Un dramaturgo que escribe para la escena

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La intuitiva obsesión de González Melo con la alusión —directa o no— a una sociedad desprejuiciada, inescrupulosa y carente de tabúes, le otorga a la pieza un alto desenfreno e impudicia, una apertura en cuanto a relaciones interpersonales se refiere: elemento que el director aprovecha a conciencia para crear por momentos un ambiente lúdico, de comicidad, que aligere la tensión de la puesta en escena.
Por: Víctor Banazco
Tomado de: El Caimán Barbudo
13 de marzo de 2018

«No pretendo calcar el mundo, sino reinterpretar
 las situaciones difíciles de la existencia,
y ese es el ámbito en que intento
 conectar con el espectador».
1
 

La genialidad de un dramaturgo como Abel González Melo radica en el atrevimiento, la perspicacia, la exquisitez del lenguaje e inmediatez de las temáticas que despliega en todas sus piezas teatrales, el ingenio y la destreza de un escritor aguzado. Pero también —y mucho más trascendental— en ser un dramaturgo que escribe pensando en y para la escena: concretización de todas sus piezas dramáticas.

Sistema regresa a las tablas para ofrecer al público nacional y foráneo otra temporada de la pieza. La sede de Argos Teatro, sito en Calzada Ayestarán núm. 307, esquina a 20 de Mayo, Cerro, se engalana una vez más para recibir a este elenco de lujo, bajo la dirección escénica de Yeandro Tamayo.

Aun en esta pieza, que forma parte de su trilogía Verano Deluxe, González Melo no logra desligarse del todo de esa amplia amalgama de personajes marginales, que tanto aprovechó en Fugas de invierno (Chamaco, Talco y Nevada).

Muy a pesar de que esta nueva entrega intente desligarse de los sectores marginales de la sociedad cubana actual, para adentrarse en escenarios diferentes como el lujoso Varadero (Mecánica) y “ese pedazo de Cuba que se llama Miami”2 (Sistema), personajes como Sara y Maikel acrecientan su necesidad de no separarse nunca de ese estado natural de sus piezas dramáticas, que prefiero encasillar en el vocablo marginalidad.

La verdad nunca evidenciada —textual ni directamente— acerca de un suceso: profanación de la ingenuidad de un niño por un artista de la plástica cubano en Miami, es la temática que González Melo despliega en esta entrega, que fuera mención del Premio Casa de las Américas en 2014.

Así, la ausencia de acotaciones en el texto de Melo, acrecienta el suspense y la postura del dramaturgo frente al hecho que con una mordacidad impecable sondea la pieza —haciendo la salvedad de las que son propias de acciones y movimiento. Este elemento le otorga a Yeandro Tamayo la libertad para disponer magistral y coherentemente de los estados de ánimo y sentimientos más íntimos de los personajes en cada escena.

“Si tuviera que hacer una recomendación única al director que se anime a representar esta obra, le diría que propusiera a cada actor defender la verdad de su personaje con toda la pasión y hasta el final. Sé que, en términos realistas, alguien tendría que estar mintiendo. ¿Pero cuál es la verdad? Acaso la utopía de una verdad escénica solo pueda nacer de ese complot de imposibles”.3

Con estas sentencias el dramaturgo otorga axiomáticamente al director de la puesta en escena la total autonomía y discernimiento para decidir sobre sus actores.

La intuitiva obsesión de González Melo con la alusión —directa o no— a una sociedad desprejuiciada, inescrupulosa y carente de tabúes4, le otorga a la pieza un alto desenfreno e impudicia, una apertura en cuanto a relaciones interpersonales se refiere: elemento que el director aprovecha a conciencia para crear por momentos un ambiente lúdico, de comicidad, que aligere la tensión de la puesta en escena. Pensemos, por ejemplo, en el aura de marginalidad que sondea a Sara y Maikel.

Ahora bien, existe como una duda, que me ha asaltado en las dos ocasiones en que asistí a la puesta en escena de Sistema. Dicha inquietud radica en la voz de Kevin, personaje latente en la puesta en escena5, y que en esta ocasión se le otorga al personaje de Greta, la psicóloga.

Vayamos al texto. La obra inicia y termina con el encuentro entre Kevin (el niño) y Arturo Alcalde, cuando este último pasa al baño: hecho que desencadena la acción dramática y el principal conflicto de la pieza. Ahora bien, ¿por qué omitir la presencia física de Kevin, sobre todo en la última escena de Sistema? ¿Por qué poner sus parlamentos en voz de la misma actriz que interpreta a Greta, la psicóloga?

Según palabras del dramaturgo, “[Kevin] solo aparecería como un susurro al inicio y al final de la obra, sin que nada lo afectase en la escena patente: fluiría, crecería, se multiplicaría su imagen en la instancia latente del relato. Tal corrimiento le daría el máximo protagonismo”.6 Sin embargo, esta idea acentuada por González Melo justificaría la presencia de Kevin solo como personaje latente; no así la supresión de la voz del niño en la representación escénica de Yeandro Tamayo.

La ausencia casi total de escenografía —solo unas pocas sillas que los propios actores reacomodan tras el paso de una escena a otra, y el barbecue— le concede al director la total autonomía para disponer de la presencia real y física de los actores en escena durante casi toda la puesta (a menos que la acción dramática así lo requiera o haya un ligero y necesario cambio de vestuario). Así, los actores permanecerán en el espacio de la representación como un espectador más, que acecha e interroga con su mirada.

Asimismo, los continuos desplazamientos espacio-temporales en tiempo real de la representación, una vez más ponen en evidencia la capacidad de Abel González Melo para recrear una historia que atrape y mantenga a sus lectores/espectadores en total sintonía con la mordacidad y las temáticas que abordan su escritura. Pero también de Yeandro Tamayo, para situar a cada actor en el momento y el espacio que le corresponde sobre la escena.

Otro elemento que entronca perfectamente con la siempre genialidad de Argos Teatro es la música original y banda sonora de Denis Peralta, que en esta ocasión acrecienta el suspense de la acción dramática en el paso de una escena a otra. De igual modo, el vestuario a cargo de Vladimir Cuenca. Usual y cotidiano, pero coherente y majestuoso a la vez, habla por sí solo de cada personaje, su psicología y características.

Despierta mi atención cómo ciertos elementos son suprimidos por el director en la puesta en escena. Así, el lugar donde trabaja la persona que debió enviar el email, a través del cual Dora conocería de la salida de Sara de la Isla; así como la alusión al pasaporte oficial con el cual Arturo Alcalde y su esposa atraviesan la aduana sin ser detenidos por el exceso de mercancía barata que entran al país.7 De este modo, se nos presentan dos entidades que se enfrentan: la del dramaturgo que acentúa los problemas más acuciantes de una sociedad en crisis, por una parte; y por la otra, la del director teatral que los evita en su representación.

Se suprime además la presencia de Yoel, el policía, que transmuta de ser un personaje patente en el espacio físico de la representación escénica, para convertirse solo en latente. Yoel aparece por vez primera al final de la escena 4 (llega con la orden de detención para Arturo Alcalde); luego en la escena 6 íntegra (la denuncia de Maikel); y en la escena 12 (conversación con Greta). Sin embargo, considero atinada la decisión de Yeandro Tamayo de suprimir su aparición en escena, pues constituye un personaje de escasa trascendencia en la pieza, del cual se podría prescindir sin afectar el conflicto e historia de la representación.

Es meritorio señalar dentro del excepcional repertorio de actores que conforma la puesta en escena, las magistrales actuaciones de Yailín Coppola (“mayamización”, risa estruendosa y comicidad, que sondean lo marginal), José Luis Hidalgo (perspicacia e ironía de su enigmático personaje) y Maridelmis Marín (su postura, elegancia, encanto e histrionismo). Asimismo, evidenciar la excepcionalidad de la escena de Joanna Gerby y Arturo Alcalde en la cárcel. La fuerza, el ímpetu y la seguridad de estos dos actores sobre las tablas son impresionantes.

Una vez más Argos Teatro nos cautiva con su ingenio, su destreza, inmediatez, elegancia y los deseos más intrínsecos de apostar por una representación digna de nuestro quehacer dramático. Merecidos elogios a Yeandro Tamayo, a ese meticuloso y excepcional dramaturgo que es Abel González Melo, y más aún a Carlos Celdrán, faro que guía esa embarcación que no quiebra, no decae, no va a pique.

Notas

1. Gisela Orozco: Adentro: «Amor, dolor y traición en la Cuba actual», entrevista a Abel González Melo, en http:// www.vivelohoy.com
2. Abel González Melo: Sistema, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014.
3. Abel González Melo: “Más carne en el asador” (Recomponiendo mi sistema)», en Sistema, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014.
4. Y repensemos estas denominaciones a lo griego, alejadas de los prejuicios de una sociedad eminentemente machista, donde estas ideas sean abordadas como una cuestión normal, cotidiana, no anómala.
5. Según la terminología usada por José Luis García Barrientos en su texto Cómo se comenta una obra de teatro.
6. Abel González Melo: “Más carne en el asador (Recomponiendo mi sistema)”, en Sistema, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014.
7. Detalles quizá insignificantes pero que despiertan mi atención y amplio sentido de lector aguzado.