“Fuga” de estrellas

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La enumeración de referencias literarias en la nueva novela de Màxim Huerta no basta para convertirla en literatura.
Por: Patricio Pron
Tomado de: Babelia El País
4 de julio de 2018

“Ana es una mujer inestable, insegura, bella y caprichosa que, tras una aparente seguridad disfrazada por su posición, se tropieza con el amor en sus vacaciones. Mario es un tipo inestable, inseguro, guapo y caprichoso que, tras una aparente frialdad disfrazada por su trabajo, se tropieza con el amor en su escapada”; es también el autor de este resumen de la novela que está “reelaborando” para otro: Mario Bellver es un corrector de novelas ajenas y se encuentra en un hotel de lujo del norte de Mallorca trabajando en un manuscrito; Ana Monteleón es su editora, y su encuentro con Bellver para trabajar en la obra se convertirá en una o varias noches de pasión, un alejamiento temporario y la reconciliación final durante el proceso de edición.

Firmamento es la séptima novela del escritor y periodista Màxim Huerta (Utiel, Valencia, 1971), premio Primavera de Novela de 2014 y tertuliano de programas “del corazón”. Quizás sea esta última actividad la que lo obliga a exhibir sus supuestas credenciales desde el comienzo de Firmamento, con un epígrafe de Platón en griego antiguo que tal vez el autor pueda leer en el original, aunque no así sus lectores. Para ellos hay también otras referencias, esparcidas a lo largo del libro: William Shakespeare, Jane Austen, Gustave Flaubert, David Bowie, Frédéric Beigbeder, Jenny Offill, Margaret Drabble, Emmanuel Carrère, la Victoria de Samotracia. Firmamento tiene con la literatura, en ese sentido, una relación similar a la que existe entre la prensa “del corazón” y el periodismo, en el marco de la cual la primera imita, finge ser, el segundo; la enumeración de referencias literarias (imperceptibles en el relato, que parece más bien deudor del entretenimiento audiovisual) no basta para convertirla en literatura y a su autor en escritor, un aspecto que el propio libro tematiza allí donde pone de manifiesto que Bellver es sólo un “técnico”, alguien que participa de una industria que engaña a sus clientes haciendo pasar unos productos por otros. Que esta industria (además) pague hoteles de lujo para sus empleados con problemas cae dentro del campo de la imaginación; de hecho, casi todo lo que se dice de la industria editorial en este libro es imaginario.

No es el principal defecto de la novela, sin embargo. Huerta tiende al exabrupto modernista en las comparaciones: un adiós “para siempre” resulta a sus personajes tan pesado “que se cae al suelo como un gato muerto”, un hombre “se funde” como los hielos de su copa, el narrador “escarba entre las sábanas como si fuera arena donde hacer hoyos profundos para enterrarse”, los escalones son “como teclas de un Steinway & Sons”, una cafetera “tiene las formas de Sofía Loren” y una estantería es un “arcoíris de libros”, las hojas son “traviesas”, las sombras son “caprichosas”, las olas son “tímidas como caracoles”, el cielo “se emborracha de azules”, las raíces de los árboles son “como serpientes violentas”, los pinos “aplauden con sus ramas”, etcétera.

La novela romántica tiene convenciones específicas, y es posible que su éxito se deba (también) a una cierta flexibilidad en su relación con el realismo; en Firmamento, por ejemplo, todas las personas que importan viajan frecuentemente a Nueva York y a las capitales europeas y las otras (anónimas) proveen servicios, por ejemplo un fontanero que no conoce la palabra “grafiti”. Que esto no se corresponde con un recorte estadístico de la sociedad española importa menos que cierta tendencia a la cursilería que ni la extraordinaria tolerancia del género para con ella parece poder salvar: frases como “en esta casa tan estrecha, lo único que no cabe es tu recuerdo”, “era más fácil quitarse los zapatos que el corazón”, “no concibo una canción que me guste y no me desangre”, “la novela que más me gusta de ti eres tú”, “había decidido tener muchas noches de sexo y muy pocos amaneceres de amor” podrían incluso ser disculpadas como una concesión necesaria al género de no ser porque los errores frecuentes de concordancia (“ya no sé qué parte del recuerdo está basado en hechos reales”, “una pareja empalagosa y lasciva que cenaban mirándose la boca”, “salió un chillido de mi boca que ahogué por ridícula”, “caí en los oscuros besos de tus costillas como si ya fueran mías”), la alternancia injustificada de tiempos verbales, la irresolución del narrador entre el estilo bajo y el alto y numerosos defectos de expresión hacen pensar en una cierta impotencia lingüística por parte del autor: las fotografías antiguas se tiñen “de beige” (queriendo decir posiblemente “sepia”), un paraguas colgado tras una puerta se balancea “como un diapasón” (quizás un “metrónomo”), se produce una “fuga de estrellas” (posiblemente una “lluvia”), la interjección “aham” (sic) reemplaza la consuetudinaria “ajá”, alguien tiene el cuerpo “macerado por el deporte” (queriendo posiblemente decir “musculado” o “tonificado”). Más todavía, alguien vuelve a hablar “al cabo de un silencio” y “mira en off”, una pareja es “un díptico de la imaginería de la ternura”, se busca evitar que unas notas caigan “en manos de ningún ojo”, a alguien se le pone “cara de zoológico”, los ojos de alguien “se hacen distintos, como los lobos”, los pezones “crujen”, alguien tiene aspecto “bucólico pastoril” y siente “electricidad en la sangre” y el coito es “un nudo marinero de carne y lava” en el que “las lenguas se cruzan como perros”.