El cazador (I)

El cazador, para no morir de hambre, aprendió a acechar a su presa hasta poder acertarle el flechazo fatal. Luego llevó a su hijo de caza y lo hizo imitar sus movimientos hasta que aprendió. El hijo al regresar se sentó junto a la hoguera con su hijo y, danzando a la luz del fuego, gruñía y tensaba el arco, y su hijo aprendió. El hijo dibujó en la pared de la caverna la agonía de la bestia herida y la mostró a su hijo, y este también aprendió, e improvisó para el  hijo suyo la larga epopeya de la caza.

El vuelo de la armonía

Edgar pudo refugiarse con movimientos rápidos en una de las trincheras.
—¡Nos están aniquilando! —Teddy se echó de bruces.
—¡Sí! Tienes que ayudarme.
El sibilante graznido de los proyectiles, la metralla, las vibraciones demoledoras del canto de la Bestia, completaban el espíritu de la escena.
—Tengo un plan “B” para salir de esto —arguyó Edgar tragando el humo del cigarrillo—. Pon atención, coge las dos bocinas y a mi voz las levantas en alto.
—Ya las tengo —balbuceó Teddy—. Pásame otra yerba y el brandy.

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