¿La resurrección o la enunciación?

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Resurrección del cisne, poemario que obtuvo el Premio Internacional Rubén Darío 2015, está parcelado en cinco secciones. Pero únicamente un lector inexperto hace caso de esas señales y lee este poemario de arriba abajo, como apuntes muy puntuales de una experiencia de vida en la que se suma lo real y lo irreal.
Por: Arístides Vega Chapú
21 de marzo de 2017

Debiera comenzar diciendo que Sergio García Zamora nació en Esperanza en 1986, que debe pertenecer por edad a esa Generación que cree tiene al toro amarrado por los cuernos y que no ha sido, de modo alguno, más petulante que las anteriores, que estudió Filología en la Universidad de Las Villas y que ha ganado premios de los que llaman importante por su monto, dos hijas, una casa en un barrio obrero, una esposa filóloga y de Encrucijada y hasta una presidencia de honor (en esta Feria del Libro). De un poeta se pueden decir muchas cosas, pero nada, absolutamente nada aporta más que leerlos.

Sergio reconstruye con sus versos, con la increíble habilidad del que posee saberes precisos de una sólida formación, un nido en el que pretende acomodarse. Un nido que la noche del universo deshace. Por más que quiera seguir en Esperanza, al lado de Nilda y de los abuelos, con los primos y las tías y su hermano jugador de gallos, la poesía le ha rendido una trampa. Ya él no es más él, ni sus días transcurren con el sosiego que pretende y aspira. Su poesía, ha ido ubicándolo en viajes interminables, en ciudades absurdas y bellas, en tiempos luminosos y convulsos. Su poesía es un cofre que siempre que se abre lo disloca todo, más que nada porque juzga cuanto aparece en esa irreal vida que le corresponde a un poeta. A veces se zambulle y extrae lo que las aguas pretenden proteger, a veces se eleva y una nube poderosa, como toda creación divina, se detiene para transformar lo que debajo, como una sombra, convierte en su predio.

Resurrección del cisne, poemario que obtuvo el Premio Internacional Rubén Darío 2015, está parcelado en cinco secciones. Pero únicamente un lector inexperto hace caso de esas señales y lee este poemario de arriba abajo, como apuntes muy puntuales de una experiencia de vida en la que se suma lo real y lo irreal. Por aquí aparecen poetas y pintores, mártires de epopeyas reales e inventadas, impresiones vertiginosas, ideas yuxtapuestas, que en su conjunto arman ese país inexistente en que cada poeta reina con absoluto despotismo.

Prosas que no renuncian a esa belleza con que la poesía crea un entorno favorable para testificar o mentir. Prosas en que conversa con sus otros yo y consigo mismo. Que se pregunta y se responde, que avanza y se detiene, siempre en ese afán por de querer agotar el presente inmediato para llevarnos a otros planos existenciales mucho más reales, a escala de que su poesía lo testifica con fina agudeza de hacernos creer posibles esos otros mundos poblados por esas otras deidades, esos otros países o islas que están en el pasado o en presente, e incluso en ese futuro que da por cierto, como horizonte de expectativas, típico del que aún no ha rebasado la edad en que se comienza a ser cauto.

Aquí está Resurrección del cisne, resucitando a Bukoski, Whitman, Artuad a Poe, François Villon. Pero está también Gauayasamín, y Victor con sus manos mutiladas, como si precisara de la luz de todos esos santos para hacernos transitar por la noche oscura y profunda de una manigua en que es posible ver incluso lo que aún no se ha corporizado, sabiendo que cada uno debe ser consecuente con su propia perversión.