticismo e irreverencia. No era homosexual aunque lo había intentado. Un verano, Mel tenía de visita a su primo, un muchachito con cara de niña que cantaba en la ópera, sus poses amaneradas eran más que reveladoras y se prendó de Aníbal de solo verlo. En una de las noches de borrachera, se le tiró encima y él lo dejó hacer. Nada pasó. El olor tan fuerte, de hombre, lo consternó y dejó indiferente. El adolescente se marchó a llorar tras alguna columna herido en su orgullo.
Rodearse de mujeres no funcionó, les temía. Siempre sospechó en ellas una inteligencia superior, por eso las escogía un poco tontas. Salía con la de turno por largo tiempo, a veces años. Le sosegaba conocer sus historias, las palabras con que podía sojuzgarlas. Terminaban dejándolo cuando se convencían de que él no iba a casarse, ni a ser famoso, ni a llevárselas del pueblo. Ninguna fue lo suficientemente interesante como para inspirarlo.
Ahora veía a Odette tres veces por semana. Ella solo tenía de mujer fatal el nombre. Su madre se lo puso queriendo darle aires de princesa a la hija sin padre, demasiados candidatos para saber cuál había acertado y le faltó la valentía para endilgársela a uno al azar. A la niña la crió un tío muy cristiano. Odette tenía las mismas inclinaciones maternas pero la educación la había malogrado; después de cabalgar encima de Aníbal se arrojaba a los pies de la cama a rezar compungida. Él no le hacía caso, le gustaba que lo considerara un genio incomprendido.
Sintió vacío en el estómago, pensó que debía prepararse algo más consistente que un té. No tenía ganas. “Si al menos pudiera dormirme. Debería escribir un poco”.
Unos golpes en la puerta, leves pero insistentes, lo sacaron del sopor. Se incorporó y abrió sin cerciorase por la mirilla. Odette miró de un lado a otro antes de entrar y cerró tras de sí.
―¿Qué tú haces aquí a esta hora?
―Ay, Aníbal, no sabes lo que pasó.
―Si no me cuentas.
La mujer, cubierta por un vestido negro al que parecían querer saltársele las costuras, besaba constantemente el rosario y tenía una cara de espanto que a Aníbal le causó gracia.
―Se los empezaron a llevar presos esta mañana.
―¿A quiénes? ―preguntó mientras se encaminaba a la cocina para buscar un pedazo de pan.
―A los escritores, dicen que lesionan al gobierno, a la iglesia, que son traidores, se los llevan, están quemando los libros en la plaza.
Aníbal se quedó parado, palideció.
―¡Reacciona! Pueden venir y…
―Vete para tu casa y no vuelvas por unos días –él se pasaba la mano por la frente.
―Pero…
―No protestes, reza, pon velas, no sé, algo que sirva ¬―subió el tono de voz y las venas del cuello se le hincharon.
Odette le lanzó un beso con la pose afectada de una mala actriz y salió arrastrándose contra el muro.
Eran casi las siete de la mañana. Aníbal se echó agua en la cabeza, necesitaba pensar. Luego de cavilar unos minutos, llegó al librero, sacó varios ejemplares y los metió en una maleta. Se puso el sobretodo encima del pijama y salió.
Las diez calles entre la casa y la librería le parecieron una. Todas las posibilidades tomaban forma en su mente, no sentía miedo.
Al parecer los soldados ya habían pasado por allí; Gerardo, el hijo del librero, permanecía sentado en medio del desorden mayúsculo. Apenas vio a Aníbal lo miró angustiado:
―Menos mal que mi papá no vino hoy, no se sentía bien y mira esto, se llevaron la mitad de los libros y lo rompieron todo.
―¿Y los míos?
―¿Qué?
―Mis libros, yo soy Aníbal Campos, el escritor.
―Alégrese, nadie lo mencionó.
Sin hacer caso del joven comenzó a indagar entre los bultos y guardó varios volúmenes en la maleta, los que no cupieron se los llevó en la mano. Cuando se iba, Gerardo gritó:
―Oiga, no se moleste en esconderlos, creo que no van a volver.
Aníbal no alcanzó a escucharlo. Se dirigió a la plaza tan rápido como lo permitía el peso en sus brazos.  Allí la gran hoguera despedía un humo espeso que se posaba sobre todo. No había nadie, salvo dos o tres soldados que lanzaban su carga de hojas y carátulas cuando el fuego amenazaba con menguar.
Con paso rápido, Aníbal se dirigió al que, por la edad, parecía el jefe
―Disculpe, ¿me deja ver la lista?
El militar, un hombre de alrededor de 40 años y cara cansada, lo observó con molestia:
―Mire, no estamos para periodistas. Si aparece cualquier mención de esto van a tener problemas serios.
―No, yo no soy periodista. Es que quiero saber si un amigo está ahí. La mujer no lo encuentra, quiero darle al menos una respuesta, ¿entiende?
El hombre dudó un instante antes de tenderle el papel.
―Bueno, pero no se demore.
Anibal leyó los nombres, una, dos veces. El rostro se le contrajo, soltó los bultos y sacó un bolígrafo de la maleta.
―¿Qué va a hacer? ¿Está loco? Mire, si tacha a alguien no va a servir de nada.
―No ―se apresuró a corregirlo Campos― qué va, el nombre de mi amigo no está aquí; pero leyendo noté que falta alguien, uno de los peores ―y le guiñó un ojo, el otro lo observó extrañado y con cierto desprecio. “Como se mira a los traidores”, pensó Aníbal.
Luego de escribir le tendió la hoja, pero la recogió a medio camino.
―Espere, le pongo la dirección, me imagino el lío que deben tener localizándolos.
Revisó que no hubiera cometido ningún error y esta vez sí devolvió el papel.
―Uhm ―fue toda la respuesta del militar que echó una rápida ojeada a las líneas,; se las guardó en el bolsillo antes de dar la espalda a Aníbal y acercarse a un soldado casi adolescente que llegaba con una carretilla desbordada de volúmenes.
―Traje los libros de ese que le dije, los traje porque supuse que podrían olvidarlo ―gritó Campos al hombre. Enseguida se arrepintió de la estúpida explicación.
El militar se encogió de hombros sin siquiera volverse. Aníbal comenzó entonces a tirarlos en la hoguera improvisada, siempre cuidando que quedaran con la cubierta hacia arriba y un poco lejos de las llamas, “así tardarán en quemarse y más gente podrá verlos”, pensó con júbilo y sintió lástima de sí mismo.
Cuando quedaba un ejemplar, vaciló. Terminó por tirarlo también, “el último, solo quedarán los manuscritos, las revistas, y algún que otro texto en cualquier provincia”.
Al otro lado de la plaza vio a los soldados mirándolo y hablando, no alcanzaba a oírlos. Les hizo un gesto con la mano, recogió la maleta y se apresuró en volver a casa, “no van a demorarse”.
Llegó lo más rápido que pudo, esta vez las piernas no le obedecían, y maldijo no poder moverse a la velocidad de su pensamiento. Entró en la casa. Miró a su alrededor, como despidiéndose. Se afeitó prolijamente. Después de echarse la colonia y peinarse hacia atrás, se puso una camisa blanca con los puños hacia arriba y el pantalón negro. Se miró en el espejo; “me faltan los lentes”. Los buscó en el cajón. “Ahora sí parezco escritor, si me viera Odette seguro se le escaparían unas lagrimitas de admiración”.  
Pensó en redactar una carta, una especie de prosa poética, pero desechó la idea, “mejor no excederme”. Quitó la hoja en blanco de la máquina de escribir y metió otra con un poema a medio hacer. Miró el librero y sacó del fondo uno de poesía, de Mel, “ese seguro está preso o algo peor”. Le quitó el polvo, puso una hoja como marcador en una página cualquiera y lo dejó sobre la mesita. Triste destino de país ya muerto, era el título, “siempre sintió gusto por llamar la atención, pero lo disimulaba bien”.
Volvió a mirar alrededor, se echó sobre el sofá, no había comido nada pero no tenía hambre. “Son los nervios. Llegarán en cualquier momento. Por Dios, que Odette no regrese”. Cerró los ojos y comenzó a recordar su primer poema, aquel concurso en que Mel ganó, el movimiento que quiso fundar, su madre,  los mártires, “a los mártires artistas la épica les pone el talento o la suerte que les faltaron en vida”.
A lo lejos sentía ruido de camiones. Luego de varias horas todo quedó en silencio.
Tanta tranquilidad lo inquietó, abrió los ojos y se sobresaltó al ver que ya había anochecido, entornó las persianas, miró afuera, “nadie”.
Sintió una angustia fuerte, el mismo dolor en el estómago que a la hora de escribir, quiso llorar, solo le salieron tres sollozos ridículos.
El timbre del teléfono lo asustó.
―Aníbal Campos, diga.
―Gracias al cielo que estás ahí, tuve tanto miedo. Mi tío llegó hace un rato, dice que ya los militares se fueron a otro pueblo. Pobrecitos, si al menos supiéramos a cuál, podríamos avisarles. Es un milagro que hayas escapado, recé tanto. Mi amor, necesito vert…
Aníbal colgó. Volvió al sofá, se sentó unos minutos con la cabeza entre las manos.
―Esta noche tampoco podré dormir ―dijo en voz alta. Suspiró profundo y fue a buscar el pedazo de pan.