Vientre del pez

Cuando el elevador cierra la puerta me siento como Jonás en el vientre del pez, un pez que tiene botoncitos rojos por todas partes. El enfermero te mira, levanta las cejas y fija la vista en la camilla que va dentro del pez. El pez es demasiado lento, pero vas a llegar, claro que vamos a llegar porque Dios está aquí, lo sé por esas dalias, por esas luces que chorrean la esperma por el borde de los candelabros y dibujan unos rostros de estatuas que vienen a posarme las manos sobre el hombro.

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