La vida como un látigo dentro de la velocidad

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Dalila León Meneses, con síntesis expresiva, como en sus otros libros, que es más elocuente cuando echa mano a metáforas de la naturaleza, nos recuerda que siempre estamos viajando desde algo y hacia algo, siempre algo nos persigue, y sin creerlo nuestro, ya está inconmensurablemente dentro de ti.
Por: Caridad Atencio
Tomado de: Cubaliteraria
4 de diciembre de 2020

Luego de saber que fuimos hechos para aprender abandonando, al decir de la poeta norteamericana Mary Jo Bang, Dalila León Meneses se entrega a un viaje en todos los sentidos, dígase físico, emocional, intelectual, metafísico en su último libro publicado,[1] que ha sido dispuesto en partes o acápites: «Adieu», «Tours», «Passages», «Souvenir», «Messages» y «Fin de Voyage».[2] En él ha sido apresado en signos sigilosos el amor incauto de los adolescentes, «bordado» en sus tres estaciones, las que son atravesadas por desgarradoras y eficaces elipsis:

En la pared del baño

de una vieja gasolinera

dejamos nuestros nombres

encerrados por un corazón.

Todavía hoy

te escucho maldecirme

sobre el asfalto mojado

mientras yo corría a la autopista

haciendo señas a los autos

bajo la llovizna.

Todavía te percibo en las cunetas

en el tendido eléctrico

y en las vulgares calcomanías

pegadas al parabrisas

del último camión que me aleja

pueblo tras pueblo

del sucio y torpe corazón

abandonado en la pared

de aquella gasolinera.[3]

Específicamente en este texto, considerado por quien escribe uno de los mejores del cuaderno, donde con «desplazamiento cinematográfico» se viaja por la geografía de una relación entre adolescentes o jóvenes inexpertos, se percibe la vida como un látigo dentro de la velocidad, y se acrisolan cardinales momentos en que se impone el «Da Capo». En tal sentido el viaje puede indicarse a través de un texto lúdico que aluda a las maneras de manifestar la rebeldía los más jóvenes: irse detrás de una cara o unos procederes que prometan o subyuguen toda apariencia.[4] Asciende de todo el libro un aire, un espíritu de muchacha que juguetea con la vida. En él la autora no desdeña lo escatológico para conocer, para conceptualizar el mundo, una de las formas de manifestar ese desencanto mayúsculo, esa decepción, esa incredulidad, propias de la generación cero.[5] Es el anhelo vacuo, el no saber por qué se está aquí, la prisa irresoluta de la distancia, el hastío que envuelve al entusiasmo, a la energía sin freno de la juventud.[6] Lo que apunta a un suceso social mayúsculo: esa frialdad, esa sorna, esa ironía, esa imposibilidad de amar de gran parte de esta generación, que en Dalila da pie a la instantánea, a la viñeta profunda, sin apoyarse en lo soez, como otros miembros de su generación:

Lo besaré antes de alejarme

sin escuchar su adiós

sin esperar

que amanezca.

Después de todo

las grandes despedidas

no ocurren

para todo el mundo.[7]

En ese afán de dar cuenta de todos los viajes por los que atraviesa la conciencia del ser humano, no solo su cuerpo, se concibe textos inquietantes como el siguiente:

Existen personas

que no encajan

que no pueden

quedarse quietas.

En un instante se marchan

y recorren los campos

y vagan por las ciudades

y suben a la cumbre

de la nostalgia

y no saben cómo regresar.

Caminan todo el tiempo

cansados

inconformes

siempre alejándose de algo

de alguien

sin pensar por un segundo

lo que pierden

lo que dejan atrás.

A veces

sin saber cuándo

ni dónde

terminarán.[8]

Algo escrito a los temerarios, a los que les es imposible construir, esclavos del cambio y del camino. Como afirmé antes, el libro es un viaje, como lo es la vida, donde alcanzamos cosas  o lugares, y hay otros que llegan hasta nosotros, probándonos que el par espacio – tiempo es uno de los éxtasis de la naturaleza. En la memoria del trayecto hay poemas que recuerdan pasajes fílmicos sigilosos, donde la vida se estría y se vuelve lisa, sin huellas, solo dejándonos una profunda sensación. Hablamos de la desolación, de tener conciencia de no saber a dónde ir, o del abandono, que también puede ser un viaje, un viaje al que lo mueve el abandono:

Aún estaba oscuro

llovía fuerte[9]

cuando el primer ómnibus

arribó a la estación.

Lo vi llegar y alejarse

lentamente bajo la lluvia.

No me interesaba

viajar a ninguna parte

a esas horas

ya había comprado café

unas cuantas cervezas

y una cajetilla de cigarros

confiando

que no estuvieran húmedos

pues el sabor no es el mismo

si no tienes dónde ir

si esperas sola

en una estación de pueblo

que deje de llover

para regresar

a casa.[10]

En el libro el viaje se equipara al movimiento en el que estamos contenidos todos los seres de la tierra, y al que se desprende de nuestra naturaleza de entes con vida, por ejemplo: el movimiento del crecimiento y la decrepitud, aparentemente desprovistos de sentido, cuando ya había sido lo que el recuerdo indica, complementándose al instante de rememoración de una partida. [11]O algo más profundo: viajamos hacia la esencia de algo que no percibimos, pero que se impone, aunque siempre se está esperando la irrupción de la partida. Así se refleja muchas veces la vida del joven, que es el corto trecho que existe entre el abandono y la impaciencia. O que obedece a una cadena: el amor es recuerdo, el recuerdo es olvido, y en el olvido se desintegra. O lo que es lo mismo, repara en el fino velo entre la inocencia, el recuerdo y la desolación, donde siempre hallaremos los testigos de ese viaje, indeclinables, recordándonos en qué fallamos e indicándonos, cual  Dickinson, que aun así sabíamos que el gentil reloj nada indica, salvo ir a casa.

Dalila, con síntesis expresiva, como en sus otros libros, que es más elocuente cuando echa mano a metáforas de la naturaleza, nos recuerda que siempre estamos viajando desde algo y hacia algo, siempre algo nos persigue, y sin creerlo nuestro, ya está inconmensurablemente dentro de ti. Este es un libro también de instantáneas, como sus libros anteriores, que tiene claro que la poesía es sugerir una totalidad a través de un límite, como apuntó Cintio Vitier, donde el espíritu de un joven se ondea, en ese aleteo incontenible o hueco, en ese paso adelante y ese mirar atrás para la vuelta, por la que dejaremos de ser para empezar a vivir, donde percibimos la intensidad de una muchacha pelirroja que escribe con la tenacidad y la importancia del rojo de su cabello.

 

Notas:

[1]– Dalila León Meneses. Bon Voyage. Editorial Capiro, Santa Clara, 2018. Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2017.

[2] – Las secciones «Passages» y «Souvenirs» son las menos fuertes del cuaderno porque, como dije en el texto que escribí sobre ella apenas dos años antes, la autora quizá le confía demasiado peso al prestigio de la anécdota, a lo local, circunstancial o sincrónico de ella.

[3] -DLM. Ob. cit, p. 15.

[4] -Véase el poema «Podría decir que todo…», p. 19.

[5] – Consúltese el poema «Haciendo autostop encontré…», p. 9.

[6] – Repárese en el poema «Cuán cansado puede ser», p. 25 y «Demasiado pequeño para alcanzar los pedales…», p. 36.

[7] -DLM. Ob. cit, p. 62.

[8] -DLM. Ob. cit, p. 20.

[9] – En el libro la lluvia es concebida como constancia del movimiento, como tenaz metáfora, acompañando siempre la insondable e imperceptible soledad del viaje.

[10] -DLM- Ob. cit, p. 22. Véase también el poema «La mañana llega lenta…», p. 23.

[11] –    Allí fui feliz

lo  prueban las fotos

donde sonrío desde el portal

en e l patio bajo el tamarindo

o en la cocina

junto a mi abuela.

Allí fui feliz, sí

lo prueban la fotos

a pesar de la humedad de los años

que han borrado mi sonrisa

y el recuerdo

de la voz de mi madre

al  despedirme en el portal

esta mañana.

Ob. cit, p. 40.

Este texto guarda estrecha relación con otro recogido en Bon Appetit, su libro anterior, que llega a ser «una instantánea de lo efímero, al tiempo que una instantánea contra lo efímero»:

Guardo las fotos

de lugares donde estuve

y ya no.

Donde sonrío

feliz

de algún modo

para siempre.

Véase Caridad Atencio «De las postales de lo efímero a un fuego que no arde», La letra del escriba, n. 149, marzo – abril, 2017,  La Habana, p. 14.