No pasa nada

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Demoramos una hora en llegar al Alfalfa. Abuela da pasos muy cortos y a cada tramo se detiene para escupir en la calle. Nos desesperamos y le pedimos que camine más rápido, que no escupa tanto, pero ella nos responde: yo no tengo la culpa de que me duelan las piernas y tampoco de tener la boca reseca.
Mi madre, que camina a su lado, y mi hermano y yo que vamos detrás recordamos, cada vez que se disculpa la abuela, que hoy cumple ochenta años, y es así como transformamos los reclamos en medias sonrisas.
Estamos sentados a una de las mesas cuadradas del centro del bar. Encima nuestro hay unas lámparas y recibimos una luz cenital que me da la impresión de que somos los protagonistas de una obra de teatro. Para ser el lugar del que todo el mundo habla, la ambientación deja mucho que desear. Por suerte no han puesto la música muy alta. Es temprano todavía y el Alfalfa no se ha llenado. Una muchacha bebe en la barra con las piernas cruzadas. En las mesas más alejadas de la luz, distingo una pareja, y un hombre del que solo veo los reflejos de la luz en sus gafas.
Saco mi celular mientras los otros juntan las sillas, sonreímos y salimos abrazados en la foto. Nos vemos color naranja por la luz que llega del techo y el resplandor del flash. Después, volvemos a ocupar nuestros lugares en la mesa. De regreso a la seriedad inicial, no nos miramos a los ojos. Cómo podríamos.
Mi hermano está sentado frente a mi madre, entre abuela y yo. En la foto queda en el extremo izquierdo, con el brazo por encima de los hombros de abuela. Sonríe exageradamente, tiene los ojos extraviados, y observa de qué manera sonríen los demás. Impaciente porque aún no han venido a atendernos, va hasta la barra y se pide una cerveza. A su regreso, me doy cuenta de que ya sacó su celular, y mientras bebe lo revisa y envía mensajes, manteniéndolo escondido debajo de la mesa. Solo se interrumpe para acercarse al oído de abuela y susurrarle amenazas para que no se le ocurra escupir en el piso del bar-cafetería.
Mi madre, como todos nosotros, sonríe en la foto, pero no puede ocultar la tristeza en los ojos. No bebe nada, se muerde las uñas. Tiene la vista fija en el cenicero que está encima de la mesa, y con la mano que le queda libre estudia las irregularidades de su textura. Sé que los bordes sucios le dan unas enormes ganas de limpiarlo. Imagino que recuerda las veces que regaña a abuela para que no fume, el lugar detrás del closet donde esconde los cigarros, para que abuela no los encuentre, cómo trata de jugar con la mente de abuela para que no recuerde si fumó. Sospecho que piensa en el número de veces que puede regañar y esconder en un día y los compara, junto al número de pequeñas caras del cenicero. Solo levanta la vista para adelantarse a alguna frase que va a decir abuela. Frases todas que ella, mi madre, sabe de memoria.
El dependiente se acerca a la mesa. Nos saluda y se entusiasma al escuchar la edad que cumple abuela, y dice frases como: qué linda la abuela, se ve que la familia la quiere mucho. Me parece que llamamos su atención por la edad de abuela, y porque una familia como la nuestra en este lugar de nuevos ricos no debe ser muy común. Segura estoy que aprovechó para estudiar nuestras caras congeladas en esta alegría hipócrita. Llega con una sonrisa pero luego se va con algo de resquemor y tristeza, las energías de la familia no lo engañan. Quizás le hagamos recordar a su madre y sienta ganas de invitarla a un almuerzo la semana próxima. Ahora vuelve, coloca encima de la mesa el pedido de cervezas para mi hermano y para mí, refrescos para mi madre y mi abuela, y promete que los entremeses serán servidos enseguida.
Ahora pienso que no debí sonreír si no tenía ganas. Cualquier persona que vea la foto no tendrá dudas de que celebraba. Sentada frente a la abuela, me arrepiento de estar aquí, pero ya me he tomado dos cervezas. Me doy cuenta que no dejo de mover un pie con nerviosismo. Los susurros de mi hermano me asustan.
Abuela, con la boca reseca por tantas pastillas que toma, es la única que habla, pregunta cosas que ya sabe, no deja de decir una y otra vez que el lugar es muy bonito y "por fin, ¿cómo es que se llama?". Todos estamos incómodos pero nos encargamos de responderle por turnos. Lo que no toleramos es que escupa en el piso. Mi madre la regaña, le habla alto, y abuela vuelve al "yo no tengo la culpa". Nos mira sonriente, busca nuestros ojos y nos pregunta si la queremos.
Para mi hermano, que se fue de la casa familiar hace unos años, regresar es como una obligación, un trabajo donde se marca la tarjeta de llegada, para después cobrar un buen sueldo. Para él es fácil. Solo tiene que fingir en estas celebraciones, y regañar a abuela. “Abuela, no escupas; si lo vas a hacer, hazlo fuera, en el balcón. Abuela, por favor, no repitas las mismas cosas”. La trata de amaestrar como si fuera un animal.
Abuela ya no puede atender a mi hermano como hacía antes, cuando le preparaba la comida y se la servía, le calentaba el agua para el baño, le tenía, limpia y lista, toda la ropa. Ahora solo puede acariciar las manos de mi hermano y decirle que es tan lindo. Mi hermano bebe su cerveza, con el teléfono hace fotos del lugar, y se las envía a la persona con la que se escribe, sin dejar de mirar de reojo a abuela y apretarle la mano cuando ella pregunta una y otra vez lo mismo:
—¿Y qué día es hoy?
Estoy segura de que, para la persona que intercambia mensajes con mi hermano, las imágenes y lo que él le cuenta de la alegría familiar, reafirman su idea de nuestra felicidad.
Mi madre, también pendiente de lo que hace abuela, trajo muchas servilletas por si necesitaba escupir. Deja de comerse las uñas, quita sus ojos del cenicero para limpiar la mesa con una servilleta. Hace que abuela se saque las manos de la boca para que no trate de quitarse picaduras de cigarro de la lengua, o toma un peinecito plástico del bolso que tiene encima de las piernas y la peina. Si abuela se ve sucia o despeinada, la gente pensará que mi madre no la quiere.
Mi madre vive en un limbo, que solo la deja pensar en la limpieza, desde que dejó de trabajar para cuidar a abuela. Ahora se martiriza con el hecho de devolver a su madre todo lo que esta hizo por ella. Abuela nos cuidó para que mi madre pudiera conservar aquel trabajo tan importante, tan bien pagado. Mi madre se cansaba mucho, pero era alguien. Ahora se agota con el lavado, el fregado, la limpieza, las compras y pasa la mayor parte del día en la cocina, para buscar un equilibrio. Cuando abuela la llama para hacerle las mismas preguntas una y otra vez, ella le grita las respuestas, exasperada. Estoy convencida de que para ella, visitar una tumba sería mucho mejor.
Antes de venir, no hicimos otra cosa que pelear:
—Para qué salir a un bar —dije—, es mejor celebrar en casa.
—Mami quiere salir, ver la calle —respondió mi madre.
—Podemos llevarla al bar-cafetería nuevo, el Alfalfa, me han dicho que está súper bueno —dijo mi hermano.
—¿Para qué hacer lo que quiere abuela, si ella lo va a olvidar? —insistí.
—Pero nosotros no —respondieron ellos.
—La salida no hará que la queramos más, es mejor que esté muerta.
Esa última frase hizo que mi madre me observara con horror y se echara a llorar. Mi hermano empezó a susurrarme amenazas al oído:
—Vas a ver lo que te va a pasar si no vienes.
E hizo el ademán de un golpe que lanzó con sutileza al aire. Yo coloqué los brazos frente a mi cara y pude evitarlo. No quise demostrar el miedo que me subía a la garganta, pero mientras me vestía, se me salieron unas cuantas lágrimas de rabia.
Por eso estoy aquí, por miedo. Malhumorada y sin saber qué hacer miro a mi madre, que limpia la mesa, a mi abuela que tiene la mirada perdida, y que para colmo comienza a tararear una canción. Me trago la cerveza que ya comenzaba a calentarse.
Miro de nuevo la foto y noto la sonrisa fingida de mi abuela, como si no supiera a dónde mirar, como si no supiera que íbamos a hacer la foto, como si no supiera que hoy es su cumpleaños. Ella intuye que ninguno de nosotros quiere celebrar. Pero se las ingenia, como la mejor directora de orquesta para hacer que todos los instrumentos se coordinen bajo su batuta con el tempo adecuado. Nos trae con la excusa de que ya no le queda mucho, que ya es una vieja, que está medio loca, y que tiene ganas de pasear. Me mira a los ojos. Le sonrío y pienso que debe estar feliz por tenernos aquí, tenernos alrededor de esta mesa. Me pido otra cerveza.
Mi madre dice, alzando un poco la voz para que la escuchen los pocos clientes que están cerca de nosotros, que piensa poner la foto que nos hicimos hoy en un marquito marrón que compró, porque ese será el mejor regalo para la abuela. Mi hermano sonríe y dice que es una idea buenísima. Abuela sonríe, y noto que tiene ganas de escupir. Para que no la regañen se traga la saliva.
Vuelvo a mirar la foto. Pienso en todas las veces que finjo sonreír para que no me culpen, para que me dejen tranquila, pienso en cada momento en que me mantuve en silencio y acepté para evitar alguna agresión. Pienso en cómo olvidaba y todo volvía a empezar. Los susurros de mi hermano se cuelan en mi cabeza con la sonrisa permanente, la mirada acusadora de mi madre y esa manía de limpiar, la canción que tararea abuela; todo se va acumulando. No quiero estar en esa foto.
Ahora mi hermano está regañando a abuela de nuevo, no piensa dejarla ir al baño para escupir, es mejor que escupa en una servilleta o que se trague la saliva. Quiere que pose y sonría para otra foto, ella sola. Mi madre limpia el cenicero. Y pienso en que ella espera que yo le devuelva también lo que ha hecho por mí, y que estaré obligada a celebrar sus cumpleaños en un sitio parecido a este, con los hijos que tendré algún día, obligados a fingir que somos una familia feliz. Estaremos igual que hoy, tensos. Y sonreiremos. Una foto donde no quiero estar.
Doy unos golpecitos en la mesa para llamar la atención de los otros. Muestro el teléfono con la pantalla bien iluminada, para que vean nuestra imagen de familia feliz.
—Esta foto es una mentira —digo a pesar del miedo— y la voy a borrar.    Ellos sonríen porque no se lo creen. Después de una pausa, mi hermano se abalanza sobre mí para quitarme el teléfono de las manos, pero ya es tarde. La foto está borrada y yo me pongo de pie y les doy la espalda. Antes de salir del bar, miro atrás, hacia la mesa. Los tres están muy quietos, como si no pasara nada. Con el celular en la mano hago una foto. Al menos mi abuela, que se ha acostumbrado a fingir la felicidad de los tontos, sigue sonriendo.