Marpacíficos rojos

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«Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo
un avatar simultáneo en vez de consecutivo…»

Una flor amarilla, Julio Cortázar

Y ya después de eso se ha quedado por allí, escondido entre unos arbustos, tan frío y dudoso como la primera vez que la vio, cuando todavía la idea de haber ido a Bogotá, a casa de un amigo, no le parecía un error, porque ahora como para acentuar que todo lo que le ha pasado desde entonces se trata de una patraña del destino (la peor para un hombre como él, en su situación), él ha visto que ella ha empezado a subir hasta su apartamento después de tomar las flores que le pidió al portero y haber hecho ese gesto con una de ellas y que él quisiera que alguien le explicara, porque son ya demasiadas las coincidencias, aunque sabe que está condenado a no recibir ninguna explicación racional, y por eso todo lo que hace es adentrarse en su ingenuo escondite para que ella no lo vea y crea que el hombre que la espiaba a todas horas, ese tal Richi, ha cumplido su palabra de no volver a acercársele, porque sí, eso él le había dicho la única vez que pudo hablarle serenamente y explicarle que solo había estado en busca de la verdad. Nunca más, señora Mónica, le había dicho, por mi Jocelyn se lo juro. Pero ha sido, sin dudas, la urgente necesidad de verla tan siquiera una última vez la que lo ha hecho romper su juramento, y por eso ha vuelto a aparecerse por los bajos del edificio donde ella vive feliz con su esposo Octavio y su hija pequeña, sin imaginar que ocurriría lo de esas flores que solo han venido a empeorar su situación; justo ahora que estaba resuelto a enterrar esa historia para siempre y olvidar todo ese tiempo que pasó en casa de Hugo, un amigo de la capital, recuperándose de la tragedia de meses atrás; olvidarlo todo como si no hubiese pasado nada y pudiera huir de esa angustia y esa duda, como si fuera fácil arrancarse de la piel el frío con que lo recibió esa ciudad, un frío al que él no estaba acostumbrado. Porque allá en su pueblo todo era más cálido, el clima, las gentes; y él: Ricardo, o simplemente Richi para los más cercanos, era un hombre feliz; tenía un montón de amigos y una joven y hermosa mujer: Jocelyn, la mejor enfermera de todo aquel pueblo asediado por la pobreza, una de las pocas personas que parecía preocupada por el bienestar y el futuro de su gente. Una buena mujer. Y él también era un buen hombre, un hombre de campo, aferrado a la tierra y a sus cultivos, aunque planeaba venderlo todo algún día para mudarse a la capital, porque ese era también