Perfume

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Afuera aumentaba la oscuridad.
Las luces de la calle se veían por la ventana.
Los hombres, sentados ante el mostrador, leían el menú.

Ernest Hemingway. Los asesinos

Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle.
Al mirarse al espejo vio que realmente
era un hombre distinto.

Ernest Hemingway. El mar cambia

 

A la seis de la tarde el lugar se hallaba prácticamente vacío; Alberto lo esperaba en la galería exterior, sentado a la mesa de siempre —la del fondo, cercana a la barra—, el cigarro encendido ante una copa de vino.
—¿Ya ordenaste? —él hizo una seña al barman antes de sentarse.
Alberto no contestó, aplastó el cigarro e hizo igual una seña, esta vez al mozo, que aguardaba atento muy cerca de la mesa.
¿Qué desea el señor?
Era también el mismo de siempre, un chico de piel oscura y poco más de veinte años. Alberto lo observó satisfecho; le agradaba ser atendido por un negro. Si iba a dejar propina, una buena propina, mejor deslizarla en un bolsillo fraterno. Pura lucha de clases, pensó Raúl con cierta repugnancia.
El señor va a necesitar algo más fuerte, dijo Alberto por fin. Un cognac, por ejemplo. ¿Alguna sugerencia?
El joven no lo pensó dos veces. Tenemos Domeqc y Terry Malla Dorada, pero si me pregunta, el Domeqc es más exclusivo.
Pues que sea un Domeqc, Alberto dio dos leves palmadas; un tenue olor a perfume escapó de sus manos. Traiga la botella que hoy celebramos. Ah —el joven ya daba la vuelta para marcharse—, dígale al barman que se apure con el trago del caballero.
El mozo se alejó finalmente.
—¿Qué celebramos, si se puede saber? —Raúl comenzó, distraído, a juguetear con los cubiertos. El negro se entretuvo en prender otro cigarro, de buena gana él le habría pinchado los dedos con cualquiera de los tenedores a su alcance.
—Nada en particular. La vida, supongo. El estar aquí los dos, bebiendo juntos… Mejor ordena tú —Alberto arriesgó una apática sonrisa—, estoy seguro que preferimos lo mismo.  
Le pasó la carta; Raúl, incómodo, la abrió sin demasiado entusiasmo. El barman trajo por fin su Johnnie Walker a la roca.
—¿Cómo está Laura? —Emperador, eso pediría, y que al negro se le desfondaran los bolsillos. Para eso publicaba con Tusquets y se daba el lujo de una casona en el Vedado, para eso impartía conferencias sobre narrativa cubana en países tan distantes como España, Turquía o los Estados Unidos.   
—Hace calor, ¿no te parece? —Alberto se movió en el asiento. Él alcanzó a percibir otra vez la inconfundible fragancia; crecía, se enredaba en sí misma, abarcaba el amplio espacio que ya iba llenándose de comensales. Como los dos tipos de aspecto sombrío que ahora se encaminaban hacia la barra. Le parecieron muy raros. Rostros demasiado pálidos, vestuario insólito: gabanes oscuros, pequeños sombreros a lo Dick Tracy o Humphrey Bogart, guantes de cuero.
—¿Recuerdas esa conversación que tuvimos en el Fortuna? La que te pareció tan absurda —el negro no podía verlos, les daba la espalda. Uno de los tipos alzó su vaso; Raúl, tomado por sorpresa, apenas atinó a corresponder. Había una botella entre ambos hombres, Ballantine’s; aunque no viera al barman servirles trago alguno.
—La típica amenaza que nunca llega a cumplirse.
Alberto llamó de nuevo al mozo, pidió le trajera tabacos. De los pequeños, dijo, esos rollizos, muy cortos, que lucen enanos entre los dedos. Poético el negro, como todo buen escritor de ficciones. El muchacho preguntó si ya iban a ordenar.
Entrante: Aceitunas con queso y tostones rellenos con atún.
Plato principal: Arroz pilaf, filetes de Emperador en salsa agridulce, ensalada de estación.
Para beber, un Valdepeñas blanco; Raúl recordó haber leído en alguna parte que Hemingway, a su paso por España, se había aficionado a aquel vino. Algún día él también se aficionaría a vinos selectos y pagaría cenas caras en restaurantes de lujo para una mujer especial, una con la que entonces ya no habría de esconderse.  
—¿Eso crees? —el negro encendió un tabaco, el humo comenzó a crecer en pequeños arabescos y el perfume a confundirse con las volutas sin perder intensidad. Desde la barra llegaron los acordes de una canción.
Primero, que tú has sido para mí lo más grande de este mundo
Un bolero con tintes de flamenco, Omara en cálido featuring con Alejandro Sanz. Merecía escucharse aquel tema, merecía escucharse en otra compañía, las manos entrelazadas, los ojos achicados por el deseo.
Yo que fui lo que tú digas, pero que hasta te regalo aquellas risas
El otro tipo levantó también su vaso y lo vació de un trago, después se acomodó en la rústica banqueta.
—Siento decepcionarte; al final acabé por hacerlo. En realidad fue más simple de lo que pensé —Alberto le sostuvo la mirada; Omara, con verbo apasionado, se atrevió a secundarlo:
Dos, que alguna vez quisimos compartir el breve instante que es la vida
Entrechocar de copas, conversaciones por lo bajo, el ir y venir de los camareros y aquel intenso perfume; Raúl se aflojó el cuello de la camisa.
tres, que hoy yo vivo en las ruinas de un silencio que va dejándome sin voz
—Lo peor es que detesto comer solo…
Siempre sospechó que el negro estaba loco.
—¿Esto es un mal chiste?
—¿Tengo cara de estar bromeando?
Raúl volvió a mirar a los lados, se frotó los ojos.
—¿Perdiste la cabeza?
—En absoluto, y creo recordar que aquella tarde incluso te pareció simpático. Absurdo, extraordinario; pero muy divertido.
—¡Porque imaginé justamente que era una tontería, uno más de tus embustes!  —ahora los dos tipos lo miraban de lleno. Al y Max, se le ocurrió de pronto; perfectos nombres para un par de asesinos—. ¿Cómo iba a suponer…?
—Laura me engañaba —Alberto lo interrumpió sin inmutarse; Omara aprovechó para rematar la primera parte de su intervención:
¿En qué momento de mi largo caminar perdimos eso?
—No es posible… —Raúl bebió el resto del whisky y se quedó con el vaso entre las manos.
—¿Otro?
Al y Max continuaban en su sitio, Alberto fue hasta la barra y se paró entre los dos. Los bordes de los abrigos le rozaban el pantalón, la rodilla de Al, incluso, tocaba su pierna derecha. No se dio por enterado; de vuelta a la mesa no dejaba de sonreír.
—Aquí tienes, Chivas Regal. Se les terminó el Johnnie Walker.
Verdad que soy difícil, pero he sido para ti lo único profundo, también verdad que procuraba estar conmigo cuando estaba más confuso
El madrileño proyectaba ahora esa voz suya, tan suave, que bien manejada obraba milagros.
tú tratando de existir, que me perdone el Universo, y yo guardándome en secreto que ya no quiero escuchar otro bolero más
A Raúl comenzó a faltarle el aire.
tú empeñada en que querías ser feliz
No puedo soportarlo, le había dicho ella una semana antes. Y él siempre cuidadoso, Hay que esperar, cariño, en cuanto acepten el libro habrá dinero suficiente…
—Apenas se resistió. Primero me echó en cara que había encontrado el verdadero amor, una persona maravillosa que sabría hacerla feliz. Así dijo: Una persona maravillosa.
una vida entera, pero a tu manera, dime amor, en qué momento de tu largo caminar perdimos eso
Alejandro y Omara mezclaban al fin sus voces; Al y Max lo miraban de reojo, hablaban en susurros, la botella de Ballantine’s prácticamente en cero. El barman no les hacía el menor caso.  
yo te buscaba en los azules y me enfrentaba a tempestades, y ahora no sé si tú exististe o eres solo un sueño que yo tuve
De pronto los vio levantarse, dejar unos billetes y salir presurosos tras un tipo inmenso con pinta de boxeador retirado. El barman no tocó el dinero, Raúl juraría haberlo visto pasar el paño cual si nada hubiera encima de la barra.
pero es que hay gente que no consigues olvidar jamás, no importa el tiempo que eso dure
Vio venir al mozo, se inventó una excusa y escapó por una de las puertas laterales.
    
La cama destendida, gavetas entreabiertas, perfume de mujer flotando en el aire. Ella saliendo del cuarto en silencio, suponiéndole dormido después de hacer el amor hasta el cansancio; su gesto habitual de acomodarse el cabello tras la oreja; el minúsculo hoyuelo en la barbilla, recuerdo de un antiguo accidente, que él se obstinaba en acariciar con la lengua…
¡Hijo de puta! ¡Cabrón de mierda!
Revisó la habitación; no halló rastro de las pertenencias de Laura. Nada en las gavetas, nada en los closets, como si nunca mujer alguna hubiera pisado aquella casa. El perfume persistía, sin embargo; esa rara mezcla de flores tiernas, aquel toque de sal inconfundible.
Miró la cama, las sábanas revueltas;  Al y Max sonrieron, subieron las manos al cinto y dejaron ver sus pistolas. Los tres volvieron a la sala al escuchar que se abría la puerta.
—Aprenda, caballerito, que nunca se abandona a un amigo de ese modo           —Alberto caminó hasta el minibar y destapó una botella de Añejo Reserva—; y menos, sin haber tenido siquiera el acierto de ordenar un menú decente. Es triste comprobar que no aprendes nada a pesar de mis esfuerzos. Lo invito a uno de los sitios más caros de la ciudad, ¿y qué pide el muchacho? Comida ordinaria. Salvo el vino, eso te lo concedo; aunque se lo copiaras a nuestro querido Ernest. En fin. Para variar, resulta que no siempre preferimos lo mismo.   
Raúl embistió sin detenerse a pensarlo. De un certero empujón terminó en la silla más cercana.
—Las mujeres son imprevisibles —Alberto meneó la cabeza—; pero Laura… Laura es lo contrario la mayor parte del tiempo. Llevar el mismo perfume para encontrarte con tus amantes revela,  a mi juicio, una falta total de imaginación.
El negro terminó el trago.
—Mientras solo fueron tipos como tú pude soportarlo. Nunca me hice falsas ilusiones. Ya estoy viejo… Un hombre viejo, ciertamente, es un hombre distinto.   
Alberto fue hasta el estudio; retornó con un sobre entreabierto.
—Tusquets está interesada en tu novela. Aquí tienes el contrato. En cuanto firmes podrás quedarte el adelanto. Tres mil euros. Otros tres mil cuando el libro se publique. Me aseguraron será en pocos meses.
Le alcanzó los papeles.
—¿Dónde está?
—¿En serio creíste que podría hacerle daño?
—Da igual. ¿Dónde está? Quiero decirle que al fin…
Alberto largó una carcajada, sonora, sin falsas estridencias.
—¿Seis mil euros son suficientes para los gastos en que habrá de incurrir el caballero? ¿Seis mil euros gracias a la intervención de un viejo amigo a quien, encima, le tiemplas la mujer?
—Laura no te ha querido nunca.
—En eso llevas razón.
—¿Por qué me miras de ese modo?¿Acaso piensas que no soy lo bastante bueno para ella? ¿No puedo compararme contigo?
El negro le dio la espalda; Al y Max acudieron entonces y entre los tres consiguieron derribarlo.
—No importa lo que haga nunca estaré a la altura, ¿cierto? Aunque ella me prefiera, aunque haya decidido abandonarte…
Una pateadura como pocas, de esas que no llegan a olvidar ninguno de los implicados; sus compinches, obsequiosos, le cedieron el mayor número de intentos.
—Siempre lo mismo. Tú el infalible, el respetado, el gran escritor… ¿Dónde está? ¡Contesta!
Alberto se enderezó despacio.
—¿A estas horas? Bien lejos de aquí, supongo, en compañía de su amiguita… la persona maravillosa que sabrá hacerla feliz… ¿Sabes qué me pidió antes de irse? Que lo hiciéramos duro, justo como le gusta. ¿Viste la cama? Así de rico nos revolcamos. Chillaba de lo lindo la muy puta...  
Después él nunca alcanzaría a recordar cómo llegó hasta el estudio cómo vació las gavetas cómo destrozó papeles y dejó caer los libros la lámpara de mesa el pequeño retrato que no quiso mirar. Cómo gritaba y reía y lloraba para gritar y volver a reír y volver a llorar como si llorar otra vez fuera algo posible cuando no se ha parado de llorar un instante. Cómo lo escuchó en su intento por levantarse antes de sopesarla y sentirla pequeña tan oscura y caliente ajustarse a la mano temblorosa y tan fría. Cómo Al y Max observaron la escena y lo vieron correr del estudio hacia el cuarto del cuarto hacia la sala y apuntar cerrar los ojos bajar la mano abrir los ojos y apuntar cerrar los ojos apretar el puño y nunca el gatillo. Cómo apartó la pistola cómo preparó los tragos cómo el otro consiguió por fin sentarse frente a él. Cómo bebieron en silencio cómo sin mirarse aspiraron sordamente cómo aquel intenso cómo aquel extraño perfume comenzaba a impregnar cada minúsculo espacio.