Estatuas

Siempre le tuvimos pavor a las estatuas. Las mirábamos en el parque y nos aterrorizaba su quietud, sus facciones toscas, sus pieles pulidas, pero lo peor de todo eran sus miradas tenebrosas y los ojos; esos ojos vacíos, sin alma. Nunca le contamos a nadie, era muy vergonzoso. Para ocultarlo nos pasábamos todo el tiempo en el parque, incluso de noche. Aunque ellas clavaran sus pupilas indolentes en nosotros.

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Para asombro de todos los presentes aquel pintarrajeado vejestorio había irrumpido a puro grito en los funerales del famoso escritor ruso Vladimir Nabokov. Los periodistas admiraban de cerca aquel desastre rollizo y vulgar que, disfrazado de mujer, posaba ante las cámaras con indiscreta afectación. «Mi nombre es Dolores Haze», dijo entre lágrimas saludando a los parientes. «Ustedes me pueden llamar Lola, Lolita...» Eran casi las tres de la tarde. 

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