Samanta Schweblin presenta “Kentukis”, su nuevo libro

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Por su primera novela, Samanta Schweblin, la autora argentina más internacional, fue nominada al Man Booker, uno de los premios más prestigiosos. Ahora nos sumerge en un mundo de mascotas electrónicas, con las que se interroga por los límites de la intimidad y el voyeurismo.
Por: Verónica Abdala
Tomado de: Clarín
10 de octubre de 2018

La voz de Samanta Schweblin se confunde con el canto estridente de los pájaros, que hacen un pequeño escándalo en el patio del hotel donde se aloja en Buenos Aires, frente a la plaza de San Telmo. Ella, de todas formas, habla muy bajo: hay algo oriental en la delicada determinación con que se mueve, una forma distintiva de belleza.

La escritora –que reside en Berlín, con su pareja- está en el país para presentar Kentukis (Penguin Random House): una ficción en la que se sumerge en un universo tecnológico y explora los límites de la intimidad y el voyeurismo. Y también para participar de actividades del festival FILBA, que se extiende hasta el domingo.

En su nueva novela, la autora presenta un mundo en que los seres humanos habitan o poseen mascotas electrónicas: los kentukis, a los que alude el título, son artefactos con forma de animales de peluche (topos, cuervos, conejos, dragones, lechuzas) que permiten el acceso remoto de los primeros a la vida privada de otras personas. Los muñecos tienen un “amo” y un usuario, con el que conviven. Se trata de una serie de historias que funcionan de manera autónoma pero que, puestas en relación, revelan una trama de interconexiones inesperadas entre los personajes.

Schweblin es actualmente una de las narradoras más leídas del país y goza de un amplio reconocimiento en el exterior: fue reseñada por el New York Times, resultó finalista del prestigioso premio Man Booker por Distancia de Rescate (2014) -novela que será llevada al cine por la directora Claudia Llosa en enero-, y se convirtió en la primera autora argentina en ganar el premio que honra el legado de la escritora Shirlkey Jackson, por esa misma obra, mientras aquí empezaba a ganar popularidad: un “coletazo” del oficio –define, con el que intenta aprender a convivir.

-El kentuki es un dispositivo que habilita una mirada sin cuerpo y el voyeurismo, a partir de las redes sociales, parece ser una marca de época. ¿Pero qué esperamos ver en otras vidas?

-Creo que todos tenemos muchas inseguridades respecto de nuestras propias decisiones, por eso hay una necesidad imperiosa de medir, de calibrar si hacemos bien las cosas, de compararnos. Aunque no queremos pedir o reconocer eso abiertamente, preferimos espiar a los otros.

-¿Hablamos, entonces, de una pregunta por la propia identidad?

-Sí, sobre todo en esta época en que se replantea y transforma el concepto de normalidad: por un lado, la sociedad nos exige que seamos adaptados y exitosos, que nos integremos al resto. Pero a la vez se nos exige ser originales, únicos. Uno se desorienta y se pregunta: ‘¿lo estaré haciendo bien, mal; es mucho o poco? ¿Estoy bien acompañado/a?’ Espiar lo que hacen los demás es la forma más sencilla de respondernos estas cuestiones tan personales. Yo soy muy curiosa y miro más de lo que es aceptable mirar, soy más de la observación que de la acción, y en la base está el deseo de empatizar con los otros.

-La intromisión en la vida de otros aparece también como una forma de la violencia, en la novela. ¿El límite en que la mirada puede tornarse peligrosa o agresiva debería empezar a preocuparnos?

-Debería ser así y la novela se pregunta todo el tiempo por ese punto: ¿hasta dónde se puede mirar sin llegar a violentar la intimidad ajena? ¿Dónde termina la curiosidad y empezamos a hablar de perversión o maldad? No está claro para nadie, son vacíos y preguntas que deberemos empezar a plantearnos.

-¿Qué tan violentos podemos llegar a ser, en este sentido?

-Infinitamente entrometidos y violentos. Todos somos potencialmente monstruosos, aunque prefiramos pensar que lo monstruoso siempre está afuera. La tecnología no es mala en sí misma, ¡es absolutamente neutral! El peligro somos nosotros. Yo como escritora busco que el lector empatice con los personajes y llegue con ellos hasta límites inciertos. Busco que el lector entre en crisis y lo conduzco para que se convenza de que, sin saber cómo llegó a ese punto y llegado el caso, hubiera tomado las mismas decisiones que los personajes.

-Y desde lo argumental, ¿perseguís un efecto de extrañeza en que lo ordinario se vuelve extraordinario o siniestro?

-Sí y dilato el tiempo en que encuentro ese límite; ese es para mí el espacio más interesante. Le propongo al lector entrar en crisis, a través del personaje o de la trama, y debe ser una crisis poderosa que en lo posible que se extienda a lo largo de las páginas. Siempre dentro de ámbitos domésticos o ambientes más o menos cotidianos; dando pequeños giros podemos llegar a convertirnos en lo impensado.

-Es placentero ese temor a lo imprevisto, en la lectura.

-Es un placer compartido con el autor, que sabe exactamente en qué punto de ebullición el relato va a estallar. El trabajo pasa por manejar esos hilos que van a provocar el impacto emocional...

Así escribe:

Lo primero que hicieron fue mostrar las tetas. Se sentaron las tres en el borde de la cama, frente a la cámara, se sacaron las remeras y, una a una, fueron quitándose los corpiños. Robin casi no tenía qué mostrar, pero lo hizo igual, más atenta a las miradas de Katia y de Amy que al propio juego. Si querés sobrevivir en South Bend, le habían dicho ellas una vez, mejor hacerse amiga de las fuertes.

La cámara estaba instalada en los ojos del peluche, y a veces el peluche giraba sobre las tres ruedas escondidas bajo su base, avanzaba o retrocedía. Alguien lo manejaba desde algún otro lugar, no sabían quién era. Se veía como un osito panda simple y tosco, aunque en realidad se pareciera más a una pelota de rugby con una de las puntas rebanadas, lo que le permitía mantenerse en pie. Quienquiera que fuera el que estaba del otro lado de la cámara intentaba seguirlas sin perderse nada, así que Amy lo levantó y lo puso sobre una banqueta, para que las tetas quedaran a su altura. El peluche era de Robin, pero todo lo que tenía Robin era también de Katia y de Amy: ese era el pacto de sangre que habían hecho el viernes y que las uniría para el resto de sus vidas. Y ahora cada una tenía que hacer su numerito, así que volvieron a vestirse.

Amy regresó el peluche al piso, tomó el balde que ella misma había traído de la cocina y se lo colocó encima, tapándolo completamente. El balde se movió, nervioso y a ciegas por el cuarto. Chocaba con cuadernos, zapatos y ropa tirada, lo que parecía desesperar aún más al peluche. Cuando Amy simuló que su respiración se agitaba y empezó a hacer gemidos de excitación, el balde se detuvo. Katia se unió al juego, y ensayaron juntas un largo y profundo orgasmo simultáneo.

–Eso no cuenta como tu número –le advirtió Amy a Katia, en cuanto lograron dejar de reír.

–Por supuesto que no –dijo Katia, y salió disparada del cuarto–. ¡Prepárense! –gritó, alejándose por el pasillo.

Schweblin Básico

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) publicó los libros de cuentos El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca (2009), que han sido traducidos a doce idiomas y publicados en veintidós países, y la novela Distancia de rescate (2014), por la que fue finalista del premio Man Booker. La prestigiosa revista Granta la ha presentado como una de las mejores jóvenes narradoras en español y ha obtenido, entre otros, los premios Juan Rulfo de Francia, Casa de las Américas de Cuba y Fondo Nacional de las Artes de Argentina. Kentukis (2018) es su segunda novela.