Dieciocho años a través del cristal

Miras el paisaje pero apenas logras procesarlo. La imagen se tiende hacia atrás: las vacas que amanecen entre la hierba húmeda de algún potrero; los guajiros que van a guataquear; las casas conectadas unas con otras, sosteniéndose mutuamente para no caer. Todo pasa a setenta kilómetros por hora. Las gotas de agua que dejó la noche sobre el techo de la guagua resbalan por el cristal, el mismo cristal que no para de vibrar en su marco para recordarte con cada bache dónde estás.

Secuelas

Los hechos que siguen me los refirió Claudia, mi mujer, que a su vez los oyó de boca de su actor principal y hermano J. Lo burdo y gracioso de la situación, que tiene mucho de lo primero y casi nada de lo segundo, es que Claudia y yo, a pesar de no vivir con J, rondábamos inconscientemente cercanos a los acontecimientos. Todo se cocía delante de nuestras narices, pero el aroma seguía de largo sin tocarnos siquiera. La historia, con sus mutaciones, meandros y divagaciones, se centra en mi cuñado Johan Dericco, que nadie nombra ya de esa manera.

El grito de Eduardo

Hay un hombre con los codos apoyados en el pretil de un puente, observa el agua temblorosa. Temblorosa tal vez de frío, o por las gabarras navegantes, tal vez debido al movimiento de los peces clarias en el fondo. Eso depende. Si se trata de los fiordos de Noruega, sería por el frío; si fuera el Sena, entonces se podría culpar a las gabarras; y si se tratara de un río cubano, probablemente serían clarias nadando. Pero lo más importante no es eso, sino el hombre.

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