Rafael de Águila, con el suelo de la isla bajo los pies

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Esta vez Rafael de Águila hizo honor a su apellido y practicó exitosamente la cetrería con el premio más codiciado de Cuba, el “Alejo Carpentier”, —en su edición 2009— gracias a su libro Del otro lado, volumen que pretende sobrepasar el universo literario para fundirse con artilugios rítmicos.

Perseverante como pocos, de Águila trabajó los cuentos por espacio de tres años y se sumergió en estudios teóricos musicales para hallar un aliento propio que, al mismo tiempo, no arrojara por resultado una simple aglomeración de historias sino algo perfectamente articulado y sistémico.

Sus temas se apartan de guerras, balseros y jineteras. No obstante, desde su perspectiva, en la literatura ese afán problematizador —como lo denomina—sigue vigente con otros matices, protagonistas y aires renovados. Más le preocupa la incidencia del mercado que ha convertido en pandemia obras que intentan hacerse pasar por literatura. Si de nombres se trata considera a Carpentier, Lezama e Infante —por citar algunos— monstruos sagrados y nunca prescindibles. De la mano, además, más allá de disquisiciones extraliterarias.

Respetuoso de tener en el ser humano las máximas preferencias, la distinción que ahora lo acredita no parece haberlo cambiado en absoluto. Por esta suerte admite, sin rubor alguno, que seguiré sintiendo pavor ante la página en blanco y especialmente ante la página a la que he llevado mis letras.

Cada escritor tiene su propia teoría sobre lo que representa obtener un reconocimiento literario, algunas muy pragmáticas y otras sentimentales hasta el hartazgo. El premio “Alejo Carpentier” es el mejor remunerado en Cuba —para una obra narrativa— y sin duda implica un aliciente al bolsillo. Pero, además del factor económico, ¿tiene alguna otra connotación en tu vida intelectual y/o personal?

Es un honor y un privilegio. Es también una muy grata sorpresa. En el estado actual de la narrativa en Cuba, vasta y pujante, cualquiera de los colegas que enviaron a esta edición, escritores que respeto y admiro, pudo haberlo ganado. No se escribe con la mirada en obtener premios, cualesquiera que estos sean. Se escribe. Y quizá nadie sepa a derechas por qué y para qué. Kant sostenía que el arte era una finalidad sin fin. Recordarás la hipertelia lezamiana. Si se ha logrado una obra que satisfaga puede ya uno sentirse premiado. Y ese es el mejor de los premios. Los premios suelen ser veleidosos, no existen artilugios cibernéticos capaces de dilucidarlos, los otorgan seres humanos, entes falibles, subjetivos, seres animados por preferencias estilísticas y aún temáticas, engranaje  aderezado además por múltiples factores, en modo alguno un premio asegura la calidad o vigencia de una obra, eso lo establecen el tiempo, la crítica, los lectores. En cuanto a las connotaciones para cualquier premiado quizá lo óptimo sea no tomárselo muy en serio. Olvidarlo. Sacarle la lengua. En lo personal seguiré sintiendo pavor ante la página en blanco y especialmente ante la página a la que he llevado mis letras. Y seguiré soñando con llegar a ser alguna vez escritor. Sucede que si eligiera entre ser un buen escritor y ser un hombre bueno elegiría lo segundo. Hasta el momento los premios sentían aversión hacia mis textos, me rodeaba lo que un colega amigo llama el “síndrome de la mención”. Sucede que la realidad siempre ha amenazado con cerrar el paso a los sueños. En este caso la sustancia de la que se componen estos ha logrado burlar la frontera. Y me siento muy satisfecho de ello.

Has comentado que Del otro lado pretende responder a cierta armonía musical, algo que a primera oída suena verdaderamente temerario. ¿De qué manera vincular letras con melodía?

En Del otro lado se agitan once historias sostenidas en cuatro secciones que remedan los movimientos de una sonata clásica, el allegro inicial, no demasiado marcado; un segundo movimiento pausado y melodioso, un andante; más tarde un minuetto, conjunto de tres piezas pequeñas a las que se adiciona una cuarta de fuerte consistencia y mayor aliento, en realidad un retorno al núcleo duro del libro, todo para concluir en un cuarto movimiento, un allegro vivace, suerte de coda o recapitulación temática que reafirma, otra vez, el tema dominante de toda la obra, historia esa escrita especialmente para concluirla, apenas días antes de cerrarse la Convocatoria. Un volumen de cuentos no es una mera sumatoria de textos, a mi modo de ver debe ser algo perfectamente articulado y sistémico, algo de lo que debe emanar cierto espíritu, cada texto debe saberse parte de un corpus. El autor debe hallar ese espíritu y ese corpus. Hallarlo es siempre un reto. Hace algunos años me afané en lograr leer un pentagrama, confieso no haberlo logrado, aquella etapa fue, sin embargo, pródiga en lecturas acerca de teoría musical.
 
En el libro dos de las historias tienen cierta relación con la música. En el siglo XII provenzal, música y poesía eran parte del mismo corpus, no andaban escindidas. Vers y so, de acuerdo con el provenzal antiguo: verso y música. Los trovadores occitanos lo hicieron hace nueve siglos. Tuve la sensación de que la música podría resultar una suerte de lenitivo ante la tragedia. La armonía y el ritmo de las historias aquietadas (o lanzadas hacia lo alto) desde el entramado musical. Y elegí la forma sonata. Como remedo de la vida. Las artes todas de alguna manera se mixturan y la vida humana, escueta hasta el espanto, está en sí misma sujeta a ciclos, a ritmos. Los cuentos elegidos para conformar cada una de las secciones responden, mutatis mutandis, al aliento de las secciones de una sonata clásica. La estructura, si no es caprichosa, sustenta el espíritu. Estudié cada cuento, regresé a la teoría musical en función de rememorar la estructura de la sonata, así, pieza a pieza, respetando el espíritu y la forma de esa mixtura de vers y so, armé el libro. A menudo soy pesimista, pero recordemos que Sábato sostenía que todo pesimista era un idealista resentido. Quizá la idea central sea la música como lenitivo ante la tragedia, la miseria humana y el desamor.

Jineteras, balseros y mercado negro son temas que inundan las propuestas literarias cubanas en las últimas décadas. Tus textos, sin embargo, en términos generales no responden exactamente a esta línea argumental. ¿La consideras demasiada saturada, circunstancial o, sencillamente, no te llama la atención?

Entre la segunda década de los ochentas y hasta bien entrados los años noventas del siglo pasado la literatura cubana estuvo muy signada por un violento afán problematizador. Fue el momento en el que los personajes y ambientes que citas devinieron lugar común. Por aquel entonces escribí un artículo sobre el tema —¿Pathos o Marketing?—, el texto provocó gran revuelo y respuestas más o menos airadas, no puedo dejar de aludir ciertos enconos. La literatura de aquellos años llevó luz a ciertas zonas oscuras, y la luz es siempre necesaria, mas no puede obviarse que aquella luz estaba plagada de absolutismos temáticos, en ciertos casos (y ello tampoco puede obviarse) la calidad literaria, ese ente impreciso, quedaba olvidada, sepultada ante lo que algunos críticos llamaron “realismo tangencial”, otros “realismo sucio”, hubo, desde luego, otras muchas clasificaciones. Aquello era la resultante lógica de los infortunados absolutismos temáticos instaurados décadas atrás por el llamado “quinquenio gris”, período que para muchos excedió el quinquenio y el tono del color. Socialmente aquello fue también la imagen que el camino proyectara sobre el espejo al que aludiera Stendhal.

Llegó el instante, sin embargo, en que aquellos temas, a mi modo de ver, se reprodujeron con inquietante (y repiqueteante) mimetismo, aquello se asumió como moda o receta. Nunca he elegido mis temas, en lo personal jamás me han seducido las modas. Tampoco me sedujeron aquellos temas. Me tracé como norma no leer demasiada de aquella literatura, vivía (y vivo) aislado en una suerte de cuarentena o terapia anticontaminante. Mi asilamiento, personal y en cuanto a lecturas, para bien o para mal, me mantuvo también lejos de lo que alguna vez Yoss identificara como relación incestuosa. Huelga decir que para los creadores de aquel movimiento aquella literatura fue sincera, apasionada, ética. Quien inicia un movimiento no carga las culpas de que el mismo devenga moda. Hoy el afán problematizador, afán que ha animado, anima y animará a la literatura en todos los tiempos y todos los sitios, está ahí, vivo. Sin embargo, la situación, felizmente, ha variado. Esos temas y ambientes no dominan hoy en términos de absolutismos la literatura cubana. Son otros hoy los aires.  

Obtienes el premio “Alejo Carpentier” con un volumen de cuentos en un momento donde la novela domina ampliamente la literatura a escala mundial. ¿Cómo concibes la salud del género que acabas de representar?

En Cuba es excelente. Creo que lo mismo sucede en buena parte de América Latina. A los latinoamericanos, a los cubanos, nos seduce contar historias. Y no se ha dejado de contar historias. Cierto que muchos hoy se trazan como exigencia escribir novelas. Y es que la novela domina ampliamente… el mercado. Pero el mercado no es la literatura. Si el meridiano del mercado del libro en español continúa cruzando hoy sobre España, y el mercado ha privilegiado la novela, pues es comprensible que el cuento sufra las infortunadas consecuencias. Quizá el panorama esté a las puertas de un cambio, asombra que entre los libros más votados en 2009, en España, asomen la testa varios volúmenes de cuentos, se constata el descenso de la novela con relación al año anterior. Y muy especialmente el inusitado ascenso del ensayo. La salud de un género literario será buena sólo si los escritores la mantienen. Y el cuento vive y goza de salud porque se sigue hoy escribiendo cuentos. Si el mercado los privilegia o no... ah, ese es ya un elemento extraliterario. Un elemento que atañe más bien a la salud o la ausencia de salud del mercado. No creo que el cubano, el latinoamericano, o el homo sapiens dejen alguna vez de contar y asumir historias. Una es la salud de la literatura, otra la del mercado. Infortunado que la ausencia de salud de la segunda incida sobre la lozanía de la primera.

¿Consideras que este reconocimiento puede marcar un antes y un después para Rafael de Águila?

Descreo de los reconocimientos. Desconfío de los premios. No presuponen calidad, valor, trascendencia. Ni la auguran. Sospecho que los premios no tienen relación alguna con la literatura. En puridad resultan también elementos extraliterarios. ¿Imaginas a Goethe, a Dante, a Shakespeare recibiendo premios? El antes y el después en un autor en modo alguno deriva de premios o reconocimientos. El antes o el después lo marcan los mundos que el autor sea capaz de urdir, las historias que alcance a llevar al papel, el antes y el después no están, no pueden estar, sujetos a elementos extraliterarios, el antes y el después están, únicamente, en la literatura, en el autor, en la lucha con sus fantasmas, en el caos y el control de ese caos, en la creación, la fantasía, aquello que Santa Teresa de Jesús llamara “la loca de la casa”. Los reconocimientos pueden, quizá, aportar seguridad a un autor inseguro. Mayor estupidez al presuntuoso. Algo de promoción. La efímera y siempre voluble atención del gremio. Un poco de dinero. Muy poco si se tiene en cuenta, por ejemplo, los dividendos de un salsero. Y nada más. Ignoro lo que me sea dable hacer en lo adelante. Escribiré, lo mejor que pueda. Eso, y sólo eso, será lo que marque un antes y un después.

Asegura Abelardo Castillo: Un hombre que dedique toda su vida a casi cualquier cosa puede llegar a ser una eminencia de algún tipo. Dedicarse toda la vida a escribir novelas sólo garantiza dolor de espaldas. Desde esta perspectiva, ¿qué significa ser escritor en Cuba?

Lo mismo que en el resto del mundo: el clásico dolor de espalda. No estamos hechos los cubanos de sustancia distinta al resto. De acuerdo con Carl Sagan todos somos polvo de estrellas. Los cubanos estamos hechos, como escribiera Shakespeare, de la misma sustancia con que están hechos nuestros sueños. Y vivimos en el mismo pobrecito planeta. Ser escritor en Cuba significa lo mismo que serlo en Hong Kong o Islandia. Lo mismo que ha significado siempre en cualquier sitio. Significa escribir, vivir, testificar. Le decía recientemente a Ahmel Echevarría en entrevista hasta hoy inédita, que los cubanos cuando hablamos de literatura hablamos de nosotros, un nosotros quizá mucho más enfático y sentido, un nosotros que nos mueve y conmueve hasta las células, que puede hacernos reír pero que sobre todo puede hacernos llorar, hablamos de nuestra historia privada, eso que según Balzac es la literatura, de lo que hemos soñado, lo que soñamos y lo que soñaremos, de lo que hemos sido, lo que somos y lo que deseamos ser, especialmente de lo que no deseamos ser, de nuestras grandezas y de nuestras miserias. Ser hoy un escritor cubano —advertirás que empleo el gentilicio “cubano” en lugar del espacial “en Cuba”—, significa tener muy cerca, ahí debajo, en cada célula, todo nuestro canon y todo nuestro agon, tener a Martí, a Casal, a Heredia, a Zenea, a José Jacinto Milanés, a Plácido, desde mi infancia me llega la voz de mi padre recitándome Plegaria a Dios, a Villaverde y a la Avellaneda, y por supuesto, a Lezama, Virgilio, Carpentier, Arenas, Cabrera Infante, Dulce María Loynaz, esos monstruos, y otros, son muchos los nombres. Escribir, para un cubano, es asumir todo lo que se ha sido, todo lo que se es y todo cuanto se desea ser. Samuel Beckett declaró que en Irlanda se había escrito mucho, él lo atribuía al resultar esa isla tan sodomizada por británicos y religiosos. Ignoro si la condición de sodomita o sodomizado pueda resultar condición genésica para la creación literaria. Lo cierto es que se ha escrito largo y bien en Cuba, también una ínsula, he ahí la cifra récord de escritores y obras canónicas citadas por Harold Bloom en El canon occidental. En unos pocos siglos hemos escrito mucho los cubanos, sobre el suelo de esta isla o sobre otros suelos, no importa el sitio, un cubano siempre tiene el suelo sagrado de la isla bajo los pies. Desde el suelo llega a las manos lo que al papel se vuelca. Eso ha sido, eso es hoy, y eso será siempre escribir para un cubano, tener el suelo de la isla bajo los pies.

Aun cuando en los círculos intelectuales de la isla el carácter autodidacta de un artista sigue siendo bien considerado, Cuba es un hervidero de talleres literarios en todas sus formas y niveles. Me gustaría conocer si incursionaste en alguno y qué crees de los mismos.

En 1984 asistí a un taller literario de mágicas y múltiples resonancias, cada jueves por la noche nos reuníamos en la vieja casona de Trocadero, la mítica casa de Lezama. Allí conocí a amigos a los que recuerdo con cariño, a pocos he vuelto a ver, muchos son hoy autores reconocidos, colegas que respeto y admiro, me empeño en leer todos sus libros. Allí conocí a la muchacha con la que terminé casándome, e infortunadamente, divorciándome años después. Hasta 1988 asistí a aquel sitio. Recientemente volví allí y fue emotivo. Aquello no era un taller tal como hoy se entiende. Aquel era un sitio al que acudíamos a leer cuanto escribíamos, a opinar acerca de ello, a intercambiar libros, a enamorarnos, a hacernos amigos, un sitio que disfrutamos. Nada de teoría literaria, nada de narratología, nada de punto de vista espacial o caja china, aquel era tan sólo un grupo de jóvenes que se reunían. Hoy los talleres son algo bien distinto. Presumo que siguen leyendo y opinando de cuanto escriben, que afortunadamente siguen enamorándose y haciendo amistades, que seguramente se divierten pero también aprenden. Reciben una buena dosis de teoría literaria, una formación bastante completa. Si se tiene esa dosis de caos que debe poseer un escritor (tal vez sea el caos quien posea al escritor y no a la inversa) esos rudimentos serán de alguna ayuda. No hay taller alguno que logre enseñar el caos. Pero sí las herramientas de las que el caos se sirve. Envidio a los jóvenes que asisten hoy a esos talleres. Como formación y génesis los juzgo muy útiles. Llega el tiempo en que internamente se siente uno impelido a alejarse del taller. Tiempo de amar y tiempo de alejarse de amar, dicen las Sagradas Escrituras. Juzgo encomiable la labor del Centro Onelio, por ejemplo. El mismo José Saramago quedó asombrado allí. Es extraordinaria la labor silenciosa y modesta de los innumerables talleres de base. Muchos escritores invierten una no desdeñable dosis de tiempo y esfuerzo como instructores en ellos.

¿Qué les falta —o sobra— a los escritores cubanos para nutrir cualitativamente nuestra literatura?

Francamente, no lo sé. Ignoro si les (nos) falta o sobra algo. Puede que falte la gran obra. Pero nadie sabe si ahora mismo se esté escribiendo, si ahora mismo duerma en una gaveta o en el disco duro de una computadora. Nadie lo sabe. Sin dudas, llegará. Eso es seguro.

Hacer trabajo de campo en literatura es un riesgo que pocos asumen —Salvador Redonet fue una honrosa excepción— porque siempre es más fácil hablar de figuras y obras consolidadas que nos evitan la sombra de un fiasco, pero hoy, si tuvieras que señalar un escritor cubano activo para representar nuestras letras, ¿a quién nombrarías y por qué?

Los grandes, los canónicos, están infortunadamente muertos. No soy crítico. Tampoco soy  un estudioso con herramientas suficientes para desentrañar el vasto entramado de la literatura cubana actual. Quizá para un crítico resulte igualmente tarea ardua, y hasta tal vez imposible, citar únicamente el nombre de un autor vivo en el panorama de las letras cubanas de hoy. Puede que nunca antes hayan existido tantos escritores como existen hoy en Cuba. Ignoro si en América Latina sean tantos los que se empeñen en escribir, es verdaderamente asombrosa la cantidad de empeñados en esa tarea hoy en Cuba. Y cada día son más. De algunos de ellos llegarán las grandes obras. Pasarán lo años, nadie puede decir cuántos, y de algunos de ellos citaremos los nombres. Hasta entonces dejemos sin respuesta tu pregunta.

Siempre se cuestiona a los escritores qué libro salvarían en un supuesto cataclismo mundial. A mí me interesa más saber exactamente lo contrario ¿Qué libro ahora mismo borrarías de la faz de la Tierra?

Ninguno. Puede creerse uno asistido por el sagrado duende de la literatura, por todo lo que ella significa, todo lo que se le ama, todo lo que se le respeta, y puede uno creerse entonces en el derecho de cercenar. Se erige uno en dictador que es decir en verdugo. No hay que borrar libro alguno. Son mensajes que un espíritu humano escribió para otro espíritu humano. A mi modo de ver ni siquiera existe la buena y la mala literatura. Existe sencillamente la Literatura, así, con mayúsculas, y lo que se desea pasar por tal. Infortunadamente en el mundo de hoy abunda lo segundo. He ahí un elemento que la enfermedad del mercado ha convertido en pandemia, pulula la llamada literatura light, una interminable montaña de olvidables best seller, autores consagrados por el mercado, verdaderos éxitos de ventas, boom editoriales. Todo ello en un momento en el que se lee menos que nunca, mucha TV, mucho MTV, una seudocultura preempacada que abarca desde el fast food hasta el fast reader, tomando al fast writer como ente intermedio. Y todo eso es francamente deplorable. Uno ve a un doctor en medicina, a un jurista o a un ingeniero leer y comentar, alborozados, algunos de esos libros. Y se asombra. Y, desde luego, se horroriza. La verdadera literatura en pocos casos resulta best seller. Gratificante en ese contexto el éxito del tristemente fallecido Roberto Bolaño. Pero suprimir, borrar…, uffff, no. Aborrezco a los censores. Se comienza censurando en nombre de lo sagrado y lo más puro para terminar censurando lo más sagrado y lo más puro. Cervantes sostenía que era sagrado todo cuanto un hombre escribía. Dejémoslo así.

¿Debemos esperar otros premios para Rafael de Águila?

Eso lo ignoro. Escribiré, eso es seguro. Y trataré de hacerlo lo mejor que pueda. Los premios. Ah, los premios son elementos extraliterarios.

En cuestiones de preferencia qué (o a quién) escogerías... ¿Cuento escrito, en curso, por escribir?

En curso. Siempre se disfruta ese escozor, esa desazón, esa levedad del ser (para decirlo tomando prestada esa desasosegante frase de Kundera) que se padece cuando se escribe.

¿Libro premiado o leído?

Leído. Esos son los reales. Los premios se los inventamos a la realidad.

¿Carpentier, Lezama, Infante?

Todos. El trío, integro, total, sin menoscabos, monstruos sagrados y nunca prescindibles. De la mano, además, más allá de disquisiciones extraliterarias. 

¿Coelho, J. K. Rowling, Corín Tellado?

Ninguno. Este trío está a las antípodas del anterior. No los borro, todo el derecho a existir. Pero acá, presumo, hablamos de Literatura, no de lo que el mercado ha deseado pasar por tal.   

¿Cuento, novela, ensayo?

Del cuento soy culpable, el ensayo lo he intentado, me fascina e intimida a un tiempo, la novela… ufff, no, en mi caso la creo inabordable. 

¿Historia, política, ficción?

He ahí otra trinidad nunca prescindible. No se es un homo sapiens íntegro sin esas obsesiones.  

¿Una buena mujer o un buen libro?

A la derecha la buena mujer, a la izquierda el buen libro. Es bello, gratificante y necesario compartir con ella cuanto se lee y se escribe. El sexo sin la aventura intelectiva es la vacía ansia del simio.

¿Amigo o colega?

Amigo, siempre amigo. Si el amigo es colega… ah, ya eso es un mero accidente.

¿Padre o escritor?

Padre. Inobjetablemente. Ser escritor es sencillamente otro accidente. Ser padre, en cambio, algo sagrado y eterno. Mi pequeña hija tiene para este pobre mortal más valor que toda la literatura del mundo. La escrita y la por escribir.