Las estructuras del silencio de Eduard Encina

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Estructuras del silencio —dividido en tres secciones: Cadena Trófica, Fuga y La margen— es un muestrario de las preocupaciones ontológicas alrededor del valor de la palabra y la escritura poética. El poeta duda, pero ve la palabra como tabla de salvación, como consumación de lo posible. Sabe que la palabra puede fragmentar el silencio, asir el poema, conducirnos a otras dudas…
Por: Erian Peña Pupo
Tomado de: AHS
15 de enero de 2019

Estructuras del silencio (Ediciones La Luz, 2017) no es un libro póstumo como algunos pudieran pensar, mucho menos —por ser la décima la estrofa utilizada en todo el poemario— un rara avis en la obra poética de Eduard Encina (Baire, 1973–Santiago de Cuba, 2017). Todo lo contrario, este libro no debe verse separado de sus anteriores cuadernos donde reina el verso libre, sino como parte de un corpus donde las mismas obsesiones comparten la mesa y el pan.

Este —nos dice en el prólogo el escritor José Luis Serrano— es “un libro tan auténtico en sus indagaciones, tan visceral en sus pronunciamientos, que lo podemos poner al lado de ejemplares como Golpes bajos, Escritos de Patmos o Lupus”, y nos recuerda, además, que “Encina es un poeta fundamental en el contexto de la poesía cubana de los últimos 20 años”.

Ediciones La Luz tenía incluido en su plan editorial este poemario en décimas de Encina, cuando la salud del poeta aminoraba y lo llevaba al desenlace fatal aquel 7 de septiembre en Santiago de Cuba, un día antes de la Fiesta Patronal en honor a la Virgen de la Caridad del Cobre, mientras las lluvias y los vientos del huracán Irma azotaban buena parte del oriente cubano.

Estructuras del silencio —dividido en tres secciones: Cadena Trófica, Fuga y La margen— es un muestrario de las preocupaciones ontológicas alrededor del valor de la palabra y la escritura poética. El poeta duda, pero ve la palabra como tabla de salvación, como consumación de lo posible. Sabe que la palabra puede fragmentar el silencio, asir el poema, conducirnos a otras dudas…

“Para que la palabra exista/ se precisa alguna muerte”, escribe en “Jeroglífico”, poema que abre el libro. Mientras en Mateo 24.25 añade: “Encierro el miedo en la boca/ y escribo para salvarme”. Y en Shalam leemos “…aquello que nos parece imposible/ y sabes que es posible en la escritura”, para preguntarse en “Foto oficial” si “¿Es normal algún poeta?”. Él sabía que no…

En “Domesticar” nos dice: “La palabra se deshace/ busca su olor, su motivo/ y evoluciona. La esquivo/ evito que me desplace/ de sus límites y trace/ desde un territorio ajeno/ los signos, todo el veneno/ que al pronunciarla contiene. / Presa, nada la detiene. / Dicha, no conoce freno”.

Asociaciones y referencias a personajes (reales o ficticios) de la cultura universal —Narciso, Hamlet, Otelo, Caín, Trotsky, Vallejo, Nostradamus, Dulcinea, Che Guevara, Baudelaire, Nietzsche, Lautréamont, Ángel Escobar, Marx, Platón, Andy Warhol, Moisés, Stephen Hawking, Orwell, Safo, Plinio, Dante, Goebbels, Proust, Sísifo, Casandra, Mackandal, Chagall, entre otros—, dialogan con las palmas de Heredia: “¡Las palmas deliciosas, ay, las palmas! ¡Cuánta tristeza tuvo Heredia, cuánta!”. Frank Abel Dopico con Elena Poniatowska, el hombre con Dios, armando una “multitud de armazones radiográficas”, contrapuntísticas, vivenciales, reales…

“Entre la fulguración evangélica y sus paráfrasis martianas se articula un ethos, una posibilidad expresiva, que Encina va explorar hasta sus últimas consecuencias. La enfermedad, el dolor, la muerte, son vistos como territorios que deben ser transitados y significan una ganancia para el espíritu. Este poeta rehúsa en todo momento los andariveles de la víctima”, añade Serrano en Estructuras del Silencio, con edición de Irela Casañas, corrección de Mariela Varona y diseño de Frank Alejandro Cuesta, a partir de una imagen de Rafael A. Leyva.

El poeta cree que se ahoga en la superficie, mientras “el secreto está en el fondo” (“El vacío”), pero, advierte, “no es la muerte lo que asusta/ va a matarnos la costumbre (“La margen”).

Apenas compartimos, salvo alguna que otra Feria del Libro y lecturas en Holguín, también la habitación en el último piso de un local de la Federación de Mujeres Cubanas que muchos conocemos sencillamente como “Fe del Valle”, pues en varias ocasiones ha servido como dormitorio y aula en los cursos del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, donde me mostró la reciente edición de su novela para niños Ñámpiti, publicado en 2012.

Además, pude estar en la sala Villena de la Uneac habanera cuando recibió el Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba, pero su obra nos es familiar a varias generaciones de escritores. Más que eso, forma parte de un corpus que hemos ido conformando con autores casi generacionales, pero cuya obra poética nos mueve los engranajes, los mecanismos del ser.

Aquí el joven poeta mambí blande el filoso machete de su estatura lírica, esparce sus dudas, sus pasiones, habla con su madre, le deja una “Carta inconclusa” a sus dos hijos… “Las décimas de Encina —añade José Luis Serrano— deben ser apreciadas como una culminación de sus poéticas anteriores y no como un cuerpo aislado de sí mismo. Las claves que caracterizan su escritura alcanzan aquí una plenitud que favorecerá la compresión de su universo poético”.