Un sitio grande y lejano

Cuando llegué el Flaco estaba fuera, no me supo allí hasta que me senté en aquel banco, tipo raro el Flaco, siempre me pareció el ser menos apto del grupo, y sin embargo era Willy quien estaba ahora allí dentro: ¿cómo te enteraste?, pregunta, lo hace y saca de su bolso una libreta grande: ¿quieres ver mis últimos bocetos?, lo miro, el Willy está dentro, el Willy que compartía el atelier con el Flaco, el atelier; en realidad un cuartucho viejo en una azotea, el Flaco y sus bocetos, los últimos. ¿Qué tiene Willy?, quiero saber. No sé, dice, está mal, grave.

Perfume

Afuera aumentaba la oscuridad.
Las luces de la calle se veían por la ventana.
Los hombres, sentados ante el mostrador, leían el menú.

Ernest Hemingway. Los asesinos

Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle.
Al mirarse al espejo vio que realmente
era un hombre distinto.

Ernest Hemingway. El mar cambia

 

El viejo juego del naufragio

Esa noche me habían invitado a leer varios poemas. ¿Habrá cerveza?, fue lo único que pregunté. ¡Claro, y cuantos coños quieras!, me respondieron. Capté el sarcasmo, pero hoy en día hay que agarrarse a cualquier cosa que logre flotar si no quieres hundirte o que te hundan. Así que eché un mazo de hojas en el portafolio y puse en marcha el Buick. Cuando llegué, alguien tocaba la guitarra, ¡y qué sorpresa: había coños allí! Una docena de ellos. Aplaudiendo, haciendo coro. ¡Y cerveza también!

Sombras

Pasa el mediodía. A la sombra de unas yagrumas que han visto el mismo paisaje por años, un calor húmedo y pegajoso te adorna la cara con estrías de sudor que fluyen, agrias y transparentes, hasta gotear sobre el suelo húmedo. Las nubes se congregan lentamente en el cielo, y por alguna razón esperas que no llueva hasta que acabes de cavar: cada paletada de tierra se vuelve más pesada, cada gesto de levantar y soltar la pala es un suplicio. Empiezas a apestar.

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