Entrevista con Alberto Chimal: "Lo que une a mis personajes es su capacidad para el autoengaño"

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Alberto Chimal (Toluca, 1970) es novelista y cuentista. En su libro más reciente, Manos de lumbre (Páginas de espuma), reúne seis relatos que reflexionan sobre la verdad y la realidad objetiva con humor y toques de ciencia ficción.
Por: Daniel Gascón
Tomado de: Letras Libres
16 de octubre de 2018

¿Cómo construye este libro? No es un libro unitario, pero hay numerosos ecos y paralelismos entre unos cuentos y otros.

Vino en este caso de que la mayor parte de los textos existieron primero en versiones más breves. El proceso de hacer el libro pasó por tratar de encontrar una colección que tuviera un asomo de esas afinidades o de esos ecos. El conjunto del que partí era mayor, habrán sido unos diez o doce textos que tenía por ahí. Quedaron seis porque sentí que tenían esa posibilidad de hacerse eco unos a otros. Los fui ampliando. Algunos fueron prácticamente reescritos, todos tienen un buen porcentaje de amplificación. Curiosamente esto es algo que a mí no me había sucedido. Tiendo más a comprimir, en este caso sucedió lo contrario.

Hay un elemento humorístico en muchos de los cuentos. A menudo, es un humor que está en el propio narrador o en los personajes, y en su tendencia al autoengaño.

Parte de lo que une a varios de estos personajes es precisamente esto, su capacidad de autoengaño, de racionalizar lo que hacen por absurdo o desagradable que pudiera parecer para hacerlo quedar como si fuera parte de una acción encomiable. Justifican sus acciones a partir de esa racionalización. Me parece que es un tema que podría resonar con mucho de lo que vivimos en la actualidad, con cómo se falsea o enmascara lo que se consideraba la verdad objetiva. Inventamos nuestras propias versiones, nuestros propios hechos alternativos como dicen ahora.

Es un libro de relatos de posverdad.

Sí, sí. Cada uno de los personajes tiene una versión de noción que se ha vuelto tan prevalente.

Juega con lo imaginativo, con lo fantástico. A veces hay elementos clásicos, como los curanderos o lo mágico o la hipnosis; otras veces, es el universo de la ciencia ficción.

Eso me ha interesado mucho siempre, por el azar de las primeras lecturas, desde la infancia, estuve cerca de ese tipo de narraciones que a veces llegaba de la literatura de género, se decía entonces: Ray Bradbury o Philip K. Dick o quien sea. Y también por la literatura hispanoamericana, que lo tiene en abundancia: Arreola, Borges. Los leía en casa de mi madre. Esa imaginación fantástica tiene la virtud de que en muchos momentos permite observar la realidad objetiva, sea lo que es o fuera, de otra forma, y permite también enfatizar otros aspectos de la existencia que quizá no se habría podido tratar igual en un texto naturalista. Son un complemento de la representación realista; en este libro aparece en diversos grados. En algunos casos es parte de la vestimenta, y en otros es central.

Por ejemplo en “Segunda Celeste”, el cuento más extenso, que tiene un ritmo de novela corta.

Ese uno de los que pasó por más fases de reescritura. La ampliación tuvo que ver sobre todo con la ampliación del contexto de la anécdota inicial, más o menos la misma pero ahora situada de manera más enfática en la discusión sobre ciertas tendencias observables de la tecnología actual. Estamos confiando cada vez más porciones del funcionamiento de la sociedad a tecnologías y algoritmos que no entendemos del todo. Mucha de esa tecnología, aunque se proclama que está hecha con buenas intenciones, para ayudar a la humanidad en su conjunto, como el eslogan aquel de Facebook, en el fondo lo que hace es más bien preservar o acentuar una situación o situaciones de desigualdad que padecemos. Los beneficios de esas tecnologías no se reparten de manera equitativa, al contrario. Como en otras áreas del funcionamiento de la sociedad, se acrecienta la desigualdad a partir de la inserción de nuevas tecnologías. Hay un actitud engañosa de muchos de los promotores de tales o cuales avances. Lo hemos visto también en sus intervenciones públicas, en cómo se comportan Mark Zuckerberg o Elon Musk o quien sea. Esos temas están puestos de manera más clara en esta versión amplificada. Me parecía que llevar un poco más allá la representación de la posibilidad de la tecnología permite imaginar de manera más simple algunas de las consecuencias que podría tener.

Hay también cuentos de temática literaria, como Los Leones del Norte, que habla de un escritor plagiario y donde se mencionan casos com los de Bryce Echenique y Pérez-Reverte. También hay un elemento metaliterario en otros relatos. Marina, por ejemplo, con su tema sobre la hipnosis, hace pensar en Poe.

Escribo muy poco de escritores, no sé por qué. En este caso, el cuento de “Los Leones del Norte” sí tiene ese componente, con esta figura del autor y una serie de referencias al ambiente en el cual se encuentra. El protagonista se compara constantemente con toda clase de celebridades y figurones, es terriblemente egocéntrico. También hay elementos así en Celeste… Son personajes que viven en porciones de la existencia o de la sociedad que para mí son asequibles. No es necesariamente el mundo literario. De hecho, García, en “Los Leones del Norte”, no habla tanto de literatura como escritores, que no es lo mismo.

Habla del estatus del escritor, del ambiente.

Sí, más que de los textos. En este libro lo que sucedió es que había de pronto ciertas convergencias o coincidencias entre mis propios intereses y los intereses de los personajes. Y ahí es donde de pronto se abren todas estas referencias. También ocurre con la música, que está en el último cuento, “Voy hacia el cielo”. Yo tenía un tío que nació en 1950, por desgracia ya murió, pero tuvo la edad correcta para estar en los movimientos contraculturales en México, en el 68, los primeros festivales de rock. Era una figura muy representativa de su generación, ponía la música que le gustaba. Desde mis primeros años estoy escuchando esa música y ese relato es también un enlace con una parte de mi propio pasado.