Sombras

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Pasa el mediodía. A la sombra de unas yagrumas que han visto el mismo paisaje por años, un calor húmedo y pegajoso te adorna la cara con estrías de sudor que fluyen, agrias y transparentes, hasta gotear sobre el suelo húmedo. Las nubes se congregan lentamente en el cielo, y por alguna razón esperas que no llueva hasta que acabes de cavar: cada paletada de tierra se vuelve más pesada, cada gesto de levantar y soltar la pala es un suplicio. Empiezas a apestar. Pilo aguarda imperturbable, sin hablar más que lo necesario, sin apenas parpadear, sin mover el cuerpo más que para espantar una mosca o sacudirse una bolita de tierra fresca que le ha caído encima por error de tus brazos. Está sentado en la tierra. Lleva el pelo peinado en una milimétrica raya al medio y te mira con gesto condenatorio, como un padre a un hijo que acabara de romper un jarrón de porcelana. A intervalos, ves el lunar perfectamente redondo que tiene en la comisura del labio. Lunar de puta, decía la gente cuando eran niños: entonces había que sacar cojones y reventarle la boca a piñazos al gracioso que lo hubiera dicho. Sabes que es él porque es el único real de todos los que vienen a verte o te hablan. Eso de hija de puta tiene la esquizofrenia: te llena la cabeza de sombras parásitas, convierte en burla toda certeza, en alucinación todo atisbo de seguridad.
Pilo ha sido tu mejor amigo desde que tienes uso de memoria, y es, de ustedes dos, el que más suerte ha tenido en la vida. Fue el único que no te dejó solo cuando la enfermedad te arrebató los límites entre la realidad y la ficción. Es el único que viene a verte todavía y con paciencia de hermano mayor te obliga a bañarte y tomar pastillas, y te escucha hablar de literatura francesa. Es el único, eso lo sabes, que podría aceptar con tal naturalidad el cadáver que ahora espera sobre la tierra, junto a la tosca fosa, al momento de volver al polvo bíblico de la Creación: la víctima de tus delirios, del leivmotiv de tu locura.
Él estuvo ahí cuando cometiste el crimen, presenció impotente tu arranque de ira, y después solo se limitó a hablarte, parco en su ira mal contenida: ese muerto es tuyo, yo estoy cansado de diez años limpiando tu mierda, si vas a hacer algo con él apúrate y hazlo ahora que tengo el carro parqueado ahí afuera… Tú limpiaste la sangre y envolviste el cuerpo en una cortina, más por pudor que por remordimiento, al pensar en la tierra que cae en los ojos abiertos de un difunto. Arrastraste el cuerpo hasta el maletero, condujiste al azar por todos los caminos vecinales que pudieron ocurrírsete… y ahora estás aquí, una paletada detrás de otra, mientras el hueco crece en la tierra y los miembros del muerto se vuelven más rígidos. Pilo, carajo, quieres decirle, qué más quisiera yo que evitarte este trago amargo. Pilo, mi hermano, perdóname por esto, y que me perdonen tu mujer y tus hijos por meterte en esto: no fui yo, fue la cabrona enfermedad.
Pilo no quiere saber de nada de eso. Sigue mirándote, airado y silencioso. Por momentos el lunar junto a su boca desaparece entre los labios plegados de furia, y una vena latiente parece estallar en su entrecejo. El sudor es tan abundante que cada parpadeo te hiere los ojos con una puñalada ácida e insidiosa. Pilo no suda. Algo de envidia le tienes ahora mismo: sin un muerto sobre su conciencia, sin ninguna fosa que cavar en la espesura agreste del monte. Él lo sabe, y por eso te mira con severidad, con la certidumbre de pisar un terreno moral más firme que el tuyo. Poco le importa si fuiste responsable o no. Te lo dejó claro: el muerto es tuyo.
El hueco te llega al pecho. Los bordes se desmoronan: dentro huele a humedad, a sudor culpable y a sangre. Logras salir a fuerza de voluntad y de asideros inestables; tus pies descalzos se hunden en una alfombra de hojas muertas cuando pisas otra vez suelo firme. Pilo se ha puesto de pie y señala al cadáver envuelto en la cortina como a la evidencia definitiva de tu culpabilidad. La cólera parece desbordarlo. Cara me sale la lealtad, parecen decir sus ojos: acaba de tirar eso en el hueco y tápalo, vámonos, que la tierra se lo trague. Una patada firme basta para que el cuerpo caiga en una postura indigna dentro de las profundidades de la fosa recién cavada: casi sentado, con la cara hacia arriba, las facciones descubiertas por la cortina corrida, el pelo apelmazado por la sangre pringosa allí donde cayó el golpe fatal. Los ojos muertos, ya nublados, parecen clavarse ahora en ti, en tu rostro harto de esfuerzo y emociones.
—¡Pilo!
Gritas por primera vez, y una paloma silvestre rompe a volar, espantada ante la potencia del alarido. Pilo te ha dejado solo. Tal vez ha desaparecido en la espesura del monte, o ha regresado junto al camino, a darte un momento de expiación a solas con tu crimen. No sabes rezar, ni crees en Dios: ningún Dios permitiría que la enfermedad te atormentara tan atrozmente, ni te condujera a matar. Una nube cubre el sol, pero los rasgos del difunto siguen siendo visibles: burlones en la eternidad de una mueca inconclusa. Aún puedes decir dónde estuvo la milimétrica raya al medio, y ver el lunar perfectamente redondo en la comisura del labio. Eso de hija de puta tiene la esquizofrenia: te llena la cabeza de sombras parásitas, y las mezcla tan hábilmente con la realidad que a veces no puedes decir cuál es cuál.
La primera paletada de tierra cae en sus ojos abiertos y entonces, más que nunca, te invade la soledad de saber que ese muerto es tuyo.