Sangre

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La última vez que viste a Arturo fue justo antes de que lo entraran al salón de operaciones y ya tenía ese color amarillento que anuncia, con bombos y platillos, la gravedad de los problemas renales. Te habían avisado de la operación una semana antes. Se requerían tres litros de sangre, que es el equivalente a medio cubo o algo así. En el banco de sangre del hospital no llegaban a esa cantidad. Las últimas operaciones las habían realizado con hemoderivados, pero en el trasplante de riñón de Arturo no funcionaría. Precisaban donantes.
Dentro del laboratorio el olor de la anestesia te hace arrugar los labios, los ojos y un poco los huevos. “Siéntese ahí”, indica una de las enfermeras. Es una silla pequeña y tienes que doblar mucho las piernas. “Estire el brazo”, dice y notas en su tono algo de militar, quizás hubiera servido en el Ejército y trabajado directamente con soldados heridos. El caso es que obedeces y le permites que te apriete una liga alrededor del bíceps. Es una de esas ligas amarillas que deben haber usado cientos de veces, miles. Ahora sí comienzas a sentir algo de asco, así que cambias la vista y observas a la otra enfermera, que acomoda decenas de tubos de ensayo en una bandeja de metal. Es joven y el uniforme se le ajusta en las nalgas y en los muslos y en cada parte donde se puede ajustar un uniforme de enfermera. “No mueva el brazo”, escuchas decir a tu derecha y puedes sentir la aguja traspasar la piel hasta llegar a la vena. El fluir de la sangre hacia la jeringa. Es una sensación inquietante a pesar de no sentir dolor. Algo antinatural.
Tratas de pensar en algo más agradable y vuelves a enfocarte en la enfermera que acomoda los tubos de ensayo. Debe tener unos veinte años. De un tiempo acá todas las enfermeras jóvenes te parecen actrices porno en ciernes. “Abra y cierre la mano”. Obedeces mecánicamente mientras paseas la vista por el laboratorio. De las paredes muy blancas cuelgan enmarcados en sus cuadros algunos diplomas de reconocimiento. Eso siempre es tranquilizador para un donante de sangre. Circulan tantas historias de contagios ocurridos en los laboratorios por agujas sin esterilizar y cosas así…
 “Abra y cierre la mano”, había vuelto a decir la enfermera y piensas: ¿Cuántas veces lo repetirá en un día? ¿En un mes? Un trabajo aburrido, sin duda.
―¿Sabes, Maggie? ―añade luego y es la primera vez que dice algo sin el tono militar―, ayer llegaron dos nuevos casos a preoperatorio. Uno era un señor mayor y tenía muy mala pinta.
Maggie deja de mirar por un momento la bandeja donde acomoda los tubos de ensayo y se voltea despacio.
―¿Los incluyeron en la lista?
Maggie tiene los ojos verdes que parecen superpuestos. Al mirarle a la cara puedes darte cuenta enseguida que hay algo que sobra y ese algo es el color de sus ojos.
―Fue lo primero que hicieron. Por el momento no se puede hacer otra cosa. Hay que esperar.
―Y mientras esperamos, la lista sigue creciendo.
―La mayoría de los casos no son urgentes. La que más preocupa es la embarazada que trae jimaguas. Tiene fecha de parto para hoy y como están las cosas, va a ser un dolor de cabeza.
 ―Tienes razón. Con esta escasez una embarazada que trae jimaguas siempre es un problema.
Maggie mueve la cabeza pensativa y parece a punto de añadir algo más, pero de pronto cambia completamente la expresión y por primera vez te mira o al menos crees que te mira con cierta sensualidad contenida.
―Tienes la liga un poco floja ―dice sin dejar de mirarte.
Cuando se acerca puedes sentir el roce de sus dedos ajustando la liga en el bíceps. Al momento el fluir adquiere una cadencia constante, perfecta. Maggie permanece a tu lado observando la bolsa de sangre.
―¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? ―Preguntas y finges no mirarla.
―Un par de meses.
―Ah, por eso la devoción ―y haces mucho énfasis en la palabra devoción, una palabra elegante.
Maggie sonríe y la sonrisa le acentúa el color de los ojos. De haberla conocido un poco más, le habrías aconsejado ponerse lentes oscuros.
―No entiendo ―dice y se aproxima.
―Llevas casi 10 minutos acomodando los tubos de ensayo. Es un trabajo aburrido, pero lo haces muy concentrada ―le explicas―. Eso siempre pasa cuando estás empezando. Después, te aburres.
―Pues ojalá no me aburra demasiado pronto.
Estás a punto de decirle que sí, que irremediablemente se aburrirá más pronto de lo que imagina, pero desistes. Ella se ha vuelto de nuevo hacia la bandeja de tubos de ensayo. Probablemente pasa muchas horas al día en esa posición, algo inclinada. Una inclinación adorable. No te incomodaría pasar esas horas junto a ella. De hecho podrías pasar muchas horas junto a ella solo viéndole las nalgas, o al menos hubieras pasado unos buenos veinte minutos, mientras durara la donación, de no ser por el ajetreo y los gritos que se escuchan fuera del laboratorio. Unos enfermeros pasan frente a la puerta en dirección a la entrada del hospital para regresar un minuto después empujando una camilla, luego otra. No alcanzas a ver a los enfermos. Maggie va tras ellos. “No deje de abrir y cerrar la mano”, dice la enfermera mayor.
―¿Pasa algo?
―Debe ser un accidente. Pero con tanta escasez de sangre hay que valorar con cuidado qué paciente se prioriza y a quién se pone en la lista. No se preocupe, ya casi terminamos acá, faltan un par de minutos.
Un par de minutos es tiempo suficiente para muchas cosas, piensas, pero no lo dices. Para morir, por ejemplo, solo se necesita uno.
Maggie regresa con una bata, un gorro y unos guantes verdes. Mientras recoge los instrumentos de una bolsa alcanzas a verla un poco más. Es una mujer atractiva incluso con la indumentaria de salón.
―¿Algo grave? ―Pregunta la enfermera mayor.
―Acaban de llegar dos heridos con varias fracturas. Vamos a operar de inmediato.
Maggie termina de recoger los instrumentos y te mira.
―Siento tener que pedirle esto ―dice―, pero necesitamos un poco más de su sangre para esta operación. Es B+, ¿no?
Te limitas a afirmar.
Las dos enfermeras te observan como si necesitaran algo más para proceder.
―Pero acabo de donar un litro de sangre ―le dices―. ¿No sería peligroso?
―La sangre es uno de los fluidos que con más facilidad se regenera. En unas cuantas horas tu organismo habrá producido una cantidad suficiente para sustituir la donada.
―Entonces está bien ―dices y miras a Maggie directamente a los ojos que ahora parecen formar parte del uniforme.
―Gracias ―dice ella y sale corriendo con los instrumentos.
La otra enfermera ajusta el suero en la boquilla de una nueva bolsa de sangre que esta vez demoras casi una hora en llenar, y eso que abres y cierras la mano muchas veces, jurarías que más de cien. Maggie regresa del salón justo en el momento en que la enfermera mayor te extrae la aguja que gotea un poco y luego te coloca un algodón en el brazo. Debes mantenerlo bien doblado para sujetar el algodón sobre la vena. Sientes que si lo bajas demasiado pronto la sangre continuaría fluyendo.
Maggie se sienta ahora junto a ti y arregla un poco la liga sobre el bíceps.
―Traigo una mala noticia ―dice con el tono inflexible y sobrio que se usa en estos casos―. La operación de Arturo se ha complicado un poco. Su organismo rechazó el nuevo riñón y necesitamos probar con otro. Vamos a requerir un poco más de tu sangre.
―Oye, linda, ¿pero cuánta sangre me queda para donar?
―La suficiente.
―No lo sé. Me siento muy mareado y tengo ganas de vomitar.
―Son los síntomas normales de la pérdida de sangre. Tu organismo trata de readaptarse a la situación y deja de atender las funciones menos vitales. Es lo normal.
―¡Cojones, pero podría morirme! ―le gritas y acto seguido le dices muy bajito, casi disculpándote por tu repentina exaltación–: He oído cada historia en estos laboratorios.
―Todo irá bien ―dice Maggie―. Lo tengo bajo control ―y entonces vuelve a mirarte o crees que vuelve a mirarte con cierta sensualidad contenida, mientras te sujeta el brazo izquierdo para insertar una nueva aguja en tu vena.
Imaginas que la visión algo borrosa también es un síntoma normal de la pérdida de sangre porque ya sus ojos no parecen tan verdes cuando se acerca para acariciarte las muñecas que es uno de tus puntos sensibles y en cualquier otro momento hubieras tenido una erección pero para tener una erección se necesita sangre y en tu estado eso es algo así como un círculo vicioso y tú apenas escuchas lo que Maggie te dice porque seguramente también has perdido un poco la audición y Maggie tiene que acercarse mucho casi te habla al oído cuando susurra que a la embarazada con fecha de parto para hoy le han comenzado las contracciones y como trae jimaguas probablemente requiera cesárea y con la escasez de sangre que hay en el hospital van a necesitar de tu cooperación para ayudar a salvar la vida a otras tres personas gracias a un fluido tan genuino como la sangre pues a veces es inevitable sacrificarnos por los demás aun a riesgo de nuestra propia vida y aunque estas casi seguro que dices que no debes haber dicho que sí porque ya tus habilidades no son confiables y porque además Maggie sonríe y te ajusta también una liga amarilla en el otro brazo y hasta te da un beso en la frente mientras introduce el suero en la boquilla de otra bolsa de sangre.
―No te vayas ―le suplicas.
Ella asiente y te acaricia el pelo. Una caricia neutral, como de gato. Cada cierto tiempo revisa el goteo. La cadencia en el suero izquierdo es constante y rítmica, todo lo contrario del brazo derecho, del que la sangre fluye a intervalos, una sangre demasiado clara y ligera que cae en la bolsa con un sonido acuoso y vulgar al mismo tiempo.
―Abra y cierre la mano ―dice la enfermera mayor.
―No puedes dejar de abrir y cerrar la mano ―repite Maggie y entonces ya no dejas de abrir y cerrar la mano rítmicamente para acelerar el proceso, que a pesar del empeño demora casi dos horas.
Al terminar, dos enfermeros retiran las bolsas repletas de sangre y van hacia el salón de operaciones. No alcanzas a distinguir si muy rápido o muy lento. De pronto todos los movimientos parecen tener el mismo ritmo o quizás todos se mueven con el mismo ritmo menos tú. Mientras te levantan de la silla, Maggie te pide que continúes calmado y sus ojos ahora vuelven a estar demasiado verdes y sostiene tu brazo todo el tiempo mientras te acomodan en la camilla para trasladarte hasta la sala de espera clínica. Antes de irse, Maggie te da otro de sus besos y vuelve a sonreír y no deja de agradecerte mientras coloca en tu muñeca la manilla de identificación, el caso número 123: Transfusión urgente, de una lista en la que solo deberás esperar, con paciencia y sin preocuparte por nada, a que aparezca el próximo donante.