Títere fue

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De Tín Marín, de Do Pingüé, Cúcara Mácara títere fue.
Yo no fuí, fue Teté, pégale, pégale que ella merita fue.
Leyenda mexicana.

 

Soberbio, pálido llega mi hijo, y yo, al verlo, repito: tín marín de dos pingüé. Pero esta vez, a diferencia de las anteriores, pronuncio la frase hasta el final. Llevo esperándolo más de tres horas en el mismo lugar, bajo el resistero del sol que me castiga como si estuviera en el Sahara. O en un desfile. O sembrando pepinos en el campo, al lado de la escuela. O recogiendo frutabombas o desyerbando tomates en esa área que nunca tuvo más nombre que El Huerto, en uno de cuyos surcos encontramos a Danilo una mañana de junio. O una tarde de mayo, da igual. Teníamos dieciséis años, y ya Danilo no estaría más en los matutinos ni en las noches de los miércoles que llamaban “de recreación”.
De tan felices que éramos, más que dolor sentimos desconcierto cuando lo vimos. Precioso estaba Danilo con el uniforme azul sin que le faltara ningún atributo: el cinto de hebilla ancha, la corbata oscura, el abrigo de botones plateados para ocasiones especiales, y el mejor monograma de todos. El de metal, el de lujo, el que no se usaba en la manga izquierda como el común de tela, sino a la altura del pecho, aunque pesara tanto que apenas pudieran distinguirse sus letras, el símbolo del átomo y el librito abierto en la parte inferior. Eso no importaba: que algo brillara en nuestros uniformes era suficiente para diferenciarnos de los otros becados. Cómo a Danilo se le ocurrió ponerse el abrigo de gala siendo mayo o junio es algo que nunca llegamos a entender. Su rostro mostraba una paz tan extraña, que cuando dijeron días más tarde que habían hallado bajo el colchón de su litera una nota como las que dejan los suicidas para que nadie sienta culpa, apenas pudimos creer al Director de la Escuela.
Había un luto tremendo en el patio mientras los profesores caminaban entre las filas de los cuatro mil muchachos que éramos, a partir de entonces tres mil novecientos noventa y nueve. Perdóname papá, decía la carta que había dejado Danilo, no soy digno de ti ni de la patria. Suspendí geografía y corté una frutabomba en El Huerto para mi provecho personal, ya que en lugar de colocarla en la caja de acopio, me la comí. Por eso el rendimiento de la escuela bajó ese día, y el país dejó de cosechar lo que necesita para salir del subdesarrollo en que nos dejó el capitalismo. Me declaro responsable de estas dos faltas graves, y te libero de cualquier amonestación que pretendan hacerte. Dejo el reloj que me regalaste a mi novia, y para que no tengas que pasar por la vergüenza de que te llamen a la Dirección y te expliquen que merezco ser expulsado, lo abandono todo.
El Director leyó el papel con la misma voz y la misma entonación de cuando anunciaba que debíamos ir al aeropuerto a recibir al Presidente Z que arribaría al país el día X. A continuación, pronunció algunas otras palabras que el ruido de las turbinas de agua nos impidió escuchar porque era hora de llenar las piscinas, y a otra cosa, mariposa. Cuando llegó el sábado de esa semana y cada uno fue a su casa y contó la muerte de Danilo a nuestras madres, ellas no supieron muy bien cómo reaccionar. Solo dijeron qué triste todo, y ven a comer, debes tener hambre.

Yo era amiga de la novia de Danilo. La misma que se fue de la escuela antes de terminar el curso porque sus padres decidieron abandonar el país, cosa rarísima en aquel tiempo, cuando éramos tan felices que el descubrimiento de un niño muerto en la tierra provocaba más extrañeza que pesar. No me hubiera acordado de Danilo ni de su novia de no ser porque estoy sentada en uno de los bancos que rodean la misma oficina donde aquella muchacha y sus padres deben haber esperado respuesta, como hago ahora mismo, con la diferencia de que ellos lo hicieron ilusionados y yo no acabo de decidir qué quiero que me diga mi hijo cuando salga de los muros con rejas negras que custodian el consulado. Por eso a cada rato repito tín marín de dos pingüé: que sí, que no, él quiere que sí, yo quiero que no, como quien deshoja una margarita sin llegar al final de los pétalos.

Tú no eras de la misma escuela, de modo que te resulta indiferente la historia de Danilo, de su novia, y de El Huerto. Tampoco naciste en la misma ciudad que yo, por lo cual tus memorias juveniles son otras. Ni siquiera compartes los recuerdos del hijo que en algún momento tan cercano como ahora mismo se acercará al banco donde llevo más de tres horas esperándolo y, soberbio y pálido, me dará alguna respuesta. Vuelvo a decir tín marín de dos pingüé: que sí, que no, él quiere que sí pero yo quiero que no.
Más bien eras lo que llaman un palestino, un muerto de hambre de Oriente que vino a La Habana a comérsela, un tipo con el coraje suficiente para decirle a una muchacha que paseaba por La Rampa oye niña párate ahí. Y esa muchacha, por razones que nunca se sabrán, se detuvo, te escuchó, y acabó por aceptar tus encantos de guajiro equivocado que extrañamente sabe francés, inglés, y algunas palabras del ruso tan de moda en aquella época. Debí haberlo pensado dos veces antes de detener mi paseo, al menos debí dudar y dejarme llevar por el final de la oración tín marín de dos pingüé, cúcaramácara.
Por qué me paré, y al mirarte me recordaste ligeramente a Gerard Philipe es algo tan misterioso como ponerse un abrigo de gala en mayo o en junio antes de atiborrarse de pastillas y dejarse caer en un surco, al lado de la escuela donde años más tarde (treinta, para más exactitud) estudiaría el niño que ahora pretende visitar el país donde vives.
Fíjate si ha pasado tiempo, que acompaño a mi hijo con la misma naturalidad de las otras madres que llevan horas y horas esperando en un banco bajo el sol, cosa que por nada del mundo hubiera hecho, digamos, diez años atrás. Tín marín de dos pingüé, cúcaramácara.

No eres de aquí, ¿verdad? me preguntó aquel mediodía en La Rampa, y claro que sí, de aquí mismo pero de más lejos, respondí. Para gran desgracia, me causó risa tu forma de defender la guajirada que de todas formas se salía por tus poros, y fue esa maldita risa la que provocó todo lo que vino después. No voy a contar lo que sabes de memoria, si acaso recuerdas algo del lugar donde naciste, que es aquí mismo pero más lejos, según tus propias palabras. Lograste el sueño de tu vida, que no era ni podía ser el mio, entre otras razones porque los sueños dependen de lo que no se ha tenido nunca, y aunque yo jamás he sido ni seré dueña de una piscina, tampoco es una prioridad en mi lista de aspiraciones. Para nadar ya tuve varias pocetas artificiales en la escuela, que se llenaban a la hora en que el Director leyó la carta de Danilo, y siempre he dispuesto del malecón habanero con sus aguas tan enigmáticas como asquerosas, tan revueltas como plácidas, y tan azules como el uniforme que llevaba Danilo el día que lo encontraron tirado en el surco. A lo mejor tín marín de dos pingüé: me mato o no me mato, dijo Danilo antes de llenarse la panza con pastillas, nunca se sabrá.
Tu casa con piscina debe ser algo extraordinario. Solo así se explica tu renuncia no solo al país (que es lo de menos), sino al niño nacido en los peores años de la isla que yo jamás podré dejar atrás, a pesar de que ahora mi hijo salga y me diga que aprobaron su petición que más que de él, es tuya. Siempre fue así. De alguna manera te las has arreglado toda la puñetera vida para salirte con la tuya aunque a simple vista parezca que son otros quienes toman las decisiones importantes. No dijiste “me largo a conseguir una piscina”, sino “a hacer dinero para los tres”. No anunciaste que jamás volverías, sino que en un año a lo sumo estaríamos nadando en plata (sic), porque de una forma muy retorcida la carencia de mar en tu pueblo de origen marcó el resto de tu existencia, y no querías morirte sin tener un pedazo de agua al alcance de tu vista. Nadar era lo fundamental, ya fuera en plata o en agua de mar o de río, natural o con cloro, verdosa o transparente, te daba igual.
Lo tuyo era flotar en líquido o en papel, en monedas o en partículas de hidrógeno con oxígeno, en algo limpio o manoseado, te daba lo mismo. Por eso te lanzaste en aquella cosa que ni balsa era, mientras yo te maldecía a ratos, y a ratos le rogaba a Yemayá que protegiera al padre de quien nacería por aquellos días en que media humanidad contemplaba, entre divertida y avergonzada, cómo el agua se poblaba de embarcaciones que parecían construidas por taínos, siboneyes o guanahatabeyes. No fuiste original ni para largarte. Si media humanidad contemplaba el espectáculo Cuba, media Cuba provocaba que la mitad del mundo la estuviera mirando, y por eso tu minúsculo navío pasó inadvertido.
No en el bote más inseguro ni en la balsa más audaz, ni fue en una lancha ni en un barco, ni en una de esas gomas de camiones que tanto abundaron sobre las aguas jurisdiccionales, ni en un automóvil sin ruedas o en una moto acuática improvisada, sino que te fuiste en una tabla claveteada vulgarísima, una cualquierita más. Fue la primera vez que dije mentalmente la letanía tín marín de dos pingüé, cúcaramácara: que se ahogue, o que no, que llegue bien, Yemayá, por favor te lo ruego, sálvalo, es el padre del hijo que llevo dentro, y luego decía que se hunda ese cabrón, tín marín de dos pingüé.
En las más de tres horas que llevo en un banco que ya me tiene el esqueleto hecho un garabato, he visto salir a todo tipo de gente o más bien a gente con todo tipo de reacción. Hay quienes lloran abrazados a sus madres, los hay que salen del muro de rejas negras bailando un chachachá de alegría, otros en silencio, y algunos llaman por celulares a sus familiares del lado de allá y gritan “me largo, me largo”. Qué manera de ser patéticos, por Dios. A veces se arman bultos humanos justo frente al banco donde paso la terrible espera, y es cuando mis ojos no alcanzan a ver la salida del muro, y por eso divago acordándome de cosas que más que bien me hacen mal, como por ejemplo de las manos de Danilo. Se comía las uñas, fíjate tú qué detalle más insignificante me viene ahora a la mente. Es algo que no tiene importancia, pero un hombre hecho y derecho no se come las uñas. Obviamente uno puede mordisquearse los dedos como un niño y a la vez matarse como un adulto. ¿Habrá dicho Danilo tín marín de dos pingüé antes de caer en el surco?
Ahora se acerca un señor tan gordo que ocupa todo el espacio visual del muro de las rejas negras y de otras madres que no han tenido paciencia para sentarse en un banco, y se aglomeran en la entrada de la plazoleta. El gordo suda tanto que es imposible adivinar qué le dijeron. Todas las miradas se posan en los chorros de sudor que le corren por la camisa, por la cabeza y por el frente de los pantalones. El pobre gordo acaba desplomándose sin poder sujetarse del poste de luz que preside la entrada a los bancos. Yo no me muevo de mi sitio porque temo perderlo y estoy demasiado cansada, pero el resto de las familias que esperan que sus hijas, o sus maridos, o sus padres, o sus tías salgan de la oficina de trámites con alguna respuesta, corren a auxiliarlo porque los cubanos somos así: unidos en la desgracia y dispuestos a tirarle un cabo a Masantín el torero.
Parece que lo aceptaron, al gordo, porque a pesar del papelazo deja ver una sonrisa cuando se lo llevan en una parihuela. Igual de gordo y mofletudo debes estar tú, porque no hay quien se crea el cuento de que tu flamante piscina es para hacer ejercicios, a no ser que sea para que el hijo que nunca te ha visto de cerca y que quizás traerá ahora mismo la noticia de que aceptaron tu petición como si fuera de él, tenga un sitio donde nadar como aprendió en la playa donde pasó los veranos desde que te fuiste. O sea, de toda la vida de ese dulce muchacho que empieza a hartarme diciendo que aquí es imposible vivir. En lugar de cantos de sirena debes proferir aullidos de ballena con la gordura que seguramente tienes.
Mucho culo limpié yo, y muchas fiebres vigilé, y muchos dientes guardé en una cajita que luego se perdió, y mucha mentira tuve que decir impidiendo que se enterara de lo hijo de puta que eres, para ahora tener que escuchar que la vida es posible aquí mismo (ya lo dijiste hace mucho más de treinta años), pero mejor aún un poco más lejos.

En ese lejos hay casas con piscinas, no tiene que explicármelo nadie. Yo sé que hay cables submarinos; hay wifi y hay zapatos de hipermegasuper moda, y hay skates para patinar, y hay laptoses con webcam, y las bandas son tan anchas que te envuelven en toda esa maravilla que yo jamás aprenderé, pero que al parecer resulta indispensable para gente como ustedes. Qué horror incluir al muchacho en el mismo saco que a ti, cuando en la vida real y verdadera él debió parecerse a mí, y enfermarse con mi romanticismo secular y utópico.
Pero no. Pudo más tu empecinada manera de anunciarlo todo como quien no quiere la cosa, y hacer creer que las decisiones no son tuyas, y coger los mangos bajitos ahora que ya no hay que limpiar ningún culo ni vigilar fiebres por las noches ni tiene sentido guardar unos estúpidos dientes que luego se pierden por el camino de cajitas que nunca debieron estar en armarios que más tarde se vienen abajo como muros, tengan o no rejas negras como las que estoy vigilando desde hace más de tres horas en un mismo banco. No me importa tanto perder ante ti como dejar de verlo a él, lo cual viene a ser lo mismo, pero un poco más lejos. No es tu hijeputancia lo que me inquieta sino la contaminación, la irradiación, el posible cambio que provoques en el dulce hijo que es mio y no tuyo, porque fui yo y no tú quien le limpió el culo y le vigiló las fiebres por las noches, y fui yo y no tú quien consiguió para él la mejor escuela que nunca fue tuya, y por eso nunca conociste ni a Danilo ni a su historia, ni te dolió su muerte o al menos te sorprendió en los primeros momentos.
Fui yo, hijo de puta mayúsculo, fui yo quien aprendió a mentir año tras año cuando él preguntaba por ti, quien le sostuvo la mirada y le dijo unas cosas tan buenas de ti que ni la madre que te parió hubiera dicho jamás, y sin embargo es a ti a quien él obedece porque cree necesitar, como todos los jóvenes de todos los lugares de todos los tiempos del mundo moderno, la cabrona tecnología de punta o como se llame esa mierda que no hace ninguna falta para respirar, o si no, que le pregunten a Danilo.
No me siento vencida sino cansada. Más bien harta de elegir entre una posibilidad y otra, de escoger qué es lo bueno, qué es lo mejor y qué no debe ser, y ya no me queda más tiempo. Al fin viene mi hijo. Soberbio, pálido llega, y yo sin decidir cuál noticia quiero que traiga. Por última vez vuelvo a repetir, antes de que él diga la respuesta que le dieron, tín marín de dos pingüé, pero llego al final de la oración: ¡cúcaramácara títere fue!