Rabiosos y cobardes

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De vez en cuando los cañonazos hacían temblar la pequeña habitación, y la mano de Wilhemdudaba, con la pistola apuntando al entrecejo de Victor. Los dos soldados alemanes no se perdían de vista, desde los extremos del cuarto, sin decirse una palabra, y el silencio ocultaba elmiedo que se desprendía de los ojos del primero y la indiferencia latente del segundo.

―Cuando esto termine te entregaré al primer oficial que aparezca —dijo Wilhem con la voz trémula y apretó la empuñadura del arma— él sabrá qué hacer contigo.
Victor dejó de mirarlo y se recostó a su pared para mirar por una de las ventanas. A través de los cristales sucios, el cielo parecía vísperas de tormenta, pero en la parte rota, carente de vidrio, las nubes eran blancas y sanas, sin augurio de lluvia.
―¿Tú eras artillero, no es así? ―se decidió a pronunciar Victor. —Lo recuerdo, el capitán lo dijo al principio de la semana, cuando llegaste al pelotón. Te trasladaron desde Smolensk por algo.
Wilhem no quiso responder y apretó un poco más las manos.
—He vivido dos años con la infantería —dijo Victor sin dejar de mirar al cielo—. El primer día me recibieron con un Kar 98, un buen fusil, y me dijeron que cuando tuviera miedo en el combate le pidiera permiso para morirme. Me reí de aquella estupidez y me tocó una bofetada y doscientas cuclillas —cerró los ojos, sonriendo—. Un fusil sin usar.
—Una vez —Wilhem sintió la necesidad de decirlo— tuve que saludar a un obús durante cuatro horas.
—¿Qué fue lo que hiciste?
—Tuve una pelea con mi teniente.
—Un tipo problemático, supongo ―dijo Víctor.
—Un hijo de puta.
El olor a pólvora rondaba la habitación y, salvo unos trozos de cerámica rotos en el suelo, no había nada más. Los cañonazos afuera cesaron, Wilhem se levantó para asomar la cabeza por una ventana próxima sin dejarle de apuntar a su rehén. Tenía la cara gris por el polvo y sus ojos contrastantes, de un azul intenso y joven, buscaban indicios de aliados en los alrededores.
―¿Por qué lo hiciste? ―volvió adentro―. ¿Por qué le lanzaste una granada a tu propia gente?
Victor dejó de observar el cielo para sumergir su cabeza entre las rodillas. Aún desde aquella pose de tortuga podía distinguirse una fuerte complexión, y esto era algo que asustaba a Wilhem porque no se creía capaz de controlarlo si intentaba arrebatarle la pistola.
―Te voy a contar una historia ―Victor volvió a erguir la cabeza y en su cara se veían dos surcos estrechos, dos caminos limpios de hollín desde cada ojo―, porque es lo mejor que se puede hacer en este momento. Luego me voy de aquí. De cualquier manera.
Wilhem sintió un escalofrío, pero no podía dejarlo ir. No después de lo que hizo.
―Cuéntame ―dijo, con la esperanza de que la demora de su historia fuera tiempo suficiente para que aparecieran otros soldados.
Y Victor empezó:
―Hace seis meses también estuve en Smolensk. Era una misión especial y el avión en que me enviaron iba sin escolta a través de los campos rusos. También iban otros conmigo que de vez en cuando soltaban alguna broma sobre el traqueteo del viaje. Todo andaba bien hasta que oímos una explosión y empezamos a inclinarnos. Recuerdo que el oficial al mando fue hasta la cabina, entabló una corta discusión con el piloto y regresó. Nos habían dado en la cola e íbamos en picada. Nos dijo que estábamos muy alto, que el piloto intentaría hacer un aterrizaje forzoso pero que necesitaba descender. Entonces el avión comenzó a girar, cada vez más rápido, empezamos a caminar por las paredes del avión, por el techo, el oficial empezó a gritarle al piloto, el piloto no le contestaba, por la ventana se veía un bosque, alguien vomitó y todo le cayó encima al oficial, uno abrió la puerta y entró un fuerte viento que nos hizo caer, el que abrió la puerta se lanzó fuera, el oficial le gritó también y sacó su pistola, yo me agarré a algo para no dar más vueltas, y de pronto se acabó. Después soñé cosas muy raras, con muertos y miedos. Y con gente muerta de miedo. Desperté y nada más pensarlo me da dolor en las costillas. Un viejo ruso que vivía en el bosque me rescató del accidente y me curó las heridas. El hombre se llamaba Piotr y hablaba algo de alemán, rústico, pero suficiente para contarme que del avión solo quedaron trozos incendiados en una campiña, al igual que de los hombres que iban conmigo. En aquel momento no supe qué hacer, me sentí mal y aturdido pero el viejo me tranquilizó y me dijo que me recuperaría con el tiempo y después llegar a Alemania sería lo de menos. Piotr era un buen hombre, con un profundo respeto por la vida humana, y en esta guerra no estaba de ningún bando. El mejor comunista que he conocido. Para él era tan simple como dejar el tiempo fluir junto a su hija Masha. Pero a Masha no te la puedo describir. La forma en la que amé a esa mujer, cada uno de sus detalles… no lo entenderías… se volvió un todo… mi todo… ―Victor volvió a mirar al cielo―. Me recuperé de las heridas y decidí que la guerra no era lo mío. Me alisté por una tontería, porque buscaba algo, más vida quizás, pero Masha llenó ese espacio. Piotr me acogió en la casa como a un hijo, y aquella mañana me puso una mano en el hombro y me pidió que hiciera feliz a su hija. Y yo fui al bosque, a cortar un poco de leña. Volvía con los brazos cargados y en la distancia vi a Masha, que me saludaba con una sonrisa bella. Entonces oí un disparo de obús, sí, como los que oíamos hace poco, y la figura de Masha quedó en nada, ni tan siquiera en un grito…
Victor calló para mirar al cielo. Wilhem ya estaba callado pero su silencio era diferente. En su cabeza dejó de estar allí, en la habitación, y en un salto temporal regresó a vivir una imagen que creyó olvidada.
―¡¿Qué pasa?! ¡¿Acaso no me escuchaste?!
―Disculpe teniente, pero no creo que esto sea necesario.
Me mira molesto, como si lo hubiera insultado con lo que le he dicho, como que es una estupidez lo que quiere hacer. Lo es.
―¡Firme, soldado!
Me cuadro y el maldito se acerca a mí. Muchos darían cualquier cosa por darle un puñetazo en su cara flacucha, pero esos grados son más fuertes. Detesto que me hable tan de cerca y tener que soportarle el aliento.
―¿Se está insubordinando soldado?
―No señor, pero no creo conveniente una acción como esa. Revelaría nuestra posición y no ganaríamos ningún beneficio.
Me sonríe. Eso me asusta un poco.
―¡¿Un tipo listo?! ¿Sabe qué hacemos en Smolensk?
―No, señor.
―¡Claro que no! ¡Porque eres un soldado y ya! ¡Porque no tienes que hacer preguntas o cuestionar nada! ¡Lo tuyo es cumplir con lo que se te ordene! ¡Si yo digo salta, tú me preguntas cuán alto! ¡No hay más discusión!
―Pero, señor…
―¡O me vuelas esa casa en el primer disparo que hagas o te mando a fusilar por traición!
Trago en seco. Saludo al hijo de puta y doy media vuelta. Voy hasta el obús. Los demás me miran algo asustados. Yo también lo estoy. No quiero hacer esto pero les digo a los muchachos que carguen el proyectil. Ajusto la deriva y bajo la elevación hasta que tengo la casa justo en la mira. Es un tiro directo, un kilómetro o un poco más. Con suerte la casa estará vacía. Tomo los prismáticos y miro. Veo a una mujer.
―Señor, hay civiles en esa casa.
―¡¿De nuevo soldado?!
―¡Pero, señor…!
―¡Sal del ahí!
― Escúcheme…
―¡Sal de ahí o te mato!
Me apunta con su pistola. Estoy tan frío como la punta del cañón que me presiona en la frente. Doy un paso atrás. Ahora es él quien observa por la mirilla.
―¡Fuego!
El fogonazo ensordece al pelotón y el teniente me quita los prismáticos para mirar. Le veo asomar los dientes amarillentos. Luego va hasta mí y me da una bofetada.
―Antes de que acabe el mes ―me susurra― aprenderás a ser un soldado. Con la infantería…
Todo se va. Se va arremolinado. Se va. Se fue, y Wilhem escapó del recuerdo cuando Victor se incorporó.
―No hay más historia para contar ―dijo Victor―, he decidido terminar con esto yo solo. Me voy.
Se oyeron unos gritos afuera, como órdenes.
―Allá fuera están los nuestros ―dijo Wilhem.
―Los tuyos. Para mí solo son cosas para matar.
Y Victor salió por la puerta. Wilhem se asomó a la ventana. Venía una pequeña patrulla de exploración, con cuatro o cinco hombres. Victor iba de frente, con piedras en las manos, como municiones. El líder de la tropa le sonrió. Había cincuenta o sesenta metros entre ellos. Para cuando Wilhem volvió la vista, Victor ya había echado a correr. Le lanzaba piedras al oficial que las evadía, una le dio en el casco. ¡Alto!, le gritaron, ¡alto!, le apuntaron. Wilhem imaginó los ojos de Victor nublados, como los cristales sucios en las ventanas. Entonces sonó el disparó y Victor se desparramó en el suelo, de frente, con la espalda llena de sangre. El azul intenso de la mirada de Wilhem ahora estaba sucio de lágrimas y del humo de su pistola, pero en los ojos de Victor se reflejaba el cielo con nubes blancas y sanas, sin augurio de lluvia.