Vístase antes de que llegue su marido

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“Hay que escuchar a las mujeres aunque estén hablando mierda”, aconsejaba mi padre y acatándolo he conseguido, en apenas 36 años de vida, que cuatro me creyeran apto para el matrimonio, otra veintena se embarcara conmigo en relaciones provisionales y unas setenta hembras más se me hayan entregado en cuerpo y alma así fuese por una noche. Y subrayo que de ninguna de ellas ha salido la decisión de plantarme; soy yo siempre (o casi, pues hubo una excepción) quien dice tunturuntu, hasta aquí mariposa y emprendo rumbo hacia la próxima rosa.
Parece que una parte de las lecciones de mi padre no las pude captar, porque él sí tuvo paciencia suficiente para convivir con mi madre desde que se casó a los 18 años hasta que murió de un cáncer pulmonar a los 74. Debió desarrollar esa capacidad en su oficio de taxista, mientras pasaba diez horas seguidas transportando a cualquier tipo de personas y no le quedaba más remedio, supongo, que aguantar al público hablando mierda todo el santo día.
En cambio, yo me gradué de Derecho, y aunque la gente se me planta delante pretendiendo que, igual, les escuche toda la mierda que digan, sostengo que la Ley es una sola y no admite melindres ni tantas disquisiciones. Un abogado no es cura ni psiquiatra, no puede permitir que el cliente haga su catarsis, tiene que poner el stop: cállese por favor, y escuche, procese y luego ejecute; mejor deje el lamento, señor, y diríjase al registro tal y busque mas cual documento; en lugar de seguir aguantando, señora, que su marido le ponga negro el ojo de un piñazo, vaya a la policía, haga la denuncia, y además firme aquí, su sentencia de divorcio.
Pensaba casualmente en tales cosas cuando aquella mujer entró al Bufete y vi a la vieja de la recepción indicando que siga recto por ahí, hasta el cubículo de la derecha (señaló el mío), ese es nuestro mejor especialista en asuntos de divorcio.
Es cierto lo dicho: llevo catorce años dedicados en exclusivo a romper parejas, y al que me critique creyendo que vivo a costa de la desgracia ajena, lo invito a reflexionar en las cuestiones del amor y el matrimonio, que son una cajita de sorpresas y acaso habrá equilibrio, al menos, entre las veces que yo contribuí con la desintegración al mal de un dueto y las ocasiones donde serví de comisionado para la felicidad de esas personas.
Tiempos atrás, lo confieso, me involucré en todo tipo de litigios y disfrutaba subirme al estrado para defender lo mismo a presuntos asesinos o violadores de mujeres, pederastas y exhibicionistas obscenos, que a supuestos asaltantes de moradas con inquilinos dentro, carteristas, rateros, practicantes del hurto, sacrificio y venta ilegal de ganado mayor, traficantes de tabacos o marihuana, y a la gente que pega carteles y grita en contra del gobierno, funcionarios implicados en desvío de recursos del Estado, jineteras en pleno ejercicio o prostitutas en potencia… Hasta el día que me harté de esos casos, no por dilema moral o crisis de conciencia pues asumía que representar a la chusma descarriada es gaje natural del oficio. Mi conflicto se desató contra el sistema legal en sí, porque presume del representado la culpabilidad del delito imputado en primera instancia y deja al abogado con los brazos atados.
Tal circunstancia se vuelve insoportable para los seres como yo, que colocamos la profesionalidad en primer término, y por eso decidí refugiarme en asuntos que pudieran resolverse a golpe de Código Civil. Una pincha dura, que nadie crea otra cosa, en este país donde casarse es actividad recreativa y el divorcio una competencia deportiva.
Tuve muchísimo trabajo durante esos años noventa, cuando un hombre y una mujer firmaban de apuro los papeles sólo para templar sabroso por tres días en una cama de hotel, con aire acondicionado y la barriga repleta de carne y cerveza, y después se me paraban enfrente, fresquitos y rozagantes, a pedir que disolviera el pacto para regresar ellos a sus vidas previas, a los viejos amantes o la experimentación con nuevos por venir, a seguir criando retoños de matrimonios anteriores y soñar con tiempos y parejas mejores.
Y todo por 105 pesos de la moneda nacional. Los 95 que vale contratar mi servicio y 10 para los sellos del trámite. Dinerito que no irá para mi bolsillo sino a las arcas de la Junta Directiva Nacional de Bufetes Colectivos, mientras apenas a mí me tocan 20 pesos de cada proceso, los cuales vengo a cobrar después que el Tribunal emita su sentencia. Mucha gente hay que divorciar, muchísima, para vivir de eso. ¡Alabado sea el despelote actual y la irresponsabilidad nacional hacia el santo sacramento que la gente de antes, como mis padres, sí rubricaban hasta que la muerte los separaba!
A veces logro escapar con algo extra, 5 CUC un día, 10 o 20 el otro, sacados de la manga por el cliente, o la cliente, apurados para presentarse como libres de compromiso y aparearse con el repugnante viejo verde o la ingenua princesa azul que cargará con ellos destino a España, Perú, Australia o la Cochinchina. Y como cada quién tiene sus vicios y los míos son las mujeres y la bolita, con esa platica extra decido inmediatamente si gastármela en cervecitas con la jebita de turno o invertirla en números de la charada. 62, Matrimonio; con 58, Adulterio, es par que me trae la buenaventura; también 25, Piedra Fina o Casa Nueva, ligado a 73, Maleta, o 92, Avión. Por todas partes ando a la caza de señales, y especialmente en mis sueños, para escoger si le pongo a 1 (Caballo), 2 (Mariposa), 3 (Marinero), 4 (Diente), 5 (Monja), 6 (Jicotea), 7 (Caracol), 8 (Muerto), 9 (Elefante), 10 (Pescado), o 27 (Avispa), 28 (Chivo), 29 (Ratón), 30 (Camarón), 31 (Venado), 32 (Cochino), o 94 (Machete), 95 (Guerra), 96 (Zapato). 97 (Mosquito), 98 (Piano), 99 (Serrucho) y 100 (Automóvil).
Ensimismado en las imágenes de la última noche, no puse los ojos arriba de la mujer que llegaba a mi buró. Recordaba la calle, silenciosa cual cementerio a mediodía aunque oscura como a mitad de madrugada, sin un alma, sólo yo rondando, inquieto y con la paranoia disparada. Recordaba la pantera negra echada en la esquina bajo la luz del farol; el gran felino, sin embargo, no era la fuente del miedo, más bien cumplía rol de guardaespaldas mío y parecía una versión ampliada de mi gato Nigromante, al que nombré pensando en los hechiceros de magia diabólica, los que fraguan tratos con los muertos. Sentí que ya tenía un número para jugármela si hacía el pan esa jornada: 14, que es Tigre o Gato Grande, y también Cementerio. La mujer se sentó en silencio y esperó que le prestaran atención; yo continué descifrando la pesadilla y el peligro oculto que me expulsó de la cama para tomar  unos Clordiazepóxidos. De encontrar respuesta podría tirarle a un parlé, pero la cliente sufría de impaciencia y proyectó sus zapatos contra mi canilla, forzándome a caer en la realidad y tenerla en cuenta.
Acostumbrado a escudriñar primero a las damas en detalle, no me pronuncié de inmediato y me limité a cachearla de la cintura hacia arriba, mientras cavilaba que mujer detrás de un buró es como iceberg de los cuentos de Hemingway, quedando fuera de la vista una porción grande, quizás la mejor.
—Eeeh… Suu nombre, por favor —tartamudeé porque bastaba con la panorámica superior para saber que tenía delante lo que se dice un tronco de jeba.
—Elena —contestó en voz baja y recordé a mi madre diciendo que “las mujeres que hablan dulce, cagan duro”.
—¿Con hache o sin hache?
—Con hache.
¡Arde Troya!, pensé al tiempo que me comía con los ojos el par de tetas enormes como pelotas de baloncesto lanzadas casi encima del buró.
—¿Y sus apellidos?
Ella los pronunció y aquí no se trascriben porque la discreción es requisito de mi oficio.
Todavía me empeñaba en adivinar el resto anatómico del témpano, para lo cual estoy bien entrenado, y por la redondez de sus hombros y brazos y el talle afinándose por debajo del busto generoso presagié un exquisito dibujo de curvas en la terra incognita. También el rostro invitaba al éxtasis: ojos achinados y de tono mostaza fulgurando sobre la piel de color café claro, labios abundantes pero sin exageración, pelo al estilo Beyoncé: teñido de matiz caoba y alisado con tenazas, para que se desplegara en la base del cuello. Una vista ejercitada apreciaría, sin embargo, que no era tan joven ya: había cierta solidez en la mirada y repuntaban, aunque incipientes, patas de gallina alrededor de los ojos y surcos en la frente y el arco de la sonrisa.
—Bueno, Helena, ¿qué usted desea? —inquirí, si bien conocía de antemano la respuesta.
—Déjeme explicarle…
Lo de siempre, como si eso tuviera alguna importancia. Pero la gente necesita colocar delante sus excusas y pretextos, las causas y justificaciones.
—Le escucho —mentí. Acababa el examen: de 30 a 35, en la flor de la vida, sí, pues no me adhiero a la percepción generalizada de que ellas alcanzan la plenitud entre los 15 y 20 años. La siguiente combinación de factores: matrimonio precoz, generalmente infeliz, procreación en edad temprana y crianza de los hijos, acelera la maduración y posterior descomposición física, irremediable, en la mujer. Las que se libran de tales incidentes, en contraste…
—¿Me escucha usted? Sé que esto puede sonarle extraño…
—Sí… Continúe —disimulé para que no se percatara de que su sex appeal me disparaba la testosterona y hacía saltar la alerta de mi padre: “cuidadito, donde se come no se caga”, una máxima que aplico para mantenerme a resguardo de los apetitos durante las horas de la profesión.
Contemplando a Helena me asaltó la memoria de mi madre evocada desde los ojos del adolescente; y de pronto intervino el recuerdo de Beatriz, última de mis ex esposas, con su teoría de la “fijación edípica” de los hombres con la progenitora. “Si fuese como la Psicóloga dice, no habría acumulado un vasto currículo de hembras de cualquier tamaño, forma y color —así me burlaba de ella—, y tú misma, flaca y pálida, no tendrías chance conmigo”. ¿Por qué las cosas no pueden ser más simples? Helena se parecía a mamá en su juventud y punto. Pero en mi imaginación, la freudiana se aferraba a que “tienes activado un mecanismo de defensa llamado Represión y esa semejanza con tu madre es el recurso extremo para poner a Helena a salvo de tus instintos”.
—¿Entendió?, ¡si no lo dejo ahora, un día me va a matar! —expuso la homérica fatal, y al mover la frecuencia mansa de su voz hasta el nivel “Desesperada” logró finalmente encauzar mi interés hacia su perorata.
—¿Cómo? Explíquese...
—Me lo tiene prometido, ¡que me raja en dos si me encuentra con otro hombre!
—Y usted qué hizo para…
—Nada, se lo juro, ¡jamás en trece años de casados! Pero una nunca sabe, el tiempo pasa, ya no es igual, y hay diferencia de doce años entre nosotros, ¿comprende? No lo notaba cuando nos casamos, yo tenía veinte añitos y él lucía muy bien a los treinta y dos… Óigame, es un buen hombre, pero también cada día se pone más majadero en la casa, y encima coge lucha con su trabajo, como todos los militares. Yo le digo que eso está acabando con su vida, que se dé un respiro, y le advierto sobre nuestro matrimonio. Dedícame más tiempo a mí, le exijo, que soy tu mujer...
—Sí, claro. —Con historia tan poco original, ya deseaba mandarla a callar.
—Otro problema: los hijos… Él no quiere ir al médico, pero yo sí me hice los chequeos y estoy apta, mi marido tiene que ser el de la infertilidad, y usted sabe, una mujer sin hijos… Hasta que cumplí los treinta eso no me preocupó, pero ahora…
—Sí, pero vamos a resolver esto ya. —la mañana se me iba dando oídos a esta mujer y a la misma mierda de siempre.
—Segurita estoy, ay, él me mata… Si usted lo conociera, tal vez crea que es incapaz de hacer daño a una mosca. Y la verdad es que nunca me ha pegado, pero lo conozco bien y en el fondo ¡tiene un genio terrible! Oiga, y por razones de su trabajo es dueño de una pistola…
—Oká, entiendo, iniciaremos un proceso de Divorcio por Justa Causa.
—Todavía no le he contado lo de mi gato… Se llamaba Leopoldo, como un tío mío que quiero muchísimo. Era negro y grande, precioso, yo lo dejaba subirse a la cama, pero sólo cuando mi marido no estaba, porque él se ponía muy furioso... Hasta que un día se lo encontró ahí y por mucho que supliqué no le hiciera nada, que lloré, él agarró a Leopoldo por el cuello, el gato se defendía, lo arañó, pero mi marido como si nada y lo estranguló delante de mí…
El cuento me puso tan nervioso que la interrumpí y empecé a solicitar los datos obligatorios para el Contrato de Servicio Jurídico, pero ella me respondía algo y enseguida volvía a la cantaleta; yo perdí las ganas de vacilarla, me enfoqué en lo mío: “¿Dirección particular?” Una sorpresa: su residencia quedaba en el trayecto entre mi casa y el Tribunal Municipal; raro no haberla visto antes, especulé que no era de las que andan exhibiéndose, por el miedo al marido de seguro.
Entre datos y confidencias me entregó su vida entera. Guajirita de Sagua de Tánamo, en Holguín; conoció allá al esposo, por la época en que encomendaron al prometedor capitán ponerse al frente de unas maniobras del Ejército Oriental. Con el tira y tira de los jueguitos de guerra, una bala perdida hirió al hombre en una pierna, levemente, y este fue a parar al policlínico de la localidad donde una Helena veinteañera, recién graduada de técnica en Enfermería, se ocupó de la curación. Fue amor a primera vista, se casaron rápido y él la trajo consigo para La Habana.
—Listo el Contrato, sólo falta que firmes aquí…
Titubeaba, antes de estampar la rúbrica preguntó cuándo el marido iba a enterarse. No hay que preocuparse por el momento, contesté, primero debo redactar la demanda de divorcio, luego entregarla en la Sección de Lo Civil…
—Por favor, no escriba en mi petición de divorcio las cosas que le conté. Es penoso…
—Tranquila. Es suficiente poner que el vínculo legal se disuelve por discrepancias entre los cónyuges.
—Mi marido no aceptará esta separación.
—Si él se niega seguiremos adelante con un proceso “por rebeldía”. Facilita las cosas que ustedes no tengan hijos en común, pero el divorcio implica separación de bienes y hay que resolver la cuestión del domicilio común.
—Yo me iría para casa de una prima que tengo en La Habana, por mí que se quede con todo —lucía firme al decir esto—. Mi futuro vale más que cualquier cosa.
Era el instante ideal para dar término al asunto. Me levanté del asiento, la clienta entendió y se incorporó; extendí la diestra, ella me imitó. Al sentir su mano congelada me acordé del iceberg y advertí la oportunidad para dictaminar sobre la parte inferior del témpano. La realidad noqueaba una vez más a la imaginación y no pude apartar la vista del jeans que se alejaba apretujando las nalgas más deliciosas.
Varios clientes te esperan, dijo la mímica de la vieja de la Recepción y respondí con señas que aguardaran un momento. Par de asuntos batallaban por el privilegio en mis pensamientos. Estaba la mitológica, por supuesto; el iceberg que se me había derretido dentro de la cabeza y derramado ya por todo el cuerpo. Pero alcancé a discernir que precisaba vaciarme de esa agua torrencial y peligrosa, derivé al otro tema y caí así de vuelta en el sueño.
Confiaba en la elección del 14 (Tigre o Gato Grande y además Cementerio) y en que la cifra afín saldría del origen de la amenaza. Un escalofrío me recorrió cuando pensé en 51, Militar; o en la femme fatal y su edad de mal agüero: 33, Tiñosa. No obstante, ese estado me duró poco, porque apelé a mi conciencia en contra de la irracionalidad de creer que los números ponen en juego las tramas insondables de la vida y la muerte, y me aferré al habitual pragmatismo de considerarlos como simples comodines para atraer la fortuna.
Me incliné por la segunda cifra, escribí en un papelito: “14 y 33. Parlé. 10 pesos”; y desde mi cubículo llamé a gritos a la limpiapisos. Negrita de veinte y tantos, flaca y fea para mi gusto, inculta pero bastante avispada, me sirve a menudo de enlace con el apuntador. Dile que cuando salga de aquí paso a dejarle el dinero, le expliqué.
Aquella jornada no pude escapar del Bufete hasta pasadas las ocho de la noche. En septiembre suele dispararse la tasa de divorcios, por culpa, según he deducido empíricamente, de las vacaciones en los meses precedentes, que obligan a los matrimonios a asimilar el training de estarse mirando las caras y aguantándose, con los chiquillos jodiendo alrededor, por un tiempo muy prolongado. Durante la caminata hasta mi vivienda, picado de curiosidad, busqué la dirección aportada por Helena y hallé una casa de dos plantas, aislada de la calle por rejas, jardín y portal. En la acera había un auto Lada, azul oscuro, con chapa de las Fuerzas Armadas. Recordé entonces la plata que debía y seguí de largo; aunque volví a detenerme en la cafetería de una cuadra más allá, con el antojo de zamparme un pollo frito y par de cervezas a costa de los 10 CUC aportados por un cliente que quiere quitarse de encima la salación de su mujer y rajar para cualquier país con una temba que lo mantenga. Terminé gastando el billete completo en frías Bucanero; suerte que ese establecimiento no acepta la moneda nacional y pude cumplirle al bolitero.
El viernes desperté hecho talco y arrastré mi cuerpo de vuelta al Bufete y el día de todos los días. Intentaba rescatar las imágenes del último sueño en medio del aturdimiento, cuando la limpiapisos me sopló al oído el notición: “Cogiste mil pesos, te salió el parlé”. Esa jornada laboral transcurrió relajada. He llegado a la conclusión que la cercanía del fin de semana afloja en las parejas los ímpetus de divorciarse. Total, ese par de días sólo empeora la situación: 48 largas horas consagradas a arrojarse los mismos reproches de siempre, a discutir por cualquier porquería, entre las cuatro paredes porque no hay dinero para paseos; el hombre mira la pelota en la tele o juega dominó y baja ron con los socios del barrio y la mujer que lava, cocina, atiende a los chamas y cuela en el domicilio a par de amigas para ponerse a hablar mierda… ¿Y a quién le toca pagar las consecuencias de la frustración cuando llega el lunes? Al abogado, claro.
Aquel viernes dispuse de tiempo sobrado para preparar los documentos de la arrepentida cónyuge del combatiente Menelao, pero a la salida no fui a entregarlos en el Tribunal. Tenía la mente puesta en recoger los mil pesitos de la buena fortuna y engatusar a Carmita, la cajera del Banco, para dar un paseíto por el Malecón, platicar tragos mediante y terminar la noche en mi guarida.

***

La eternidad por fin comienza un lunes, diría el poeta ante la fila de clientes de nunca acabar y yo demolido por las náuseas y el dolor de cabeza y encima con la machacadera de si la tal Carmita valió la pena como para afrontar de nuevo la semana que entra sin un kilo en el bolsillo, porque yo soy de esos tipos trágicos que hasta después de gozarla se empeñan en buscar peros. Hasta el mediodía afronté heroicamente la situación y después me saqué de la manga el pretexto del fardo de demandas pendientes de traspaso al Tribunal.
No queriendo falsear del todo, cumplí el trámite. Luego, como el de Helena con hache estaba entre los expedientes radicados, me empezó a asolar la preocupación pues ahora el guerrero recibiría en cualquier momento la Notificación del despojo y se desataría el incendio de Troya.
Por un par de días rehuí el tránsito por las zonas aledañas al domicilio de la consentida de Afrodita. En las noches, sin embargo, me abrumaba el recuerdo del final atroz del gato Leopoldo, y dejaba a Nigromante dormir en la cama conmigo. Para el jueves, el sentimiento de culpa había crecido demasiado, y aunque mi conmoción fuese disparatada y yo sólo había cumplido con un deber profesional, sentí que precisaba la expiación y ello significaba advertir a Helena.
Serían las cinco de la tarde; no vi el carro del marido por todo aquello, reuní valor y me paré ante la verja de entrada. Demoraba en poner el dedo sobre el timbre; en mis adentros escuché la voz de Beatriz: “Típico Conflicto de Aproximación-Evitación. Reconoce que te incineras en el deseo de vacilar de nuevo al iceberg de ojos achinados de color mostaza, pelo a lo Beyoncé, tetas como pelotas de baloncesto y nalgas deliciosas bajo la línea de flotación, y al mismo tiempo te congela el aviso de la pesadilla: 51, Militar, con 14, Cementerio, restituyéndote la paranoia y el pavor”. Sonaba lúcida aquel día la discípula de Freud.
Ah, pero verdades de refrán, las tetas halan más y uno por su gusto muere. Al cabo presioné el timbre: una vez, dos, aguardé varios segundos, la tercera… Me iba ya, conjeturando que la beldad había rajado para casa de la prima previendo el Armagedón, cuando la verja se abrió, activada a larga distancia, y crucé jardín, portal y la de Troya surgió tras la puerta. Una Helena de película, salida recién de la ducha y cubierta aprisa con un pulóver blanco y desgastado, que se empapaba con el agua chorreante de la cabellera de vedette y transparentaba las pelotas de baloncesto, y más abajo una lycra rosada y corta, que exponía a la intemperie el dorado jamón de medio muslo.
Al contrario de cómo percibo los lunes de interminables y nítidos; la secuencia de eventos en la continuación de aquel jueves se ha alojado difusa y atropellada en mi memoria… Recuerdo la puesta sobre aviso, porque, señora, pronto sus intenciones serán del conocimiento de su marido; recuerdo botella de whisky empuñada en lugar de reacción aprensiva, y perdone usted, si cree que soy loca o descarada, pero igual me da ya escándalo que homenaje; recuerdo el frenesí de la seducción: miradas arrebatadoras las suyas, irresistibles las mías, manos imitando las moscas muertas que al minuto vuelan y aterrizan sobre la carne, bocas buscándose para facilito encontrarse, y sobre el sofá mismitico las cosas que todo el mundo sabe, hasta que las ropas pican y Helena la Engañadora jala hacia el dormitorio a Paris, el timador de maridos.
De pronto el maullido del gato; no sé de cuál, ninguno a la vista, el de la vecina tal vez o algún arrabalero de visita en el jardín. Se me alzaron pelos y nervios como zapatillas de bailarina, escapé del abrazo y del colchón, atiné a agarrar, antes que a la ropa misma, el file con el expediente del divorcio, que lo había sujetado en mano al entrar a la casa pero dejé caer cuando el apremio de usar ambas extremidades para capturar las saltarinas bolas de basquetbol. Vístase, por favor, antes de que llegue su marido, exclamé, pero Helena no había escuchado al minino ni tuvo nunca malos sueños con el animal, y me empujó de vuelta al lecho porque el consorte había dicho que tenía reunión en la Jefatura y no regresaría hasta medianoche, y era tanta la seguridad de la esposa que aflojé anclas y me dejé remolcar hasta el fondo, arrogante Titanic vencido por las argucias del iceberg…
Sumergido estaba en las profundidades cuando Helena pronunció un nombre, y bastante tuvo que rebotar el eco en mi cabeza atolondrada antes que lograra decodificar las sílabas: A-BE-LAR-DO. Ese nombre, ¿antes dónde…? Claro, ¡el expediente! Pero no apreciaba todavía la amenaza, porque ¿quién no ha vivido la experiencia de que una mujer casada lo trastoque en medio del éxtasis? Tardé también en interpretar el matiz de la voz de Helena, corrido del suave tono habitual hacia una frecuencia estridente. ¿Era confusión?, ¿alarma? No, ¡las dos a la vez! Sólo tras el segundo ¡¡ABELARDO!! pegué el brinco para desmontarme de la mujer.
Hombre sigiloso como un gato, pensé y di un segundo brinco, ahora para separarme del tálamo. Urgido de alcanzar la perspectiva total de la situación, fraccioné las miradas entre el piso, para situar las piezas de mi vestuario; Helena, sin cubrirse la desnudez siquiera, rígida como roca de hielo; y Abelardo, tieso al pie de la cama, el rostro extrañamente inexpresivo, hurgando con una mano encima del escaparate. Había localizado calzoncillo, pantalón, camisa, zapatos, cuando el tercer grito de la adúltera: ¡No, Abelardo, tú no vas a hacer eso!, y el traicionado que apuntaba con una pistola.
El tipo dijo algo al fin y no se dirigía a la mujer: Tú, vete, vístete y vete. Jamás me fue tan grato respetar el edicto de una locución autoritaria, pero ¿vestirme primero? Atrapé las ropas en un santiamén y, sin levantar la vista hacia ninguno de los casados, deserté de la habitación desnudo. ¿Que cerrara la puerta tras de mí fue acto automático o mi padre desde el subconsciente previniendo aquello de “entre marido y mujer nadie se debe meter”?
Intentaba colar los pies por los huecos del calzoncillo, trastabillaba, cuando crepitó, espeluznante, el chillido de Helena y sonaron dos disparos, casi sin intervalo entre ellos. Fui a dar de bruces contra el piso del corredor; vi una puerta abierta, me incorporé de un salto y me colé ahí. Era el cuarto de baño y no atiné a pasarle el cierre desde adentro, tiritaba por entero, especialmente en la masa de los intestinos, la expresión “cagarse de miedo” nunca refulgió tan exacta...
Aunque pensé que ser baleado sobre el inodoro era la muerte más ridícula, la situación no se prestaba para satisfacer el escrúpulo de la dignidad. Me desfogué y, al acabar, hice uso meticulosamente del papel sanitario, descargué la taza y empecé a vestirme después, con mucha calma. Había dejado de temblar, se me ocurrió que quizás ya estaba muerto y por eso todo me resultaba tan sencillo. Caí abatido por esos dos disparos, pensé, y cuando uno muere llega el reinado de la serenidad.
La serenidad por fin comienza un jueves, diría el poeta; y yo abandoné el refugio del baño para avanzar a través de la mansión siniestra, despreocupado por la furia del marido homicida y el destino de la mujer perjura. Caminaba sin prisa alguna, la luz al final del túnel o pasillo, hacia la salida de la casa. “Comemierda, estás vivo, aunque en fase de enajenación mental”, intervino Beatriz para auxiliarme. “¿No te has fijado en la tranquilidad con que marchan los condenados al patíbulo? Es una vuelta al estado de omnipotencia infantil, provocada por la Regresión, otro mecanismo de defensa.”
A la psicoanalista hay que hacerle caso los días que está en talla. Miré atrás por encima del hombro y vi que Abelardo se acercaba con su cauto andar de pantera negra. Iniciaba yo la huida pero el príncipe de la jungla rugió: ¡Oye, párate ahí! y recordé la pistola en su mano. La única opción era arriesgarse al diálogo.
Al voltearme no vi que me estuviera apuntando, pero inspeccioné detalladamente al homicida y distinguí el fierro que abultaba debajo de la camisa, clavado en la faja del pantalón. En las manos sostenía la carpeta y hurgaba entre los papeles reunidos dentro.
—¡Así que la muy hija de puta pensaba dejarme! —señaló el asesino, quebrándosele la voz de un modo que era difícil saber si traslucía más la pasión o la rabia.
Yo punto en boca.
—¿Esto es suyo?
Con quedarme callado sólo conseguiría aumentar su irritación, pero mi cuestión era peor que la de Hamlet. Además de hallar el modo de salir con vida, tenía que recuperar ese expediente, porque con la mujer muerta ahí y unos documentos ubicándome en la escena del crimen y apropiados por un oficial del Ejército… Decidí dejarme llevar por la intuición.
—Sí, pero escúcheme… Usted quizá se hace una idea equivocada… Entre Helena y yo no había… Vine aquí solamente para notificarle…
¿Y tú por qué no te callas?, me recriminé, pensando en el tipo del cuento de la ranita. La historia esa de la ranita que se dice princesa atrapada en un hechizo e implora el beso para romper el encantamiento, y el tipo incrédulo pero apiadado, y la esposa que arriba de improviso y encuentra a una rubia desnuda y monumental incrustada en su marido, quien sólo atina a decir “no me lo vas a creer…”
Al borde del ataque de nervios y acordándome de aquello… De milagro no se me escapó la risa en la propia cara del marido burlado. Para suerte, hasta se me puso un tapón en la boca. Mucho ayudó que a Abelardo se le hubiera metido algo en la cabeza y retomara de improviso la palabra:
—¿Usted es abogado, verdad?
Otra cuestión imposible. Sonaba del carajo que el mismo tipo que le arranca la mujer por la Ley, encima se la robe en la cama. Pero mi padre vino en mi auxilio como tantas otras veces, aconsejando “mi hijito, cuando te veas arrinconado y no sepas si te conviene decir verdad o mentira, entonces di la verdad, siempre la verdad”.
Eso hice y la reacción de Abelardo fue desconcertante. Le brotó una sonrisa empática y dijo:  
—Tú mismo me vas a ayudar… ¡Me tienes que ayudar!
La última parte lució amenaza y no ruego. Pero yo seguía sin entender y moví la cabeza a los lados, como negándome.
— Sí, ¡tú vas a ser mi abogado! Si quieres salir limpio de este trance, me vas a tener que apoyar.
—Oiga, yo no defiendo asesinos —evidentemente yo no atinaba en el ajuste a los hechos.
— ¡¿Quéee?!
—Quise decir que no atiendo causas penales y usted necesita alguien con mucho dominio para afrontar ese tipo de casos —finalmente empezaban a abrírseme las entendederas y a reconocer delante de mí a la pantera negra acorralada, que destellaba ansiedad por sus ojos ambarinos. Convenía dar ya de tragar algún bocado a esas mandíbulas abiertas —: Conozco a una abogada… La mejor.
De nuevo había dicho la verdad. Pensaba poner su situación en manos de Odile, mujer como no hay dos, que puede arreglárselas para salvar de la ejecución al mismísimo Jack el Destripador…
Odile, sin embargo, no siempre fue así. La recuerdo de cuando entró a trabajar en el Bufete, por la misma época que yo. Muy bonita y de cuerpecito especial, educadita y de las que habla en baja voz, aparentando timidez y sentimiento de poquita cosa. Recuerdo que le disparé con todo pero obtuve pésimos resultados: ella me refrenó con su anillo de casada porque no compartía la afición de las otras por el deporte de engañar maridos con los colegas de oficina.
Había cumplido Odile 29 añitos cuando murió su cónyuge en un accidente. El rumor de que el marido andaba borracho y con otra mujer en el carro se propagaba por el Bufete y, como de la noche a la mañana, la viuda negra se trasmutó en viuda alegre. Empezó por pasarme la cuenta a mí; y yo de iluso, hasta la convidé a una relación estable y rescatarla de su infortunio, para recibir a cambio el tunturuntu, hasta aquí, vaya a otra rosa, mariposón (ella es la excepción de la que hablé  al principio). Luego Odile ha pasado por muchos hombres sin asentarse con ninguno. A mí me trata como al antiguo y gran amigo, con el que alguna que otra vez se acuesta en nombre de los viejos tiempos. Y yo reconozco que me agrada ese intercambio a lo europeo, donde no se entrometen celos ni afanes de posesión, y se ha establecido una complicidad que se extiende más allá de lo íntimo.
Por eso pensé que a ella podía contarle esta historia con lujo de detalles y su postura sería la de ayudarme a salir limpiecito del rollo. Sabía que, profesional ante todo, Odile daría también su máximo esfuerzo para que el verdugo de Helena librara del mejor modo. Pero este, comprensiblemente, mostró reticencia a mi propuesta de colocar su destino en el favor de otra mujer, y tuve que marearlo con sinfín de argumentos hasta conquistar su confianza en que mi amiga abogada era una mujer distinta a las demás. A la larga, ya ni sé cómo, pero hasta pude convencerlo de trasladar a mi custodia el fatal expediente de divorcio.
Los rastros de mi presencia en la escena del crimen comenzaban a evaporarse. Subsistía aún el inconveniente del semen mío sepultado en las entrañas de la difunta, mas no quedaba otra que confiarse ciegamente a las destrezas de Odile para hallarle una solución a eso. Huí —es un decir, partía bastante apaciguado— de la casa de Helena en el minuto mismo que Abelardo levantaba el teléfono para dar el parte a la policía. Como es natural, yo necesitaba descompresionar de inmediato con un par de cervezas; sin embargo, eludí la tentación de la cafetería aledaña y atrapé una guagua que me puso a distancia prudencial del lugar de los hechos.
Recuerdo que terminé bebiéndome seis cervezas y no dos, y fumándome caja y media de cigarrillos. Que me entró un hambre descomunal y solicité tres raciones de pollo frito, y a la hora de pagar solté los 10 CUC regalados por una cliente que busca zafarse de encima la salación del marido y rajar para cualquier parte con un temba que la mantenga.
Recuerdo que en mi bolsillo sólo quedaron diez pesitos de la moneda nacional, lo justo para un parlé. Me los jugué a 12, Ramera, con 63, Asesino.