Ninguna parte

El rayón en la pared de la oficina del jefe de turno, terminal de ómnibus de Las Tunas.
La mujer esperando que le cambien el asiento para viajar al lado de su niñito.
La tira carmelita rasgada de un pantalón viejo que asegura la caja de cartón en la que traigo algo de comer (por ejemplo arroz aceite y chocolate pero no leche en polvo declarada en extinción) y que no se puede pasar de 10 kg porque te la viran o tienes que hablar con el compañero y explicarle y ayudarlo con algo.

Sangre

La última vez que viste a Arturo fue justo antes de que lo entraran al salón de operaciones y ya tenía ese color amarillento que anuncia, con bombos y platillos, la gravedad de los problemas renales. Te habían avisado de la operación una semana antes. Se requerían tres litros de sangre, que es el equivalente a medio cubo o algo así. En el banco de sangre del hospital no llegaban a esa cantidad. Las últimas operaciones las habían realizado con hemoderivados, pero en el trasplante de riñón de Arturo no funcionaría. Precisaban donantes.

Vístase antes de que llegue su marido

“Hay que escuchar a las mujeres aunque estén hablando mierda”, aconsejaba mi padre y acatándolo he conseguido, en apenas 36 años de vida, que cuatro me creyeran apto para el matrimonio, otra veintena se embarcara conmigo en relaciones provisionales y unas setenta hembras más se me hayan entregado en cuerpo y alma así fuese por una noche. Y subrayo que de ninguna de ellas ha salido la decisión de plantarme; soy yo siempre (o casi, pues hubo una excepción) quien dice tunturuntu, hasta aquí mariposa y emprendo rumbo hacia la próxima rosa.

Un sitio grande y lejano

Cuando llegué el Flaco estaba fuera, no me supo allí hasta que me senté en aquel banco, tipo raro el Flaco, siempre me pareció el ser menos apto del grupo, y sin embargo era Willy quien estaba ahora allí dentro: ¿cómo te enteraste?, pregunta, lo hace y saca de su bolso una libreta grande: ¿quieres ver mis últimos bocetos?, lo miro, el Willy está dentro, el Willy que compartía el atelier con el Flaco, el atelier; en realidad un cuartucho viejo en una azotea, el Flaco y sus bocetos, los últimos. ¿Qué tiene Willy?, quiero saber. No sé, dice, está mal, grave.

Perfume

Afuera aumentaba la oscuridad.
Las luces de la calle se veían por la ventana.
Los hombres, sentados ante el mostrador, leían el menú.

Ernest Hemingway. Los asesinos

Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle.
Al mirarse al espejo vio que realmente
era un hombre distinto.

Ernest Hemingway. El mar cambia

 

Ajuste de cuentas

El camión se detuvo en un parqueo subterráneo, supuso que de una unidad cercana a la costa. El camino que debían recorrer estaba marcado por una fila de uniformados a intervalos de metro y medio: había que subir las escaleras y avanzar por la galería, allí debía estar el Departamento de Crimen Organizado o la Sección de Clasificación. Lo iba a saber pronto.

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