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Laidi Fernández de Juan o ser lo que se escribe

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La obra de la escritora Laidi Fernández de Juan centró el espacio El autor y su obra, del Instituto Cubano del Libro.
«Una escritora sin pelos en la lengua» fue la primera de las expresiones seleccionada por Bobes para definir rasgos de la obra de Laidi, «capaz de vislumbrar en su totalidad las experiencias de ella misma, y en especial de las mujeres cubanas».
Por: Madeleine Sautié
Tomado de: Granma
16 de abril de 2018

Fue precisamente oyendo hablar a Laidi Fernández de Juan sobre lo que escriben los otros que me interesé por su escritura. No podría decir un número exacto, pero han sido unas cuantas ya las veces en que, como ponente, ha dado color desde su voz a la creación de colegas suyos que han sido invitados al espacio El autor y su obra, del Instituto Cubano del Libro, donde un escritor recibe merecido tributo.  

Llegó el día en que fuera la obra de Laidi la que centraría el homenaje que tiene lugar una vez al mes en la biblioteca Rubén Martínez Villena. Y ahora fueron los otros los que hablaron de ella. Entre ellos la compositora Marta Valdés, que dijo aceptar ser parte del panel, si se le consideraba solo como lectora.

Profundas sacudidas ha experimentado la Maestra mientras lee la narrativa de Laidi y aguarda por que un día la autora le responda algunas inquietudes. «Se recibe poesía en el alma cuando se lee lo que tú escribes», le dijo. No faltan recomendaciones suyas para que los críticos se detengan en la obra de Laidi, caracterizada por fuertes dramatismos y digna, por tanto, de ser representada.  

El dramaturgo Norge Espinosa, y los escritores Marilyn Bobes y Francisco López Sacha, compartieron también sus opiniones. Una mezcla de cariño y admiración emana de cada uno de los panelistas, unidos todos a la autora por una amistad que ya echa raíces; sin embargo, no precisan los elogios del favor de los amigos. Sus palabras son filtradas por un auditorio que conoce la obra y da fe de que son justas las bondades que se le profesan.  

«Leerte es conocerte», asegura Espinosa, y defiende lo afirmado al advertir que no hay tamiz entre la mujer que le habla y la que escribe. «Leerte significa estar conectado con un mundo en el cual siendo la protagonista das siempre un espacio al otro que te lee».

Espinosa recuerda las circunstancias que le develaron a Laidi la escritora oculta que llevaba consigo cuando redactó torres de cartas mientras cumplía misión internacionalista como médico en tierras africanas, y citó la revelación que le causó la lectura de su primer libro (Dolly y otros cuentos africanos). Le reconoció la virtud de haber sanado de muchas maneras a sus lectores por medio de la risa, la alegría, la compañía y la emoción, a la vez que le agradeció la autenticidad, sin necesidad de poses ni grandilocuencias.

«Una escritora sin pelos en la lengua» fue la primera de las expresiones seleccionada por Bobes para definir rasgos de la obra de Laidi, «capaz de vislumbrar en su totalidad las experiencias de ella misma, y en especial de las mujeres cubanas».

La solidez de una obra con una conciencia de género difícil de superar entre las narradoras nuestras y un sentido del humor al que no puede renunciar, sin que esto signifique que «no pueda ser seria y hasta dramática», unido a una sensibilidad honda que «ha tocado los temas cotidianos con todo lo que tienen de ásperos, fueron elementos reseñados por la ponente, quien reconoció la fluidez y transparencia de su prosa.

Citando cuentos específicos consideró que en su obra se puede percibir «un grito de rebeldía que mucha falta nos hace como una denuncia nunca panfletaria de lo que significa ser mujer en la sociedad cubana», y valoró a la escritora como una cronista de su tiempo.

Tocó su turno a Sacha, quien compartió una observación que le ha exigido repasar toda la obra de Laidi, desde Dolly… hasta La Habana nuestra de cada día. El autor reparó en tres rasgos que en su opinión definen su estilo, y lo han hecho comprender a qué se debe esa ansiedad y comunicación inmediata que imanta al lector a la obra de Laidi.

Comenzó por la gravedad, un registro que se fusiona con la teatralidad, sobre todo en un texto como Clemencia bajo el sol. A este le siguió el humor «que se desprende del desconocimiento de lo real o de un narrador abrumado por su realidad». El último es la crónica, de una extraordinaria belleza donde aparece la historia de La Habana. Los tres registros –resumió– se engarzan por la teatralidad incluso sin estar pensados para la escena del teatro.

El recurrente sentido del humor de Laidi acompañó sus palabras de agradecimiento y leyó entonces una de sus estampas –La amistad cubana–, provocando la risa, que es reflexión viva, del público. Pero el recorrido de su obra puesto al trasluz por los panelistas despertó viejas nostalgias. Se ha sabido de alguien que tras las revisitaciones expuestas allí ha ido a buscar, en un libro guardado, un cuento como La hija de Darío, y ha sentido la justeza de los panelistas al considerar a la autora, narradora imprescindible en el catálogo de la actual narrativa cubana.