El taxi de Ulises

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Taxi es una novela infectada de poesía. Zanón posee un innegable talento para los raptos líricos de frase corta, casi beats, que nunca suenan cursis. También destaca en la gradación de la intensidad de una trama en la que lo negro no es una fácil concatenación de intrigas criminales, sino un caos donde el lector (como Sandino) saca cabeza antes de hundirse de nuevo: una intriga más profunda. Es probable que estas cualidades conviertan a Taxi en su novela más ambiciosa; también en la más emocionante.
Por: Carlos Pardo
Tomado de: Babelia, El País
11 de octubre de 2017

Durante siete días con sus noches, aquejado de insomnio, Sandino conduce un taxi por Barcelona, recoge clientes y se mete en líos con ex mossos d’esquadra. Su principal propósito es no regresar a casa, donde quizá tenga que romper definitivamente su relación con Lola. Pero cada hora que pasa fuera más se complica el asunto: una bolsa con burundanga y dinero, una historia de cuernos y venganza, compañeros que lo están pasando egoístamente mal, adiestramiento terrorista… Sandino tiene cara de buena persona, es decir: es permeable a los problemas de los demás. Lo apodan así por el disco de The Clash: Sandinista (y cada capítulo toma prestado un título de canción). Iba para universitario, pero el taxi es “el estigma de la familia”.

Como en otras obras del autor de No llames a casa, premio ­Dashiell Hammett de novela negra de 2015 por Yo fui Johnny Thunders, Taxi es un ambicioso retrato de una Barcelona poco turística: Mercabarna, clubes nocturnos, puertos abandonados, hoteles por horas… Si su profesión hace de Sandino un moderno diablo cojuelo que se cuela en todas las intimidades, su insomnio propicia uno de los principales hallazgos de esta novela: el pulso de una conciencia que intenta mantener un imperativo ético durante una fiebre, una fiebre que no es una falta de perspectiva de la realidad (no es una enfermedad), sino una visión acentuada del desorden de la realidad: luchas jerárquicas entre matones, locos santificados por la droga, amantes clasistas, humillados y ofendidos. Por otra parte, este Ulises taxista querría recomenzar su vida desde otro lugar: con Cristina, Hope, Verónica, Nat… E incluso desearía un alto “nivel de ebriedad ya mismo”. “Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope”, como decía el poeta, este Ulises va resuelto a perderse.

La insistencia en la caracterización de Sandino como hermoso vencido y su incontinencia rememorativa se convierten en un mal menor de Taxi, como también la abundancia de señas de identidad en forma de canción. Lo mejor del personaje no está en su manera victimista de mirarse a sí mismo, sino en la riqueza con que crece cuando actúa con los otros, por ejemplo en los fragmentos dedicados a su familia o a sus años formativos. Porque Taxi también es una recreación generacional con una virtud poco frecuente: su autenticidad. Un retrato familiar donde lo entrañable, e incluso lo cómico, no suaviza una áspera lectura política. La abuela Lucía, que envenena a su marido como quien no quiere la cosa, y el padre de Sandino, que deja propina en las autopistas de peaje, conforman casi una pequeña novela familiar dentro de Taxi, la de un hipotético John Fante de periferia barcelonesa que devolviera la dignidad perdida a los “siervos de la gleba” y sus descendientes.

Taxi es una novela infectada de poesía. Zanón posee un innegable talento para los raptos líricos de frase corta, casi beats, que nunca suenan cursis. También destaca en la gradación de la intensidad de una trama en la que lo negro no es una fácil concatenación de intrigas criminales, sino un caos donde el lector (como Sandino) saca cabeza antes de hundirse de nuevo: una intriga más profunda. Es probable que estas cualidades conviertan a Taxi en su novela más ambiciosa; también en la más emocionante.