La literatura se expone

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Hay artistas que usan los libros como material plástico y escultórico. Estos artistas convierten la ilustración (por su sentido visual) en Ilustración (por su sentido filosófico). De ahí que el museo, para ellos, pase de ser un espacio destinado a ver a un espacio propicio para leer.
Por: Iván de la Nuez
Tomado de: Babelia, El País
20 de octubre de 2017

Hay una literatura que se resiste a quedarse en los libros y habitar únicamente en los sellos editoriales. Esa literatura busca espectadores y salta a los museos. Desde estos, abre incluso una puerta que parecía sellada: la más radical rematerialización del texto.

Esa intención es la que lleva a Stan Douglas a asumir una enésima versión de Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes, y convertirla de paso en pieza de museo. Y es la que alienta a Pedro G. Romero para darle forma objetual al archivo o plantearse el catálogo como una escultura. Glenda León transforma las palabras sobre el arte en objetos que las fagocitan. Cristina de Middel construye dípticos en los que el Libro Rojo de Mao se confronta con el modelo económico de la China actual. Gonzalo Elvira rescata portadas de libros prohibidos o imagina otras que no existen hoy, pero quién sabe si podremos verlas mañana en una librería. Joan Fontcuberta arrastra las variaciones de un Blow Up múltiple en el que se cruzan Queco Larraín, Julio Cortázar, Antonioni o Brian de Palma. Daniel G. Andújar ofrece consistencia material al conocimiento crítico que corre por Internet. Paul Virilio detectó en la exposición el formato idóneo para expresar sus ideas sobre la catástrofe y el accidente… Estos artistas convierten la ilustración (por su sentido visual) en Ilustración (por su sentido filosófico). De ahí que el museo, para ellos, pase de ser un espacio destinado a ver a un espacio propicio para leer.

Hace poco, en el Azkuna Zentroa de Bilbao tuvo lugar el encuentro El ensayo de la exposición, ideado por el colectivo Bulegoa z/b. Allí disertaron Bifo, Carles Guerra o Tamara Díaz Bringas. En una sesión, Dora García habló de sus comienzos como artista en la España de los ochenta a partir de todo lo que entonces desconocía. La suya fue una exposición (en cualquier sentido de la palabra) de lagunas por llenar. Un tanteo que sólo puede entenderse como un ensayo, cuya traducción en arte puede remitirnos a términos habituales, aunque no siempre felices, como work in progress o “dinámicas procesuales”. En todo esto flota una crítica al statu quo del sistema literario, esgrimida desde una mutación del libro (en la forma) que preserva sin embargo su sentido original (en el fondo). Estas conversiones artísticas demuestran que el libro está más vivo que nunca, aunque su supervivencia no siempre se deba a su fidelidad a sí mismo, sino a las múltiples traiciones que demanda su necesidad de adaptación.