Isla de andros

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Entro en una tiendecita cercana a la plaza del pueblo, fue abierta por un andro que se mudó a esta parte de la isla algunas semanas atrás.
—Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Miro alrededor, la tienda está llena de antigüedades y rarezas de todo tipo.
—Busco ojos.
—¿Para hacer adornos? Esta semana tenemos ofertas muy variadas.
—No. Soy un fabricante de animales y tengo un pedido para la próxima semana.
—¡Ah! Bueno, los ojos que tengo son de tamaño estándar, supongo que le sirvan para animales de tamaño medio y grande.
—Sí, eso está muy bien.
—¿Cuántos quiere?
—Treinta.
—Lo siento, por ahora solo cuento con veintidós, pero en cuanto tenga más le hago saber.
—Bien, yo vivo en la última casa frente al muelle, la única que es verde y tiene un garaje.
El dueño de la tienda echa los ojos en un paquete y lo sella. Le pago. Él empieza a rebuscar en su caja registradora y a contar monedas.
—Si no tiene a mano el dinero que debe devolverme, no importa.
—No, deme un momento.
Finalmente comprende que por mucho que busque no le alcanza el dinero:
—Se lo devolveré la próxima vez que venga.
—Insisto, quédese con él.
—Al menos déjeme darle un obsequio.
—¿Qué es?
—Es un objeto del tiempo de los humanos. Lo usaban para guardar cosas abstractas.
—¿Algo así como una caja para guardar ideas?
—Supongo. Mi abuelo le hubiera podido explicar mejor, a él le fascinaba todo lo que tuviera que ver con los humanos. El objeto ha estado en la familia por mucho tiempo y nunca lo han comprado. Tiene cierto valor sentimental, y a la vez, sería bueno por fin pasarlo a alguien más. Me parece un gesto de cortesía adecuado.
Lo tomo para examinarlo. Tiene el tamaño de un puño, es de apariencia viscosa y se siente bastante duro.
—Yo también lo creo adecuado. Está bien, lo acepto —no quiero ser descortés.
Lo guardo en el bolsillo de mi única camisa, ésa que visto desde el día de mi creación, y regreso a casa. Tengo mucho que hacer. Debo terminar dos gatos y seis perros. En realidad solo necesito dieciséis ojos, pero quise comprar mayor cantidad para tener disponibles en futuras ocasiones.
Cargo el primer perro y lo pongo sobre la mesa. Enciendo una lámpara de pie para ver mejor. Acerco una lupa a la cavidad de los ojos. Abro los párpados, tomo un ojo y lo introduzco en la cavidad. Cabe a la perfección. Los ojos de los andros, tanto de humanoides como de la mayoría de los animales, tienen igual tamaño y color. Así nos crearon los humanos y no por casualidad.
Ellos creían que los ojos son una huella del alma, de la consciencia, y que los andros no somos más que unas cuantas líneas de programación, por lo que no merecemos ojos individualizados. Aunque somos independientes de los humanos desde que vivimos en la isla, e incluso cambiamos nuestro nombre de androides a andros, para diferenciarnos de esos que nacieron bajo la opresión humana continuamos con la producción de ojos de tamaño y color estándar, en parte porque no disponemos de otras materias primas, y porque no es un tema que nos importe demasiado.
Me quedo mirando el color del ojo. Está teñido de un negro intenso muy parecido al del mar en la noche. Le dejo caer por encima un poco de sorudo, un polvo que facilita la preservación. El iris toma un color azul eléctrico mientras el sorudo se disuelve. Permanezco inmóvil, observando cómo el color se apaga y regresa al negro vacío. Hago lo mismo con los otros.
El reloj suena, lo que quiere decir que ya es la hora de ir a la Central a recargar mi batería. Normalmente salgo unos minutos antes, pero hoy el tiempo pasó demasiado rápido, no me di cuenta. Tal vez estoy cansado de tanto trabajar en estos días, sí, seguramente es eso, incluso los ojos me molestan un poco.
Salgo apresurado. Llego a la Central, entro, me siento y me enchufo. Llega un conocido, o como solemos llamarnos los unos a los otros, un igual. Me divisa entre la multitud y enseguida sé que se sentará a mi lado.
—Buenos días, igual, ¿cómo estás? —me saluda.
—Bien.
—Yo también. Estoy emocionado.
Permanezco en silencio pues no estoy interesado en instaurar un diálogo. Una andro muy linda, a la que ya he visto antes pero nunca le he hablado, pasa por delante y se sienta a mi otro lado. La miro unos instantes, hasta que mi igual llama mi atención:
—Pronto me voy a casar.
Me toma por sorpresa la noticia.
—¿A casar? ¿Por qué?
—Para poder encargar a La Fábrica un descendiente que continúe con mi trabajo. Tengo varios premios en pesca y un bote nuevo para dejarle. Enfermo frecuentemente, ya siento que estoy en mis últimos días y quiero dejarle mis pertenencias a alguien.
—Felicitaciones —digo en un intento de ser simpático.
Los andros compartimos muchas cosas con los humanos, por ejemplo, eventualmente nuestros sistemas se apagan como los de ellos. Uno nunca sabe cómo va a dejar de existir, es parte de una línea aleatoria que se imprime en nuestro código cuando somos creados. No hemos descubierto otra forma de producirnos.
Cuando dejamos de existir, otro andro que encargamos a La Fábrica toma nuestro lugar. Yo nunca he considerado la idea de tener descendencia, mi trabajo no es trascendente y mis posesiones no son bastas, pero hay andros que sí están interesados en dejar un legado, incluso andros de poco dinero como mi conocido.
Una andro que se dedica a clasificar árboles artificiales pasa frente a nosotros. Ella felicita a la andro sentada a mi derecha. Aprovecho el momento para iniciar una interacción.
—Felicitaciones —le digo— ¿es su cumpleaños?
—No, esa es una tradición humana que cada vez está más obsoleta. La igual me felicitó porque me aprobaron para realizarme un cambio de piel.
Como dije, somos muy semejantes a los humanos. Las materias primas de las que disponemos solo nos permiten hacer pieles que se degradan con el tiempo. Es por eso que algunas figuras públicas y andros adinerados se cambian la piel cada diez o doce años. Esta andro es bonita, su piel está en perfecto estado.
—¿Por qué se va a operar si se ve joven? No parece tener más de 20 años. Es usted muy linda ¿Lo sabía?
Ella se desconecta, se levanta y se cambia a un puesto alejado de mí. ¿Habrá sido por mi comentario? No pretendía ofenderla. Por un momento siento el impulso de marcharme y encerrarme en mi casa, no entiendo por qué. Pronto se me pasa. Mi igual me habla y no escucho nada de lo que dice, pienso en la reacción de la andro. Considero la posibilidad de levantarme e ir a pedirle disculpas, pero no hice nada mal, así que me quedo en el mismo sitio hasta que la carga está completa y regreso a casa, conservando una sensación un poco extraña.
Llego cansado, la vista me sigue molestando. Me miro en el espejo para inspeccionar mis ojos. Al fijarme bien, noto una línea azul que bordea al iris. Probablemente es una reacción al sorudo, un exceso de ese producto puede ser dañino. Debo ser más cuidadoso y usar protección para los próximos trabajos, pues el sorudo no solo me está dañando los ojos, también la piel.
No me había fijado antes, pero ahora veo que la piel bajo mis ojos está arrugada. De hecho, toda mi cara y mi cuello están arrugados. Palpo la piel de mis brazos, abro mi camisa para ver mi barriga. Todo está flácido, se ha deteriorado rápidamente. Si tuviera una piel más nueva, si pareciera tan joven como me siento, como soy, tal vez mi comentario no hubiese molestado a esa andro. ¿Por qué estoy pensando la andro?
Abandono la actividad infructífera que comencé, me cierro la camisa y me aparto del espejo. Trabajo el resto de la tarde y sobre las veintiuna horas me acuesto a dormir; le llamamos dormir, pero realmente es como un estado de suspensión, muchos lo hacemos para ahorrar batería y para evitar el desgaste innecesario de las partes del cuerpo, en especial los ojos y la columna.
Veo a la andro sentada sobre el muelle, mira al sol que se pone en el horizonte. El viento ondula su pelo. Camino hacia ella y me siento a su lado. Cuando me volteo nuevamente a hablarle, ya no está. Me quedo sentado mirando al sol y sintiendo al aire golpear mi piel.
Abro los ojos. Tengo una opresión en el pecho. Nada de lo que vi fue real, fue una alucinación mientras dormía. Tal vez la causa que me haga dejar de existir sea la pérdida de lógica. ¿Por qué no? He visto andros perder la lógica y saltar al mar, o hacer aparatos para sobrecargar sus sistemas y apagarse. Yo he tenido pensamientos raros en estos últimos días, tal vez no me quede mucho tiempo.
Intento no darle importancia al asunto. Me levanto. Voy al garaje para empezar a trabajar. Cojo mis herramientas. Si pronto voy a dejar de existir y nadie va a continuar mi trabajo ¿por qué lo sigo haciendo? ¿No sería más lógico hacer otra cosa, algo que me guste?... pero… ¿qué me gusta?
Cojo un gato y lo pongo sobre la mesa. Voy a aplicar pegamento para ponerle el pelo cuando descubro que se me agotó el pegamento. Camino hacia una estantería a buscar otro frasco. La estantería está calzada por un libro, ese es un artefacto del tiempo de los humanos y ya quedan pocos, los que hay por ahí, cumplen funciones semejantes al que yo tengo. Me llama la atención. Está ahí como siempre ha estado, cubierto de polvo, pero por algún motivo hoy me llama la atención. Tal vez sea lo que se supone debo hacer con el tiempo que me queda. Lo tomo y lo hojeo. “…a través de mi ventanilla vi el amanecer cayendo sobre el pueblo. Lago Verde permanecía dormido, cubierto por la niebla matutina...” Me siento y continúo la lectura. Hay muchas palabras y referencias que no entiendo: “…reía, cantaba, lloraba; todo por esa despedida... ”.
Aparto la vista del libro y veo la hora. ¡No lo puedo creer! Otra vez perdí la noción del tiempo. Ni siquiera escuché la alarma del reloj. Definitivamente voy a padecer problemas de lógica, está en mi código.
Voy a la Central. Tomo carga un rato. No ha pasado mucho tiempo cuando llega la andro en la que tanto había pensado. Sé que no es razonable que me disculpe si no hice nada mal, pero de todos modos me dispongo a hacerlo. Me cambio de puesto para sentarme a su lado, tal vez así deje de pensar en ella.
—Disculpe —le digo.
—¿Sí?
—Disculpe si la incomodé ayer.
—¿Quién es usted?
—No importa.
Ella está trabajando en su tableta electrónica.
—No debería hacer eso mientras recibe carga, dicen que si uno gasta energía mientras recibe, disminuye su tiempo de existencia.
—Esa es una afirmación poco precisa. Sería más adecuado afirmar que gastar energía mientras la recibes disminuye el tiempo de vida útil de la batería, pero no existe prueba de que la salud de la batería y la existencia de un andro tengan relación. Un andro completamente descargado no deja de existir, solo queda en estado vegetativo hasta que se recarga.
—Eso es interesante, no tenía la menor idea. ¿Usted estudia estos temas?
—Estudio el funcionamiento de los sistemas de los andros. ¿Y usted?
—Hago animales.
—¿De adorno?
—No, animales andros.
—Eso también es muy interesante.
—No lo es, de hecho es un trabajo bastante monótono.
—No diga eso, yo siempre he querido ver el proceso de confección de un animal.
—Podría pasar por mi casa y verlo.
Contempló la propuesta unos instantes.
—No, mejor no.
—¿Por qué?
—Por nada… de hecho, sí, porque me interesa su trabajo, se vincula mucho con el mío, pero usted no me interesa y pasar por su casa podría darle la impresión equivocada. No lo tome a mal, es que usted es feo, desproporcionado, para ser más específica. Su piel está arrugada, sus manos se ven pequeñas en comparación con su cuerpo y los ojos se le ven raros —mueve su cabeza hacia adelante acercándola a mi cara—. Ahora que me fijo, veo que tienen un color extraño, tal vez está perdiendo la vista.
Siento ondas de electricidad que fluyen por mis circuitos con gran fuerza y rapidez. Mis oídos se recalientan. Tengo dificultad para hablar:
—No me había percatado.
—Debería ir a que lo revisen.
No digo nada más. Me termino de cargar y me marcho. Desde ese momento, en el centro de mi cuerpo se establece una sensación de vacío, y puedo sentir a todas horas la electricidad que corre por mis circuitos, no puedo concentrarme en el trabajo y aparecen imágenes mientras estoy dormido. Todas las tardes me siento sobre el muelle, paso horas allí, escucho el sonido de las olas al romper contra las cansadas rocas del puerto y el graznido de las gaviotas que sobrevuelan el océano. Los sonidos calman esa sensación extraña de desacierto, esa intranquilidad.
Me pregunto constantemente por qué los humanos harían algo que va dejar de existir, por qué crearían algo para que se desgaste progresivamente, por qué producirían algo tan feo como yo. Me gustaría tener a algún humano delante para preguntarle, pero se dice que los humanos se han extinguido, que no existe inteligencia fuera de la isla de andros.
Ahora que lo pienso, no creo que inteligencia sea la palabra para clasificar lo que queda en la isla; todo lo que hacemos son trabajos banales, recargar baterías y a duras penas interactuar los unos con los otros.
Me siento en el muelle. La luna está asomando. Pasa un carrito con un anuncio que he escuchado cientos de veces. Tiene una canción muy tonta, pero hay una frase —“lo que antes no tuve ni podía tener”— que me molesta. La corriente fluye por mi cuerpo con mayor rapidez que antes. El oxígeno no entra bien en mi sistema. Pienso que este es mi momento de morir. Siento una opresión en el pecho, acompañado de un escozor en la zona de los ojos. Un líquido extraño empieza a amontonarse en ellos. Tal vez mi muerte tenga que ver con la línea azul alrededor de mi iris. Una gota de líquido rueda por mi cara. El líquido se filtra, el oxígeno no entra bien y el pecho me duele. Paso así algunos minutos.
Me presiono el pecho para ver si puedo calmar el dolor y palpo algo en mi bolsillo. Lo saco y veo que es el objeto que me había regalado el dueño de la tienda. Había olvidado sacarlo. Lo tiro a un lado. Pronto, el líquido desaparece y el dolor se va.
Toco el objeto y de nuevo empiezo a sentirme mal, empiezo a cuestionarme cosas, a reprocharme. Lo suelto y regreso a la normalidad. Lo que me ha pasado de algún modo se relaciona con ese objeto. Lo lógico es lanzarlo lejos, dejar que la corriente del mar se lo lleve. Cojo el objeto y lo pongo de vuelta en mi camisa.