Dijeron Pushkin, no Putin

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Clásico revisitado
A propósito de la salida de Retratos de poetas rusos, de Ilya Ehrenburg, una vuelta a Alexandr Pushkin, pionero ineludible que murió en un duelo en San Petersburgo hace casi 200 años.
Por: Matías Serra Bradford
Tomado de: Revista Ñ, Clarín.com
15 de enero de 2021

No pocos libros ocultan un nombre, y cuantos más nombres vagan en un libro más evidente se vuelve que merodea uno escondido. Siempre hay un confidente detrás de una obra, sobre todo cuando el que narra se ubica tan en primer plano. Estas cláusulas contractuales se dan en los perfiles a mano alzada de Ilya Ehrenburg, y quien se fuga en una alada nota al pie es Aleksandr Pushkin, embrión y mito de la poesía rusa.

La zozobra geográfica de Pushkin –tez morena, ojos claros, patillas de simio, mano de mago– marcó a fuego a sus fervorosos continuadores: Anna Akhmátova, Marina Tsvietáieva, Victor Shklovski, Vladimir Nabokov, Joseph Brodsky, Sergéi Dovlátov. El desasosiego no era sólo ambulatorio: Serena Vitale supo recalcar que Pushkin (1799-1837) no podía estarse quieto, que temblaba si un objeto caía cerca suyo y abría agitado su correspondencia. Tsvietáieva rehuía de las camas, prefería la aptitud transitoria de un sofá de dos cuerpos.

Ehrenburg subraya: “Mandelstam es intranquilo, se sienta sobre el borde de la silla, listo para escaparse a algún lado”. La imposibilidad de permanecer en un solo estado o sitio, o en una sola lengua, fue guionando esos destinos cruzados y, en ciertos casos, crucificados. (A la vida literaria rusa, Dovlátov la peinó de un modo neutro, macizo, magistral, en El oficio y La Reserva Nacional Pushkin).

Fue Pushkin el espejo de bolsillo de todos ellos: en el estilo de otro, un escritor a veces busca acelerar la llegada del mejor momento de un estilo propio. Tsvietáieva nunca es tan ella misma como en ese milagro de texto inagotable, “Mi Pushkin”, ejemplo supremo de cómo adviene la fuerza –la luz– de una escritura incontenible y de cómo ponderar a un espíritu adorado: “Hay libros tan vivos que siempre uno teme que mientras no lo esté leyendo el libro haya cambiado, como un río”. (De paso, Shklovski decía que Pushkin no tenía manuscritos abandonados, sí inconclusos).

Es larga la sombra de este dandy de comas omitidas que, como soltó Nabokov, era de la época en que la vestimenta masculina todavía no se había separado de sus obligaciones equinas. Ninguno de estos incondicionales sintió celos hacia Pushkin, como sí los tuvo este infiel jugador y deudor compulsivo hacia su mujer, en quien olfateaba una traición (y esa sospecha derivó en un duelo que a él le cobró la vida).

La impronta pendenciera que fundó uno de los apellidos más eufónicos de la historia hizo escuela en la literatura rusa. Como legado accesorio, su encandilado plantel de desterrados sigue advirtiendo que una alarma debería activarse cuando uno empieza a desconfiar de lo sublime.

Retratos de poetas rusos, Ilya Ehrenburg. Trad. Nikita Gusev. Añosluz Editora, 180 págs.