Ninguna parte

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El rayón en la pared de la oficina del jefe de turno, terminal de ómnibus de Las Tunas.
La mujer esperando que le cambien el asiento para viajar al lado de su niñito.
La tira carmelita rasgada de un pantalón viejo que asegura la caja de cartón en la que traigo algo de comer (por ejemplo arroz aceite y chocolate pero no leche en polvo declarada en extinción) y que no se puede pasar de 10 kg porque te la viran o tienes que hablar con el compañero y explicarle y ayudarlo con algo.
El número 1 azul del primer urinario en el baño destartalado, donde descargo sobre una pobre naranja agria bajo tortura que hace el papel de aromatizante.

El ambiente seco dentro de la guagua, mientras no escampa afuera desde por la tarde.
El embrollo de cables fruto del ingenio de quien instaló las nuevas lámparas que iban a ser colocadas en una terminal nueva y grande porque “se iban a juntar en tuna hasta veintidós yutones” y que podemos intuir no será construida jamás.
La tristeza, siempre nueva, de ver a mis padres alejándose, cuando soy yo quien comienza a moverse.
El pequeño desespero, casi impalpable todavía, por lo que falta.
El discurso de bienvenida de los choferes, “si la educación de los compañeros que están hablando lo permite”.
La yerba rojiza de los potreros al atardecer.
La costilla rota de Jean Claude corazón de león en el televisor que funciona.
Los bombillitos fundidos en el lumínico de un servicentro de Florida.
La gotera sobre una taza en el baño de la terminal de Ciego de Ávila, el único, cuya entrada es GRATIS según consta en el letrero de la puerta.
La cantidad de pasos peatonales en Sancti Spíritus, que tiene además según el chofer “los maricones más feos de Cuba, mira qué mal encabaos aquellos”.
El paseo desolado de Cabaiguán cuando son las cero y uno de la noche.
Los choferes con sus camisas blanquísimas y sus corbatas, que paran a cada rato, y llegan a casitas semioscuras a los lados de la carretera, saludan gentes, toman café, y entran o sacan paqueticos.
La música de Rocío Durcal y Marco Antonio Solís, en discos que vinieron con las guaguas, aunque nadie se imagina a un chino oyendo eso.
Las goticas que se acumulan por fuera en el cristal de la ventana, mientras unos números rojos aclaran: 14 grados.
El imbécil al lado, que me quitó el asiento del pasillo, donde hubiera podido estirar las piernas, y ahora quiere que le deje más espacio.
El tronco de rana saltando en el baño del Conejito de Aguada, donde hay un cartel que dice “les deseamos una feliz estancia”.
Los haraganes que baldean la cafetería, gracias a ellos no se puede pasar.
La interminable cerca de piedras, que rodea kilómetros y kilómetros de autopista a la altura de los naranjales de Jagüey Grande, y que me pone a pensar en los pobres guardias que la hicieron, cuando más diez metros por día, seguro bajo agua, como la que ahora cae.
La raya continua de cables en el espacio.
Las lucecitas a lo lejos desde la autopista fría.
El deseo de llegar, representado en este momento por un cosquilleo insoportable, del cual conviene olvidarse.
La manera de no pegar un ojo en todo el viaje. De saber que no voy a valer un quilo por lo menos en dos días.
—¿Dónde estamos? —escucho.
—No sé, en ninguna parte —responde una mujer.
Las siluetas de palmas y montes que se arrastran lentamente.
El brevísimo instante de sueño por fin.
El pitazo que me despierta.
La luz amarilla de los semáforos en los ojos de la gente.
El azul que resplandece en las paredes de las guaguas, y no resplandece en las paredes de la terminal última.
Los pesos en moneda que esperan intranquilos en el bolsillo, porque servirán para ayudar al tío de los equipajes, aunque no servirán para ayudarme a llegar “hasta la puerta de la casa” en uno de los taxis particulares al acecho.
La lentitud de la gente que se baja de una guagua en su destino final.

El ruido de mis zapatos al hacer contacto con el pavimento.
Mi propia sonrisa, frente al agua bendita de un espejo mágico y una bruja que cobra veinte centavos.
El olor a gas de la madrugada en La Habana.
La mañana que clarea mientras bostezo, camino a pesar de las cajas, y acaricio lo que queda de un pasaje emitido en Las Tunas, por un jefe de turno en cuya oficina, según me parece recordar, había una mancha, un rayón, una gota, o alguna otra cosa de esas que suelen habitar en cualquier parte.