Martha Acosta y la narrativa como adicción

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“Los cuentos, por supuesto, son las células de los libros de cuentos. Pero un conjunto de células no necesariamente forma un organismo vivo. Para mí, no basta con reunir las páginas suficientes para formar un volumen. Es importante encontrar armonía y contraste entre las historias. Es muy subjetivo. Una intenta que el libro tenga vida propia, una hace su mejor esfuerzo, pero al final es el lector quien dice la última palabra”.
Por: Erian Peña Pupo
Tomado de: Asociación Hermanos Saíz
9 de julio de 2018

Martha Acosta Alvarez (Sibanicú, 1991) sabe que detrás de cada triunfo literario hay horas de trabajo dedicadas a la escritura y la corrección, y muchas emociones sumergidas en el acto creativo. Ello lo confirma su reciente Premio Calendario con el libro Paraísos perdidos y el Celestino de Cuento, auspiciado por Ediciones La Luz, con Cuarenta días y cuarenta noches.

La joven narradora camagüeyana nos dice que sus historias poseen en común su modo de ver el mundo: los grandes temas de la literatura que siempre han sido los mismos a lo largo de la humanidad, pero tamizados por aquello que la conmueve, preocupa y emociona.

Lectora voraz, cuya “hambre” insaciable la han obligado a crearse un canon mutable, encontró en la poesía una “válvula de escape”, mientras acude a la narrativa casi con adicción y cree pertenecer, si esta pudiera catalogarse, a una generación literaria, al menos muy heterogénea.

Ingeniera en Ciencias Informáticas y egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, Martha ha obtenido, además, los premios de narrativa César Galeano 2015 y Pinos Nuevos 2016, y tiene publicados los libros de cuentos Pájaros azules (Letras cubanas) y Doce años es demasiado tiempo (colección Guantanamera, Editorial Samarkanda).

“Dejarse envolver en el espíritu de la historia es una de las sensaciones que más disfruto como escritora”, nos dice Marta Acosta Alvarez en conversación con el sitio web de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

—Recibiste recientemente el Premio Celestino de Cuento, uno de los galardones más disputados por los jóvenes narradores cubanos. ¿Qué ha significado para ti el Premio Celestino?

—Recibir este premio fue y sigue siendo una gran alegría. Cada vez que he obtenido un logro lo he disfrutado muchísimo. Eso que dicen, que un libro es un hijo, tiene mucho de cierto. Poner a competir a un “hijo” es duro. Tienen que alinearse varios astros para ganar, hay muchos factores implicados, depende del libro que uno como competidor presente, depende de lo que presenten otros, del jurado, y hasta de la suerte. Entonces erguirse con el galardón es motivo de júbilo.

“Con este premio, en particular, siento una gran empatía. Soy admiradora del trabajo que realiza ediciones La Luz y soñaba con entrar en algún momento en su catálogo, no solo porque se trata de una de las mejores editoriales del país, gracias al cuidado y la dedicación con que realizan cada una de las etapas propias de la realización y promoción del libro, sino porque, además, es un grupo encantador, lleno de personas entrañables. Siendo así, siento que he puesto mi libro en buenas manos”.

—¿Cuál es el hilo conductor de estos cuentos, la obsesión común que de alguna manera los une?

—El libro está compuesto por seis historias que tratan sobre distintos temas, pero, invariablemente, poseen algo en común, mi modo de ver el mundo, mis inquietudes, las cosas que me conmueven, me preocupan o me emocionan de la vida. Los grandes temas de la literatura: el amor, la muerte, la familia, lo absurdo, lo emotivo, la nostalgia…

—¿Cuándo sabes que un cuento está terminado? ¿Y aún más, cuándo sabes que un libro ya ha cobrado su cuerpo, su necesaria consistencia?

—Es difícil de explicar. Es algo intuitivo. En el caso del cuento, no basta con contar toda la historia. Cada historia tiene un contenido y una forma, dígase una historia y un estilo. Se podría pensar que una vez contada la historia y depurado el estilo ya se ha terminado, pero siento que existe un tercer elemento, algo así como el espíritu de la historia. Dejarse envolver en el espíritu de la historia es una de las sensaciones que más disfruto como escritora, y es ahí, quizás, la parte inexplicable. Si te digo que es el cuento quien me dice cuándo ha terminado de nacer, ¿me creerías?

“Los cuentos, por supuesto, son las células de los libros de cuentos. Pero un conjunto de células no necesariamente forma un organismo vivo. Para mí, no basta con reunir las páginas suficientes para formar un volumen. Es importante encontrar armonía y contraste entre las historias. Es muy subjetivo. Una intenta que el libro tenga vida propia, una hace su mejor esfuerzo, pero al final es el lector quien dice la última palabra”.

—No solo te interesa la narrativa, el pasado año obtuviste el premio de poesía El árbol que silva y canta…

—Voy a publicar ya mi cuarto libro de cuentos. La narrativa es el área donde tengo más experiencia. La siento como un modo natural que me permite comunicar mis inquietudes, por eso acudo a ella con alegría, con pasión, con disciplina, con fuerza, con nostalgia, casi con adicción. Pero de alguna manera, la poesía ha llegado a mí, sin que me lo propusiera, como una abertura redonda por donde se va el aire a presión, para que la olla no explote. Ahora entiendo que es otra manera de decir, que cuenta con sus propios encantos y que me apasiona de un modo distinto.

—¿Qué autores incluirías en un canon creado por ti?

—La literatura, como la mayoría de las cosas en la vida, está en constante cambio. En cada etapa hay libros que ejercen gran influencia, no solo en el modo de enfrentar el acto creativo, sino, me atrevo a decir, en el modo de entender el mundo. Una de las cosas más geniales que tiene la literatura es la posibilidad de vivir una emoción que el autor experimentó en algún momento. Es mágico que ese vínculo pueda establecerse más allá del tiempo y el espacio.

“Hay muchos autores a los que admiro. Y muchos más que aún desconozco. Pero el canon va cambiando. La respuesta a esta pregunta que me haces es muy relativa. Si me hubieras preguntado cuando tenía diez años te habría dicho, sin pensarlo dos veces: Mark Twain, o quizás, los hermanos Grimm. Unos años después la respuesta hubiera sido Isabel Allende, Laura Esquivel o Marcela Serrano.

“Luego García Márquez, Vargas Llosa, Salinger, Bolaño, Hemingway, Cortázar, Herta Müller, Alice Munro, Amy Hempel, Jack Kerouac, Cormac McCarthy, Paul Auster, Onelio Jorge Cardoso, Kafka, Thomas Pynchon, Saramago y otros, y otros y otros, hasta llegar al punto de no poseer un canon, sino una terrible avidez por leer, sin un orden determinado, guiada por el instinto, por un hambre insaciable”.

—Hablemos del libro Paraísos perdidos y del Premio Calendario en narrativa, temas importantes que visibiliza tu obra entre los narradores jóvenes cubanos…

—Crecí leyendo libros del premio Calendario. Si en aquel entonces alguien me hubiera dicho que algún día tú me ibas a hacer esta pregunta, no me lo hubiera creído. Eran momentos donde no soñaba con publicar, solo con leer. Me gustaba encontrar historias que yo consideraba muy originales con respecto a las noveletas para niños y jóvenes que abundaban en casa. Entonces iba a la Feria, y todo estaba lleno de libros desconocidos para mí, y como debía escoger, compraba aquellos que ponían la palabra premio. Así, además, leí algunos títulos de las colecciones Pinos Nuevos, Casa y del Carpentier.

“Luego de obtener el Calendario 2017 con el libro Paraísos perdidos me puse tan feliz. Imaginé a la niña que fui leyendo mis propios cuentos, esos que recientemente acaban de salir y sentí emoción, cariño, rubor, incertidumbre. Me pregunté si lo que dije podría interesarle a los demás, si podría hacerles bien, si los acercaría a los temas que me inquietan e intenté reflejar en esos cuentos que hablan de la vida de personas sencillas que habitan lugares olvidados.

“Una de las cosas que más me alegra del Calendario es la buena difusión que posee la colección. No sé si la palabra Premio siga atrayendo a lectores esperanzados. Ahora entiendo que un libro no se vuelve mejor luego de hacerse con esta palabra. Cada vez que alguien lee uno de mis libros le agradezco que haya dedicado minutos irrepetibles de su vida a acercarse a algo que me inquieta. Cada vez que alguien lee, aunque sea uno de mis cuentos, le agradezco ese acto de fe”.

—A simples rasgos, ¿qué crees caracteriza tu generación, si acaso crees pertenecer a una generación de escritores?

—Las generaciones, a lo largo de la historia literaria, han sido un asunto de la crítica especializada. Lo común es que se hable de ellas en pretérito. No soy consciente de pertenecer a una generación, aunque probablemente lo sea. Conozco a muchos jóvenes que ahora, al igual que yo, están comenzando a publicar sus primeros libros.

“No sé cuánto tenemos en común, porque cada escritor tiene sus propias particularidades, su registro de inquietudes y obsesiones, su ideal del arte, de lo ético y lo estético. Quizás en unos pocos años comiencen a florecer los estudios respecto al tema. Por ahora siento que, si fuéramos a catalogarnos como una generación, habría que admitir que se trata de una muy heterogénea”.

—¿Cómo valorarías el actual panorama literario cubano desde tu perspectiva como joven escritora?

—No tengo la suerte de conocer todo el panorama literario. Es tan grande y yo soy tan pequeña. Mi visión es limitada. Podría hablarte de los libros que he leído y de los escritores que he tenido el gusto de conocer, pero esta escasa visión no me permite dar una opinión fundamentada. Puedo decirte que hasta donde observo, existe una maravillosa polifonía de registros, de estilos, de temas, de inquietudes, de experiencias, de edades literarias. Es bello, porque es el ser humano plasmado en palabras.

—¿Expectativas con el libro? ¿Con el trabajo de Ediciones La Luz?

—Cuarenta días y cuarenta noches, el libro con el que obtuve el premio Celestino de cuentos, está hecho con todo mi amor e ilusión. Disfruté y sufrí mucho su génesis. Ahora lo pongo en manos de Ediciones La Luz con el ese amor e ilusión. Sé que ellos harán un trabajo hermoso, como es su costumbre. Desde hacía mucho rato quería tener la grata experiencia de publicar con ellos pues hacen un trabajo muy serio en todo el proceso editorial.

“Por si fuera poco, se trata de personas con mucha calidad humana, gente altamente competente, cariñosa, especial, a tal punto que logran hacerte sentir en familia. Creo que nada puede salir mal para mi libro, lo he puesto en buenas manos. Sin embargo, mi mayor expectativa es que los lectores lleguen al libro y que a su vez, el libro logre comunicarles ese gran cúmulo de emociones que sentí al escribirlo. Ojalá lo disfruten. Eso es todo lo que puedo pedir”.