Rabiosos y cobardes

De vez en cuando los cañonazos hacían temblar la pequeña habitación, y la mano de Wilhemdudaba, con la pistola apuntando al entrecejo de Victor. Los dos soldados alemanes no se perdían de vista, desde los extremos del cuarto, sin decirse una palabra, y el silencio ocultaba elmiedo que se desprendía de los ojos del primero y la indiferencia latente del segundo.

El doble

Frente al Parque de La Fraternidad y el Capitolio, recostado en una de las gruesas columnas que ocultan la librería Fantasy, simulo que leo. El dueño del local sospecha mis secretas intenciones. Nunca le compré un libro y jamás me ha visto dar vuelta a una página. Concentrado en el ambiente, soy capaz de permanecer tres minutos con el ojo en una misma palabra. Debo estar atento. De un momento a otro aparecerá la protagonista

Huyendo

Conmovido, pero turbado, se arañó los pies como remontando hacia el fetichismo original de una niñez que no era, ahora súbitamente podía recordarlo, ni viril ni femenina, sino niñez ameba e invertebrada, niñez de hambruna paleozoica.
A Eduardo la encontraron semanas después enterrada y sin hueso, con los pies arañados.
Y todavía hubo quien escribió: como una lengua de gato. Pero no de gato. Lengua ameba de can invertebrado, lengua de luna: perruna y precámbrica.

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