Si acumulas libros y no los lees, los japoneses tienen una palabra para eso: eres "Tsundoku"

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¿La pila de libros para leer ocupa media casa y aún así sigues comprando? ¿Sientes la pulsión de comprarte la última novela de tu autor favorito en cuanto sale?
Por: Rosa Martí
Tomado de: Esquire
22 de octubre de 2021

Hace poco tuve que hacer una mudanza, y las cajas de libros ocupaban todo. Más de mil libros, ¿me los había leído todos? Qué va, de hecho, no sé adónde han ido a parar los libros que más me han gustado y que hay que leer al menos una vez en la vida; la mayoría ha quedado en alguna de las muchas casas en las que he habitado desde que me fui de la de mis padres. Pero en esta última mudanza me puse a mirar y al menos un cuarto de los libros que tenía no los había leído. ¿Le pasa a alguien más? No suelo acumular cosas, apenas compro ropa –bueno, zapatos, zapatillas y botas, sí, lo reconozco–, no siento ningún impulso sentimental por guardar entradas, mapas, folletos de lugares que he visitado. Y sin embargo acumulo libros. Me gusta fisgar en mis librerías favoritas como otros escudriñan los estantes en las rebajas y aunque me digo que no voy a caer, es imposible que salga del establecimiento sin llevarme algo.

Siempre me ha fascinado que algunas lenguas tengan palabras específicas para situaciones concretas y comunes que en otros idiomas, como en el nuestro, no existen. Así tenemos Schadenfreude, la palabra del alemán que designa el sentimiento de alegría o satisfacción generado por el sufrimiento, infelicidad o desgracia ajena. O Iktsuarpok que en inuit denota la impaciencia que sientes cuando esperas a alguien y estás todo el rato mirando el reloj, la puerta o incluso saliendo a ver si viene. Algún día haré un artículo sobre todas esas palabras que atesoro y me fascinan.

Así en Japón surgió Tsundoku la del acumulador de libros, que es como llaman a quien acapara libros y, por falta de tiempo, por fetiche por el objeto o por simple postergación, los apila. La palabra tiene su origen en la era Meiji (1868–1912). Proviene de los términos del habla popular japonés tsunde-oku (積んでおく, amontonar cosas para después usarlas y luego abandonarlas) y dokusho (読書, leer libros). Tal como se escribe actualmente, la palabra combina los caracteres de "amontonar" (積) y el carácter de "leer" (読).

Mientras que aquí nos enorgullecemos de nuestras bibliotecas personales, en Japón ser tsundoku es casi casi como tener síndrome de Diógenes, pero libresco. Yo pensaba que era por el reducido tamaño de las viviendas en las grandes urbes, pero no es por eso, o no solo por eso. Mi amiga Ainhoa Calaf, que vive en Tokio desde hace años, me explica que Tsundoku tiene connotaciones negativas porque no se trata de que alguien tenga muchos libros, sino que deja las cosas a medias, que no acaba todo lo que hace. Un libro es algo que se ha creado y está ahí sin usar. Sin aprovechar. Tsundoku es algo que uno se puede llamarse a sí mismo y que solo se puede decir a alguien con quien tienes mucha confianza, un poco como si aquí te autodefines como "desastre", o te lo llama alguien muy cercano, entonces, vale. Pero si alguien con quien no tenemos confianza nos llama "desastre" no nos lo tomamos demasiado bien. Pues algo así sucede con Tsundoku en Japón.

El término surgió mucho antes de que llegara Marie Kondo con su afán organizador. Aunque precisamente Kondo es bastante benévola con los libros o los Tsundokus. En La magia del orden, Kondo sugiere que tus libros probablemente te darán más alegría si te deshaces de los que tienes idea de leer o releer y que probablemente nunca lo harás. De hecho, duda sinceramente de que vuelvas a leer alguno de tus libros. "Afrontémoslo", escribe, y pone la siguiente frase en negrita: "Al final, vas a volver a leer muy pocos de tus libros". Pero todos los consejos de Kondo van acompañados de la advertencia de que si algo te produce alegría, debes conservarlo por todos los medios. "Solo tú puedes saber qué tipo de entorno te hace sentir feliz", explica. "El acto de coger y elegir objetos es extremadamente personal". Básicamente, si un entorno rico en libros te hace feliz, entonces deberías conservar tus libros.

Al escritor, editor y coleccionista de libros estadounidense Edward Newton se le considera uno de los mayores Tsundokus del mundo, pues ya en 1921 diciendo: "Incluso cuando la lectura es imposible, la presencia de libros adquiridos produce tal éxtasis que anima a la compra de más libros, lo que representa un afán del alma de infinito... apreciamos los libros incluso si no son leídos, su mera presencia emana confort, su fácil acceso, la tranquilidad".

Pero si realmente eres un Tsundoku en toda regla, la biblioteca que de verdad codiciarás es la que tenía el escritor Umberto Eco y que me figuro que habrán heredado sus hijos, Carlotta y Stefano.

La biblioteca personal de Eco era legendaria, porque además de enorme e inabarcable tenía todo tipo de rarezas, como buen bibliófilo y coleccionista de libros únicos que era. El filósofo no utilizaba sus libros como una colección de libros leídos sino como una como una herramienta de títulos de referencia, ya que para él importaban más los libros no leídos que los leídos. De hecho, Eco distinguía dos tipos de personas: los que ven la biblioteca personal como una muestra de lo que saben y los que la ven como un recordatorio de lo que quieren aprender. "Yo soy de las segundas"; declaró en alguna ocasión. "Por eso compro los libros de tres en tres. Y soy capaz de comprarme otros tres sin haberme terminado los anteriores, lo confieso- Y es que no compro por tenerlos, ni siquiera para leerlos al momento, sino para leerlos en algún momento. De hecho, sólo el acto de comprarlo es una declaración de intención, no sólo de lo que quiero leer, sino de lo que quiero aprender".

Un tsundoku de libro, y ya pido perdón de antemano por el pobre juego de palabras.

El día que Marie Kondo venga a mi casa le da un pasmo, y no solo por las pilas de libros. Debería dejar de comprar e ir más a las bibliotecas. La red de bibliotecas de Barcelona es maravillosa, con más de 200 bibliotecas y fondos de todo tipo, no solo bibliográficos, sino también música, cine y series. Y lo mejor de las bibliotecas son las actividades, clubes de lectura, encuentros con autores, presentaciones. El ejemplo más envidiable de lo que debería ser una biblioteca lo encontré en Finlandia. La Biblioteca Central de Helsinki, bautizada como "Oodi" (Oda), un impresionante edificio de 17.000 metros cuadrados concebido como "una oda a la cultura, la igualdad y la libertad de expresión", además de albergar libros, es un lugar de reunión, un punto de encuentro de la comunidad, una enorme sala de estar de todos los ciudadanos. Tiene los servicios y actividades clásicas de una biblioteca: préstamo de libros, clubes de lectura, presentaciones, conferencias, charlas y coloquios, pero contiene además una filmoteca, dos cafeterías, estudios de grabación, talleres de confección, estación de soldadura, laboratorio de impresión 3D y salas insonorizadas de música y videojuegos. Hay incluso una cocina totalmente equipada. El público tiene a su disposición ordenadores e impresoras (normales, de vinilo, y hasta un plóter), instrumentos musicales, partituras, consolas y videojuegos, películas y series, salas de ensayo, de juego, de reuniones. Todo es gratis, y está a disposición de cualquiera. Oodi es la biblioteca del futuro, que nos permitirá acumular menos –y no solo libros– en los pisos que la especulación inmobiliaria ha reducido en las grandes urbes a tamaños de armario empotrado.
juliet berto en 'la chinoise'

De todas formas, el Tsundoku es una especie a extinguir, o al menos el que acumula libros físicamente cuyo hogar tiene paredes llenas de estanterías que llegan hasta el techo. Cada vez hay más personas que consumen libros electrónicos, yo misma combino el libro de papel con el kindle. El Tsundoku digital existe, pero es menor. Hay quien recurre a la piratería para hacerse con mayor número de títulos en sus dispositivos, pero, en general, cuando un libro está disponible en formato electrónico, no se agota, y siempre puede comprarse, por lo que desaparece la urgencia de no dejar escapar la oportunidad de tenerlo en nuestro haber. Y si eres un Tsundoku recalcitrante, de los que adoran rodearse de literatura, recuerda lo bien que vienen las librerías de segunda mano.