Relecturas en La Habana de El invierno de Gunter*

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El invierno de Gunter es un libro que desde hace tres decenios goza de gran prestigio en diversas partes del mundo como muestran los cuantiosos estudios dedicados a ella (incluida la edición crítica de Tracy K. Lewis), las traducciones a más de cuarenta idiomas y las múltiples ediciones, a las cuales viene a sumarse ahora la edición del Fondo Editorial Casa de las Américas en su colección La Honda.
Por Emmanuel Tornés Reyes
Tomado de: La Ventana
17 de mayo de 2017

Aún me impresiona y estremece el hecho de cómo pudo pasar inadvertida en los años finales de la dictadura de Alfredo Stroessner una novela tan huracanada y provocadora en todos los órdenes como El invierno de Gunter, ficción de índole histórica con la que el fino poeta, narrador, ensayista y profesor paraguayo Juan Manuel Marcos se dio a conocer nacional e internacionalmente dentro del género en 1987 y a partir de la propia Asunción.

Algunos especialistas literarios han dicho, con cierta lógica, que su publicación fue posible a causa del deterioro del régimen hacia esa fecha; sin embargo, muchos sabemos que cuando esta clase de fiera está seriamente herida se vuelve más aterradora, y Stroessner no fue la excepción. Recordemos que él tuvo el oscuro privilegio de integrar aquella tenebrosa fauna de tiranos de la primera y segunda mitad del siglo XX que enlutó a miles de familias durante decenas de años, desde el Caribe y Centromérica hasta el Cono Sur. La sola mención de su patronímico producía escalofríos en todo el continente. Por ello, y esto es algo consustancial en el devenir de la crítica latinoamericana, a los valores esenciales de la obra no podemos dejar de sumarle otra virtud: el haber denunciado la represión existente entonces en Paraguay desde el mismo vórtice del torbellino.

No importa si la acción sucede en Corrientes hacia 1982, pues como expresé en otra oportunidad, las fronteras cronotópicas de esta transforman el tema y el mensaje del relato en hipermetáforas. Sus microhistorias, qué duda cabe, funcionan como vasos comunicantes de todo el país y, por extensión, de Paraguay, Uruguay y Brasil; y, especularmente, aun de más allá: de Bolivia, Chile e, incluso, Centroamérica. Esto último podemos advertirlo de manera simbólica en el capítulo VI de la Segunda Parte del libro, cuando el opulento y conservador Evaristo Sarría-Quiroga busca apoyo por motivos familiares en su amigo Gumersindo Larraín, sombrío brigadier centroamericano curiosamente residenciado en la urbe nordestina. Abrumado, Sarría le refiere al militar que su hijo Alberto quiere casarse con una joven llamada Malena, de confusa reputación. La respuesta de Larraín es rauda: “--¡Le podemos arrancar las uñas inmediatamente!”. Típica solución de esa clase de engendro que pobló nuestro continente.

Pero esto es solo una ínfima prueba de los numerosos dilemas y riqueza ideoestética consustanciales a El invierno de Gunter, ficción que desde hace tres decenios goza de gran prestigio en diversas partes del mundo como muestran los cuantiosos estudios dedicados a ella (incluida la formidable edición crítica de Tracy K. Lewis), las traducciones a más de cuarenta idiomas y las múltiples ediciones, a las cuales viene a sumarse ahora la esmerada impresión del Fondo Editorial Casa de las Américas en su colección La Honda.

La novela de Marcos vino a enriquecer el camino abierto en las letras paraguayas por Yo el supremo. Su aparición nos produjo una gran alegría porque abrió nuevos horizontes en la narrativa del posboom de la nación sudamericana, actualizó y diversificó sus perspectivas, incorporó otros temas y consolidó una multiculturalidad discursiva que pudiéramos considerar distintiva de la tendencia en el contexto de referencia y aún más allá, básicamente por el peso decisivo en el texto de los mitos, cosmología y lengua guaraní, y, sin duda, por la compleja urdimbre intertextual, lúdicra y metaficcional, composición plena de referencias y meditaciones culturales de las más diversas índoles y latitudes del planeta, incluidos los entresijos en contrapunto bajtiniano de la historia pretérita y contemporánea del Paraguay, como no los habíamos visto hasta las páginas intensas del creador asunceno.

Y por si no bastara, El invierno anticipa en casi una década uno de los asuntos que despertarán el interés de las actuales promociones de novelistas sudamericanos, me refiero al secreto refugio de nazis y a las prácticas filonazis de ciertos individuos en la subregión (entre esos escritores puedo recordar a Roberto Bolaño con La literatura nazi en América [1996] y a su compatriota Sergio Gómez con Patagonia [2005]). Pero Marcos nos lo adelanta en 1987 en su historia durante otra de las visitas de Evaristo Sarría-Quiroga al general Larraín. Evaristo se queda perplejo ante los pasos silenciosos del misterioso mayordomo del militar, un anciano casi fantasmal, de smoking blanco. Al percibir la inquietud del abogado, Larraín le comenta:

--¿El viejecito? ¡Pobre hombre! Vino de Alemania en las últimas… Hace años que está conmigo. Mi mujer no lo soportaba. Le gusta experimentar con gatas embarazadas. ¡Viera qué lindos gatos produce: con un ojo azul y otro negro! Le gusta la ciencia al pobre viejo. Pero así como lo ve, tiene mucha energía todavía. Seguramente nos va a sobrevivir a los dos. (Segunda Parte, cap. VI, ed. crítica, 2013).

 

Otra directriz clave de la novela a la que los invito prestar atención, reside en su belleza poética, avisada ya desde el rótulo de la cubierta. Quizás por constituir un hito fundamental en el quehacer creativo de Marcos, la poesía transubstancia toda la corporeidad diegética del relato, inclusive hasta en el cuadro donde el destino de Soledad cobra visos de tragedia griega. Por cierto, esta joven constituye una de las figuras femeninas más atractivas de la narración, y entre sus desempeños actanciales se halla el de escribir poesía.

Existen también pasajes en los que el discurso se eleva de los poros a las estrellas. Y ya que aprovecho la imagen de Lezama Lima, he visto que a veces Marcos –no sé si de manera racional o involuntaria-- nos entrega guiños lezamianos cariñosos, sobre todo en el modo de fraguar la sintaxis, el léxico y la asociación frástica de ciertos enunciados.

Naturalmente, no poca presencia tienen en sus páginas los poemas del mismo autor, autocitas hermosas y funcionales, las cuales--junto a intertextos líricos de incontables poetas nacionales, latinoamericanos y de otras latitudes-- aparecen imbricadas y sin fisuras en el desarrollo de la trama. Sin embargo, al modo de las mejores expresiones del posboom, tal estrategia intertextual no siempre logra reconocerse en el flujo de los capítulos, esto, como cabe suponer, impone retos sustanciosos a los lectores, sin que por ello la lectura deje de ser fluida, amena y comprensible. Pensando inclusive en el orden pragmático, sería sumamente útil esta línea semántica e intertextual de la novela para quienes ejerciten la crítica, las investigaciones y la docencia universitaria, y a no dudarlo para la labor de los talleres literarios, en cuanto a tener un modelo para comprender cómo el empleo de la intertextualidad en las obras de ficción debe responder a fuerzas centrípetas del relato, no a simples acomodos navideños, como dijera en un excelente trabajo el ensayista Juan Armando Epple. Hasta la comparatística tendría cabida en estas indagaciones. Recuerdo un instante en que el narrador de Marcos recurre paródicamente al mismo verso lorquiano de “La casada infiel” que en 1979 Carpentier había también reciclado en El arpa y la sombra, otra valiosa novela de la posmodernidad latinoamericana.

Se distingue igualmente El invierno por su esencia transgresora, contestataria. Tal postura aflora en todos sus planos compositivos. Basta mirar al paso el tratamiento que le da Marcos a la mujer para confirmarlo, en especial la trilogía de Eliza, Verónica Sarría y Soledad Sanabria. La primera rompe con todas las trabas sociales e intelectuales, es afronorteamericana, adopta una niña negra y ciega y toma iniciativas que su marido (presidente del Banco Mundial) era incapaz de realizar por sus prejuicios y funciones, entre ellas la de zarandearlo casi al final de la historia para que salvase a su sobrina Soledad.

Por su parte Verónica, a pesar de ser hija de una acaudalada familia, se rebela contra el establishment, lo que no es poca cosa si pensamos en el conservadurismo de su clase y el peligroso enfrentamiento a una sociedad militarizada donde impera el estado de sitio.

De humilde extracción, Soledad se destaca por su fortaleza ideológica contra la dictadura y su sensibilidad artística y humana. Ya dijimos que es poeta, pero asimismo fue capaz de liderar una revuelta estudiantil contra la visita del general Haig a Corrientes. Al final de la novela sufre graves atropellos y torturas a mano de los sicarios del régimen. Quedan para el disfrute de la novela otras muchas aristas de estas tres mujeres que prefiero callar para que ustedes mismos los descubran.

Finalmente, la transgresión incide sobre la propia cualidad del género, pues El invierno resulta profundamente hibrida, dialógica, heteroglósica y polifónica. Su historia entrevera muchas dimensiones estilísticas, a saber: la histórica, la amorosa, la política, la social, la metafictiva, la poética, la feminista, la identidad de género, la ensayística, la paródica y la neopolicial, por solo mencionar las más visibles.

Como pueden sospechar, la presencia de esta obra en Cuba contribuirá a mostrar cómo la novelística paraguaya del posboom no solo está representada por las brillantes ficciones de Roa Bastos, sino también por otras narraciones de gran valía literaria como El invierno de Gunter o La pasión de Lucrecia (2013), esta última de Carlos Mateo Balmelli. Quedan así abiertas las puertas de nuestro país para el disfrute de El invierno de Gunter.

La Habana, 12 de mayo de 2017

 

*La idea de “relectura” expresada en el título de este trabajo alude a la presentación que hice de la 4ta. edición paraguaya de El invierno de Gunter (Criterios Ediciones, Asunción, 2015) en la Feria Internacional del Libro de La Habana 2016.