La reconcentración

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No faltó por citar a ninguna mujer. Siempre existió algún valor destacable, si no era por su profesión era como madre, hija, esposa, o por ser buena amante.
Vestían las mejores joyas y vestidos, los polvos más caros, los zapatos más elegantes. Les otorgarían mejores puestos de trabajo, salarios y seguros. Cuidarían mejor su alimentación y salud. Había que respetar por fin los derechos de la mujer.
Pusieron una gran pantalla. Lo anunciarían a las cinco de la tarde.
Las mujeres vieron imágenes de sus hijos escapando del país: en un pedazo de tabla, en un tronco. Rompían las alambradas, caían por las balas en la frontera. Las mujeres comenzaron a llorar.
—Que den un paso al frente las que no estén de acuerdo con la partida de los hijos —dijo una voz en off.
Algunas dieron un paso al frente. Pero hubo otras mujeres que se resistieron, preferían la partida o la muerte de los hijos. Otras se quedaron, indecisas, a medio andar. Las mujeres quedaron dividas en tres grupos.
Aparecieron las fuerzas militares a las cinco de la tarde. No importaba si era casi niña, si estaba embarazada, o si sobrepasaba los sesenta. Debían contribuir, la población estaba envejecida y había que mandar hombres para la guerra.