La novela de Zurita

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Zurita, uno de los poetas decisivos de la lengua, no se cuenta, desde luego, entre los desertores, es decir, aquellos bardos, a menudo jóvenes, quienes no muy seguros de su estro, ante la primera oportunidad se convierten, creyentes en que el negocio les será más llevadero, en novelistas.
Por: Christopher Domínguez Michael
Tomada de: Clásicos y comerciales, Confabulario, El Universal
30 de noviembre de 2021

Raúl Zurita se suma, con Sobre la noche el cielo y al final el mar (PRH, 2021), a la larga lista de poetas que han saltado —de manera episódica o definitiva— a la novela. Lo contrario es muy raro: se cuentan con los dedos de las manos los novelistas que se han convertido, de manera absoluta, en poetas. Entre ellos hay casos engañosos, como el de Thomas Hardy, una suerte de Hesíodo victoriano quien tras triunfar como el novelista del Dorchester, a los 58 empezó a publicar poesía, al grado que actualmente es más apreciado el poeta. Pero resulta que Hardy, desde su juventud, fue un poeta secreto y nunca dejó de practicar el verso. Cuando la fama y la fortuna ganadas con sus cuentos y novelas —más cierto hartazgo ante la crítica londinense— se lo permitieron, se convirtió en un viejo poeta.

Zurita (Santiago de Chile, 1950), uno de los poetas decisivos de la lengua, no se cuenta, desde luego, entre los desertores, es decir, aquellos bardos, a menudo jóvenes, quienes no muy seguros de su estro, ante la primera oportunidad se convierten, creyentes en que el negocio les será más llevadero, en novelistas. Leyendo Sobre la noche el cielo y al final el mar, corroboré que la prosa de los poetas suele ser excelente. Inclusive, diría que Zurita en prosa es, a la vez, exacto y luminoso, pero me he preguntado —porque su poesía me importa y mucho y desde hace años— cuál sería la razón de su viaje, habida cuenta de que lo que cuenta en su novela es, grosso modo, lo que el buen lector de Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), Canto a su amor desaparecido (1985) y La Vida Nueva (1994) conoce de su persona poética: la devoción por Dante sembrada en él por su abuela italiana, la víctima de la dictadura militar, el experimentalista que escribió poemas en el cielo de Manhattan y en el desierto de Atacama, mucho antes que los posmodernos del siglo XXI se infatuasen ante las pantallas, con el agregado de que Zurita nunca confundió a la poesía con la actividad poética. En fin, todo lo sabido del hombre que intentó herrarse la mejilla o cegarse con amoníaco y muchas otras cosas reiteradas en Zurita (2011), ese monumento a frecuentarse sin fatiga, a su manera un museo que sólo a los poetas les está permitido autoerigirse.

Perteneciendo Zurita a esa clase de escritores en quienes las obsesiones no pueden sino repetirse y estando entre aquellos a quienes como lector, no sólo les permito, sino les exijo que se repitan, no me molesta leer en prosa lo que ya creía conocer en verso, disfrutando de las variaciones en la textura y de los vasos comunicantes entre una y otra forma. Pero me inquieta que Sobre la noche el cielo y al final el mar se convierta en una introducción involuntariamente didáctica a la obra de Zurita y el camino fácil para aquellos lectores deseosos de evadir una poesía compleja precisamente por lo que tiene de obsesiva, circular, concéntrica. Si el crítico fuese rey y no alimaña, ordenaría que nadie podrá leer la novela de Zurita sin haberse graduado, con honores, en su poesía.

Nunca sabré —y me parece que él tampoco— por qué Zurita quiso escribir esta novela. Quizá por la naturaleza testamentaria, un tanto judicial, de la prosa. Quizá porque Zurita era demasiado, aun para Zurita y el poeta necesitaba de ese atestado. Pero Sobre la noche el cielo y al final el mar ofrece un orden visionario semejante al de su poesía y quizá sea verdad lo contrario a mi argumentación: de poco se enterará ese lector conjetural de esta primera novela si se ignora al poeta. Cautivo en mis contradicciones, concluiría que Zurita probó con la novela dominado por esa vanguardia eterna, experimentalismo vivaz, que en los chilenos es un clasicismo, una tentación irrefrenable.

Dicho todo esto, la novela de Zurita, como su poesía, es visionaria. A Sobre la noche el cielo y al final el mar la sostienen un par de mitos modificado a placer, personalísimos: Abraham sí sacrifica a Isaac y la persona poética camina cargando la cabeza decapitada de su hijo, a lo cual se suma que Ugolino, en el verso 75 del canto penúltimo del Infierno, sí devora, hambriento, a sus hijos. El padre filicida es el fantasma que recorre de principio a fin la novela de Zurita porque al poeta, en el inicio de su vejez, lo atormenta la voracidad saturnina, la posibilidad de que la herencia paterna sean las cabezas cortadas y el canibalismo. Esa visión escatológica —la doctrina de las últimas cosas, el fin antes que los medios— cuando el hombre se sacrifica sacrificando obsesiona a Zurita, no en balde, uno más —como él mismo se ha definido— de los ateos cristianos.

Quizá fuese esa imposibilidad del ateísmo como religión la que hizo del crítico católico y sacerdote (y opusdeísta para más señas) Ignacio Valente (José Miguel Ibañez Langlois), el descubridor de Zurita, desde sus primeros poemas. Ciertos teólogos ven en el comunista a la oveja que no por descarriada deja de serlo y cuyo alejamiento del redil no trastorna el plan divino. Ignacio Valente, quien fuera caricaturizado por Bolaño en Nocturno de Chile (1999) como el crítico literario de guardia de la dictadura de Pinochet, desde El Mercurio, fue relativamente indiferente al posicionamiento político del joven poeta hasta que reprobó los Poemas militantes (2000), de Zurita.

Como novela-novela (si es que eso ha existido alguna vez), el libro cuenta, de manera vigorosa, la vida de un poeta bajo la dictadura, anteponiendo a la destrucción sistemática desde el poder la autodestrucción como respuesta simétrica, proceso que leemos a través de la represión, los hijos abandonados y las parejas destruidas, el rol decisivo que en Chile jugó la resistencia cultural al régimen de los jenízaros, siempre poniendo la narración al servicio de los mitos personales, dejando un paisaje desolador donde el antihéroe del poeta resulta ser Antonin Artaud, cuyo nombre lleva, a título de “alternativa”, una de las exposiciones de los experimentalistas durante aquellos años prusianos de Chile. Que alguien tan dudoso como Artaud, a quien la Segunda Guerra no le fue suficiente para deponer su Teatro de la Crueldad mientras le enviaba cartas fantasiosas a Hitler, se presente en Sobre la noche el cielo y al final el mar, coloca a la conciencia de Zurita como la cabeza cortada de San Dionisio de París: la Historia ha de cumplir con su visión profética aunque llevemos en los brazos al pensamiento, encarnado en nuestros hijos, exangües y como equipaje de mano.

Esa ansiedad cristiana de apocalipsis sofrenada apenas por un racionalismo que se quiere ateo, es propia de Zurita, uno de los últimos poetas comunistas de Occidente, lo cual, escrito por mí, no es necesariamente un elogio. Él me dijo que de esa tradición ama la pureza en la forma del Manifiesto comunista y yo no lo digo en referencia a su fidelidad al Partido Comunista de Chile, sino a que, en sus visiones, más allá de Eros y Tánatos, todo se resuelve en ese fin de la Historia, que no es la pesadilla de Joyce, sino la vigilia donde todos los tiempos son el mismo tiempo y “todo está sucediendo en otras vidas que son esta, todo está sucediendo en otros mundos que son este”, como leemos en la novela de Zurita. El 11 de septiembre de 1973 se va y regresa, vuelve sin irse, es la endemoniada fecha cabalística. Pero hoy día, en este momento de la historia de Chile, la ambigüedad del poeta ante la violencia acaso lo marque, otra vez y de manera distinta, para siempre. También puede suceder, como le ocurrió al desterrado Dante, que al final no importe saber si fue güelfo o si fue gibelino.

En la poesía de Zurita, y por ello fue más allá de la conformidad lárica con los dioses penates, la escatología sugiere, que una vez pasada la Historia con sus sismos, reaparece la Naturaleza, la de Chile, aquella vendida por sus poetas, siempre con certeza, como la última frontera. No una geografía sino una geodesia donde el mundo natural, en su belleza, queda restaurado por la vida nueva. Ese Paraíso, ausente en Sobre la noche el cielo y al final el mar, pero sugerido desde el título, me hace suponer (y desear) que a esta novela, seguirá otra, porque a Raúl Zurita le interesa menos el epitafio grabado en piedra, que el testamento escrito con tinta sobre papel, atormentado como está por el acto de engendrar, al cual sigue el acto de heredar. No otra cosa podría esperarse del gran poeta.