Un sitio grande y lejano

Cuando llegué el Flaco estaba fuera, no me supo allí hasta que me senté en aquel banco, tipo raro el Flaco, siempre me pareció el ser menos apto del grupo, y sin embargo era Willy quien estaba ahora allí dentro: ¿cómo te enteraste?, pregunta, lo hace y saca de su bolso una libreta grande: ¿quieres ver mis últimos bocetos?, lo miro, el Willy está dentro, el Willy que compartía el atelier con el Flaco, el atelier; en realidad un cuartucho viejo en una azotea, el Flaco y sus bocetos, los últimos. ¿Qué tiene Willy?, quiero saber. No sé, dice, está mal, grave.

Perfume

Afuera aumentaba la oscuridad.
Las luces de la calle se veían por la ventana.
Los hombres, sentados ante el mostrador, leían el menú.

Ernest Hemingway. Los asesinos

Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle.
Al mirarse al espejo vio que realmente
era un hombre distinto.

Ernest Hemingway. El mar cambia

 

Ajuste de cuentas

El camión se detuvo en un parqueo subterráneo, supuso que de una unidad cercana a la costa. El camino que debían recorrer estaba marcado por una fila de uniformados a intervalos de metro y medio: había que subir las escaleras y avanzar por la galería, allí debía estar el Departamento de Crimen Organizado o la Sección de Clasificación. Lo iba a saber pronto.

Después del desfile

Abro los ojos a las diez dos puntos cincuenta minutos de la mañana. Un despertar súbito: abrir los ojos para después despertar.
Todo en orden. El mismo lugar donde me acosté. Mi cuarto. No falta nada. Gracias a Dios. Anoche tampoco robaron.
Voy a la cocina para preparar café. Poco polvo y nada de agua. Todavía no ha entrado; tendré que esperar un poco más de lo planificado, sin agua no podré hacer nada. Tampoco me quedan cigarros. Tengo que ir hasta el Cupet.

Muñecas

La niña entra corriendo al cuarto. Agarra por los pelos a su muñeca preferida y le da una mordida en la cara. Sosteniéndola con rabia por el cuello, comienza a arrancar uno tras otro los botones de la pequeña bata. El rostro de la niña se ha transfigurado. El entrecejo fruncido la hace ver terrible y graciosa. Golpea la muñeca contra el piso. Desprende un brazo, el otro, las piernas. Pero su furia apenas se apacigua. Respirando con dificultad, vuelve a clavar los dientes en la cabeza magullada del juguete; mientras, un gruñido intenta salir de la boca.

Mujer sin rostro

   Imagínese que usted tiene muchas ideas en la cabeza, y las quiere escribir (por supuesto, en caso de que le guste escribir). Entonces coge un papel, se acomoda y empieza a gastar la tinta del bolígrafo (suponiendo que no tenga máquina). Ahí es donde usted comienza a desechar cuartillas, se cree García Márquez o un gran “IDEOTA” y cuando ya ha gastado medio bolígrafo y desperdiciado media libreta, se le ocurre una idea brillante, para usted casi genial.

Bretón, la costa y una procesión hasta Playa

Caminamos por la costa de Santa Fe, ella trató de calmarme y quizás también, calmarse un poco a sí misma. Al principio su voz sonó extraña, como si saliera de un lugar que no fuera su garganta.  Intentó hablarme de poesía: “Me hubiera gustado conocer a Bretón, haber vivido otra época”.
El sol comenzaba a levantarse y se encajaba en mis hombros. Me tapé los oídos, su voz era peor que un zumbido de moscardones. No paró de hablar de los círculos concéntricos, la metaliteratura y la segregación.

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