Mariposa menarca

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Atravesó el salón con la camisola adherida a la entrepierna por una papilla carmesí. Su madre abandonó el bordado en el cojín y corrió a asistirla. “¡Ya es mujer!”, dijo la Sra. Wittsburg tras cerciorarse de que no se trataba de una herida ordinaria. Al escuchar la noticia su otra hija, que había permanecido impasible en el diván, estrelló el canavá contra el suelo. La menor de la Casa Wittsburg sería entregada.
Desde que Lord Barrington anunció que se casaría con la primera de las jóvenes que pudiese concebir, la familia Wittsburg se había sumido durante meses en una vigilia tenaz. Cada mañana la madre revisaba las sábanas de sus hijas en busca de cualquier señal hemática que indicase la menarquía. Incluso las piezas íntimas de las impúberes eran escrutadas antes que la sirvienta se las llevase para sumergirlas en aguas de lavanda.
Una tarde se armó gran revuelo en la pieza de las jóvenes por una minúscula mancha que la madre descubrió en la ropa de cama. Las manos trémulas de la esposa Wittsburg rotaron la sábana para encontrar la inscripción bordada que revelaría a su propietaria. Pero su hija menor la detuvo y, con una sonrisita mordaz, demostró que la mancha no era menstrual, sino el cadáver de un insecto.
El grueso de las expectativas caía sobre la primogénita, quien por ley natural debía alcanzar antes la pubertad. Por eso, cuando la segunda hija apareció en el salón señalando la mancha carmesí que se expandía sobre el tejido, la reacción de los Wittsburg fue más algazarosa de lo esperable. La única que no celebró el suceso fue la hija mayor. Segura de convertirse en la dama de Fogshire, se había fundado miles de ilusiones y se veía a sí misma desposada por Lord Barrington en la capilla de la Catedral de Brístol. “Ya llegará tu turno, hermanita”, le decía a la benjamina, y le relataba hazañas concupiscentes del Lord, magnificando sus virtudes con todo tipo de comentarios idólatras. En las noches, la hija mayor describía desde su cama lo que haría la noche de nupcias, y luego se lanzaba a la cama contigua para aupar a su hermana, que intrigada yacía boca arriba. A la pequeña, tanto los padres como su hermana, solían recomendarle al hijo de Luis Stanford. “Es un buen candidato para casarse”, decía el padre. El pequeño Stanford heredaría una vasta fortuna y varios títulos de propiedad, pero a ella le resultaba más repulsivo que una llaga.
Aquella mañana en que la hija menor manchó camisón por primera vez, un aire festivo se apoderó de la casa. Ordenaron a la servidumbre descorchar el vino más exquisito; se sacrificaron cerdos, ovejas y patos salvajes La vajilla de porcelana, herencia de los primeros de la Casa Wittsburg, fue desempolvada. No todos los días se concierta un matrimonio con tan ilustre señor como Lord Barrington, “quiero que todo luzca espléndido”, le dijo Sir William Wittsburg a su esposa. “No sabría decir si es más acaudalado o encantador”, agregó ella al tiempo que desdoblaba unos manteles. “Un caballero que demostró su coraje en la Batalla de Bergen —continuó diciendo la madre—, que toca el laúd con un virtuosismo órfico, que posee cinco mil acres bajo su dominio y una mirada tan cautivadora que desabrocha corpiños con un simple detenimiento de los ojos”.
El festín inició entrada la tarde. Un cuarteto de cuerdas amenizó la velada. Sobre la inmensa mesa de roble se extendía un mantel vienés rematado por finos bordados. Encima, refulgían patos y chuletas de cerdo, racimos de uvas moscatel y manzanas tersas, pasteles orlados de nata y copas rebosantes de vino. La prometida, suscitando la inquietud de muchos, se incorporó algo demorada a la mesa. Vestía un traje blanco que animaba un cintillo hecho con flores sobre el cabello suelto. Lord Barrington, secundado por los invitados, se levantó al verla llegar.
En medio del júbilo prenupcial, el padre propuso un brindis percutiendo la copa de vino con el cuchillo. La futura esposa sonreía lacónica mientras el padre le acariciaba el rostro. Ella sólo apartaba la mirada del progenitor para clavarla en Lord Barrington. Entre aquellas delicias culinarias era él lo más apetecible para ella.
Todos los comensales alzaron sus copas y en ese instante la hija mayor abandonó la mesa. Desapareció por la escalera del salón, mientras el repique de sus cubiertos contra la porcelana reverberaba aún en el comedor, arruinando la sonata húngara. En la mesa se cruzaron miradas desconcertadas, y se cernió un sopor silencioso que Sir William disipó con una altiva intervención: “¡Por los novios!” Una vez concluida la cena, los invitados se trasladaron al salón donde ya comenzaba a avivarse el baile. Primero, el padre bailó una pieza con la hija. Al viejo Wittsburg se le iluminaban los ojos mientras danzaba con su pequeña, la miraba con esa ternura que provoca la dicha de un hijo. Cuando hubo culminado la pieza, estallaron los aplausos, el progenitor llevó a la hija de la mano hasta su futuro yerno, este se prosternó ante ambos y tomó con firmeza la cintura de su prometida. Y arrancaron al compás de un vals inglés.
Lord Barrington se movía resuelto, ligero, pues era el baile otra de sus virtudes. La pareja se desplazaba armónica, sutiles a cada paso, sincronizados como si vinieran bailando desde siempre. Ella sentía un hormigueo que ascendía desde sus tobillos, como un leve roce de plumas que recorría la espalda hasta el cuello, y luego esa sensación se transfiguraba en cosquillas; las cosquillas más serias que había experimentado jamás.
Asida por la mano de su prometido, lucía tan frágil y diminuta como una esquirla de la primera nevada. En ese instante supo que aquel hombre podría quebrarla, pero lo haría tan sutilmente, que el placer y el dolor se confundirían en un momento deslumbrante y difuso, como al abrir los ojos bajo el océano.
Sonaron las últimas notas del vals y los reunidos vitorearon a la pareja, arrancando a la novia de su ensueño. Lord Barrington hizo una reverencia que la pequeña Wittsburg respondió abanicando el vestido. Después ella volteó con un gesto pueril y se lanzó a los brazos de su madre, que la esperaba enternecida al pie del diván. En ese momento, un ruido seco que parecía provenir de las habitaciones, irrumpió en el salón. Y luego otro ruido sostenido, como de muebles arrastrados con brusquedad. La señora Wittsburg besó en la nariz a su hija y dejó apresurada el salón seguida por dos sirvientes. Sir William, al escuchar los ruidos, había elevado las manos para indicarle a los músicos que tocaran más alto.
La pequeña novia permanecía inquieta y evadía a cuanto pariente o conocido se le acercara para desearle una vida feliz o elogiarle el vestido. A cada momento se excusaba con los invitados, se escurría hasta el pie de la escalera y desde allí se asomaba a la planta superior. Lord Barrington hablaba de cacería con sus primos y amigos. Y Sir William mostraba orgulloso su colección de cimitarras sarracenas. Justo antes que culminara el festín, la novia escuchó otro estruendo.
Los invitados comenzaron a marcharse a la media noche. Unos, a bordo de sus carruajes, otros, andando, pero todos embriagados fueron desapareciendo por el recodo del camino de olmos. Sólo deambulaban en el salón dos nobles ebrios, que buscaban un sombrero bajo las bancas. Lord Barrington se despidió de Sir William y besó las manos de su prometida, por quien vendría el día siguiente. Disculpe que mi madre no haya podido despedirlo, dijo la jovencita. Él respondió con un guiño y subió al carruaje. Tras lanzarle un adiós a su prometido, la hija menor de los Wittsburg subió las escaleras en saltos desaforados que superaban tres peldaños a la vez.
Entró a la habitación de huéspedes, que había sido condicionada para el día de bodas, y la luz mortecina del candelabro develó el ajuar sobre la cama: el vestido de novia, los ramos, las guirnaldas, las zapatillas, los encajes, el tocado. La joven suspiró de tranquilidad, cerró la puerta con llave y comenzó a despojarse de los atavíos del vestido canturreando. Cuando sólo quedó cubierta por el camisón, se agachó bajo la cama y sacó a rastras un tarro de mermelada de cerezas.
Sentada en la cama, asentó el tarro sobre sus piernas cruzadas. Desató el cordoncillo que mantenía el frasco sellado y hundió el dedo índice en la viscosidad rosácea de la mermelada. La pulpa tibia le resultó tan agradable al tacto, que no pudo evitar embutir la mano hasta los nudillos. Ávida, comenzó a lamer uno por uno sus dedos embadurnados, y recordó los dedos de Lord Barrington. Cuando terminó de lamer, se limpió los labios con el pulgar y hundió una vez más los dedos en la mermelada; sólo que esta vez se contuvo de saborearlos, y los deslizó bajo su pubis.