La caza

La mayoría nunca había estado en casas como aquellas, por eso la excitación era mayor. Sus pelvis, aún no desarrolladas del todo, se comprimían al extremo y se ponían nerviosos y comenzaban a sudar, e intentaban secarse al menos la frente y las mejillas para que ella no se diera cuenta. Pero casi nunca lo lograban. Entonces Maurice sonreía, les ayudaba con el sudor y luego se lo restregaba por el cuello, les hacía una seña, les apretaba las manos, y después entraban juntos, triunfantes, cual soldados gloriosos.

Nie kantshaietsa sweetheart

Alma decidió que ella misma compraría las flores. Quién más podría hacerlo, valoró pensativa. Vive sin otra compañía que un balcón repleto de begonias. La casa que antes fue canto y luz por todas partes, resiste los embates del tiempo y, sobre todo, de alienación que se produce tras pérdida la prematura del ser amado. A su pesar, sigue siendo una mujer alegre que cada año, en el día de fieles difuntos, compra flores y las lleva a la tumba de Clarissa. Así pasa todo el día.

El regreso de los tiempos

Pablo Álvarez atravesó a plena mañana las calles de Santa María cuando se marchaba junto a su familia, unos bultos en la espalda y en las manos dos maletas de cuero. Algunos decían que él no llegó a saber nada, y se fue por sus razones a buscar trabajo y vida a otra parte. Pero el padrino del pueblo siempre dijo que él sintió miedo por la alegría que llevaba la niña de los Álvarez. «Como si estuviera avisada de todo, como si se burlara de los que nos quedábamos, pero no pudiera contarlo a nadie porque aún no había dicho su primera palabra».

Páginas