Entre díscolo y talentoso, Ariel Fonseca

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Ariel Fonseca escribe historias escuálidas y conmovedoras, como las de J. D. Salinger. Historias donde soplan, además, ciertos aires de Charles Bukowski, Raymond Carver, Ernest Hemingway… Muchos de los maestros a los que rinde homenaje en sus narraciones. Sus personajes, según nos dice, son “personas que sienten, respiran, sufren y dañan”. Relatos de gente común, sin muchas o grandes expectativas en la vida, esos que vienen a poblar la verdadera Historia.
Por: Erian Peña Pupo
Tomado de: AHS
10 de enero de 2019

Asocio a Ariel Fonseca Rivero (Sancti Spíritus, 1986) a cosas que poco tienen que ver entre sí: cuentos donde se destila cierto realismo sucio, ese que se torna cotidiano, compensado con un adecuado manejo psicológico de unos personajes que insisten en comprender el por qué de sus acciones, aun por extrañas que parezcan, pero también lo asocio a la pizza con frijoles, extraña combinación que hace las delicias del paladar de Ariel; a las albóndigas de su madre; el pie de limón; a las calles de Sancti Spíritus, donde vive y escribe; a las empedradas y centenarias de Trinidad, que visitamos juntos; a su obsesión cuando quiere cualquier cosa, un libro, por ejemplo; a sus timbres telefónicos a cualquier hora del día o de la noche; a su amistad…

Ariel Fonseca escribe historias escuálidas y conmovedoras, como las de J. D. Salinger. Historias donde soplan, además, ciertos aires de Charles Bukowski, Raymond Carver, Ernest Hemingway… Muchos de los maestros a los que rinde homenaje en sus narraciones. Sus personajes, según nos dice, son “personas que sienten, respiran, sufren y dañan”. Relatos de gente común, sin muchas o grandes expectativas en la vida, esos que vienen a poblar la verdadera Historia.

Dice Ariel que él es todos sus “personajes y a la vez no”. Y le creo. Lo notamos al leer los trece cuentos que conforman Hierbas, libro publicado por Ediciones La Luz con el que obtuvo el Premio Celestino de Cuento en 2015, cuyo jurado fue Nelton Pérez, Juan Siam y Pablo Guerra. Pero también –y eso lo supe recientemente– en …aquí Dios no está (Ediciones Luminaria, 2010) y Ventana al mar, Premio Fundación de la Ciudad de Sancti Spíritus Fayad Jamís 2016.

Al referirse a los cuentos de su primer libro, el profesor y ensayista Emmanuel Tornés asegura que estos “nos acercan a un conjunto de temas derivados de conflictos de orden psicológico (a veces incluso psiquiátrico) que afectan a sus protagonistas. Son problemas cuyas causas más hondas se originan en fracturas e incomprensiones de la familia, perturbaciones y fisuras personajes o en el impacto de la realidad social en la psiquis y conducta de los personajes”. Estos conflictos que apunta Tornés vienen a marcar, como una huella indeleble pero constatable al mismo tiempo por los lectores, a manera de obsesión, los primeros cuentos de Ariel, desde donde Heath Ledger, como el Guasón, nos mira irónicamente desde la cubierta. Me interesan las personas, lo que ellas son y por qué lo son, parece decirnos Ariel.

Hierbas fue lo primero que leí de Ariel, a raíz del Celestino, y me sigue gustando un poco más que el resto de sus libros. ¿Por qué? Quizá por el barniz tornasolado, como la vida misma, que les aporta a los habitantes de sus historias: personajes cínicos y duros, fríos y calculadores, indiferentes y hasta un poco insensibles. Quizás esas características son las que los hacen tan vividos y palpables, a la vuelta de la esquina o mejor, mirándonos nosotros mismos.

“Afincado en los más puros principios del realismo sucio, el texto natural y limpio, cuenta de modo minimalista esos hechos intrascendentes donde aparentemente no sucede nada, historias ordinarias de gente común, desarraigados, desalmados, marginales y marginados…”, leemos en la contracubierta del cuaderno publicado por Ediciones La Luz. Es como si Ariel los (se) mostrará en cuerpo y alma, los partiera en dos, nos dijera, míralos, puedes ser tú, claro que sí. “Mis personajes son personas que sienten, respiran, sufren y dañan. Detrás de todas las cosas hay una historia, que no sea la más impresionante, grandilocuente o importante para unos, no significa que para otros no lo sea. Me gusta buscarle sentido a lo más pequeño y sacar una historia de ello. La gente común es la más interesante (si es que existe gente no común), al menos para mí. Las expectativas varían entre una persona y otra. No es correcto decir que alguien no tiene grandes aspiraciones porque no aspira a comprarse un yate”, me dijo en una ocasión a propósito de la publicación del libro.

Y añadió entonces: “Vivir implica cada día luchar una batalla y al final del día salir airoso es un logro. Para unos, seguir respirando conforma todas sus expectativas y no me parece que haya algo más importante que vivir. Mis personajes, si salen airosos o si continúan en el camino son héroes. Siempre he creído que si no eres el héroe de tu propia vida, nadie lo hará por ti. Me gustaría recordar a uno de mis personajes cuando cita a Bukowski: «Mi única ambición es no ser nada de nada». Al final tenemos que ser algo, o alguien. Eso es lo más triste”.

Si le preguntas por un canon personal, puede decirte que esos textos tienen una influencia muy fuerte de Charles Bukowski, de Raymond Carver, y un poco el aliento de las narraciones cortas de Ernest Hemingway. “Algo que me llegó tras la lectura de estos grandes maestros. Es una especie de homenaje o deuda”. Pero también incluye a Antón Chéjov, J. D. Salinger, Margarita García Robayo, Samantha Schweblin, Andrea Jeftanovic y la lista que casi tiende a no acabar: Guillermo Vidal, María Elena Llana, Anna Lidia Vega Serova… Ojo: Ariel Fonseca es de los pocos escritores que conozco que se interesan en igual medida en la joven literatura cubana.

Después de Hierbas leí El circo invisible, Premio Oriente de Literatura para niños y jóvenes Herminio Almendros 2014. Este hermoso libro –por el cuidado de la prosa, las imaginativas historias, los dibujos de Montos y el esmero editorial puesto en él– nos muestra un narrador seguro e inteligente que sabe tomarle el pulso a la literatura infantil. Cuestión difícil, sin dudas, Después de leerlo uno termina apropiándose de los personajes de ese circo que se nos muestra, para bien, cada día más visible. Incluso titulé de esa misma manera, un guiño a Ariel, un capítulo de una noveleta infantil que escribo, en el cual todos esperan la llegada de un circo que pesa y no se detiene. Como muchas oportunidades en la vida, que hay que saber agarrar.

Ventana al mar, el último libro de Ariel que leí, de regreso de su Sancti Spíritus, muestra, como si miráramos precisamente desde una ventana, a un narrador más metódico que sigue con las mismas obsesiones de su primer libro –por algo son obsesiones, no– y que mediante ella se nos desnuda, pero esta vez sabiendo que ya ha corrido los riesgos que implica hacerlo. Que ha crecido. Siete relatos que, nos dice Dalila León Meneses, nos entregan la expresión más realista del hombre alienado: “No exentas de un sutil sarcasmo y un reflexivo pesimismo, abordan temas tan habituales como la soledad, la pérdida, el amor y el desamor. Están otros argumentos con un trasfondo más explícito como los prejuicios sociales, la inmigración y, por supuesto, las circunstancias de la condición sexual, no superada aun en nuestra sociedad contemporánea”.

Este libro habla de las derrotas, otros de Ariel también. Estén poblados por personajes sin grandes expectativas, hostiles, desarraigados, desencantados, marginales y marginados, y solos, principalmente eso, muy solos. Ellas, las derrotas, me dijo una vez, son el hilo conductor de esas historias y también la obsesión común, en un intento fallido de escapar de una vida hueca. Para qué comprar y leer un libro así, podríamos preguntarnos. Para descubrirnos y quizá, frente al libro-espejo, desmantelar la expresión de soledad. Como un exorcismo.

Mediante la literatura, lucha contra sus miedos e incertidumbres. Grita que debemos aceptarnos tal y como somos, con nuestras potencialidades y limitaciones, con nuestros sueños y pasiones. Eso es lo que les pasa a sus personajes, aún no han aprendido a aceptar lo que son y por ello fracasan. Aunque Borges insistía que lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

El Ariel que imparte clases, el que espera el autobús cada mañana, el que cuida de su madre, no es el mismo que escribió el primer cuento y mucho menos el que ha escrito el más reciente. Incluso, un poema. No hablo de capas, sino de sedimentos –existenciales, literarios, vivenciales– que van formando al ser humano y al escritor. Como sus personajes lo hacen con el alcohol y el cigarro, Ariel se siente vivo mientras escribe. Vivo mientras alguien lo lee y, digamos, se descubre. Es como si luchara consigo mismo y la literatura fuera, además de lanza, blasón.