Un Juan Candela llamado Onelio

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Hace 105 años nació Onelio Jorge Cardoso, mayúsculo cuentero, orgullo y magisterio de las letras cubanas
Por: Madeleine Sautié
Tomado de: Granma
13 de mayo de 2019

«Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú, que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas». Y hay otro que no ha muerto, aunque el registro civil marque su deceso el 29 de mayo de 1986. Su nacimiento fue el 11 de mayo, pero hace 105 años y su nombre es Onelio Jorge Cardoso, mayúsculo cuentero, orgullo y magisterio de las letras cubanas.

El de «pico fino» tenía «la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres» y contaba en las noches historias alumbradas por un farol, en el barracón donde sus compañeros, cansados de trabajar todo un día en los cañaverales cubanos –con «el cuerpo doblado» y «el sol a cuestas»– se disponían a escucharlas. El otro, el de Calabazar de Sagua, en la antigua provincia de Las Villas, tuvo que ganarse desde temprano el pan en diversos oficios, pero el talento literario halló el modo de abrirse paso y, habiendo tenido ya algunos resultados, ganó en 1945, en el célebre concurso Alfonso Hernández Catá el primer premio, con Los carboneros.

Otras labores, cuentos y estímulos vendrán a resaltar desde entonces el nombre de Onelio.  Publicará su primer libro, Taita, diga usted cómo, y aparecerá su firma en otras publicaciones de carácter antológico. Será maestro rural, vendedor ambulante, redactor de noticieros, escritor de libretos de radio… merecerá otros lauros, como el Premio Nacional de la Paz, por su cuento Hierro viejo, verá publicado en 1958 su libro El cuentero.

El triunfo de la Revolución iluminó la vida espiritual de Onelio, amante de la cultura, los escritos, los libros. Además de dirigir varios frentes en el mundo de las instituciones, hizo periodismo. En este diario fue jefe de reportajes especiales y trabajó como jefe de redacción de Pueblo y Cultura y del semanario Pionero. Fue consejero cultural en Perú y Presidente de la Sección de Literatura de la Uneac, hasta el fin de sus días. El doctorado Honris Causa le fue conferido por la Universidad Simón Bolívar, de Bogotá, en 1983, y por la Universidad de La Habana, en 1984.

En una ocasión reveló haber heredado el estilo de sus cuentos del modo de hablar de su padre. «Iba al grano y tenía una gracia natural que se me fue pegando». Y es cierto: haberlo leído es ir al encuentro de un estilo donde no falta ni sobra una letra, para dar ambientes y situaciones de asombrosa plasticidad.

El campo, su gente, los escenarios sencillos, los pueblecitos provincianos, los pescadores, los niños, los viejos, el mar; pero también la savia filosófica de la vida: el triunfo del trabajo sobre la muerte; la necesidad de crecer y emprender el vuelo; la importancia de alimentar y defender los sueños… son, entre otras, imperiosas presencias en la obra de este narrador medular, que desde un «puesto» omnisciente ha legado a las letras del patio esencias de la nobleza del cubano junto a una generosidad palpable desde los primeros instantes de la lectura.

Como las joyas de las letras continentales que son deben admirarse sus obras, verdaderas divisas para el lector adulto, incluso las destinadas al público juvenil. Valga recordar –por solo citar una de las más reconocidas y realizar con ello un ejercicio de franca seducción– las palabras con las que abre su pieza narrativa Francisca y la muerte, factura inolvidable para quien la haya alguna vez leído.

«Santos y buenos días –dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo. –Si no molesto –dijo–, quisiera saber dónde vive la señora Francisca».

Por suerte el sistema de enseñanza nacional lo inserta en su plan de estudios –oportunidad para asomarse a otros textos de su autoría y garantía de que los niños todos lo conozcan– y bibliotecas y libreros familiares albergan sus obras. Un centro veinteañero y prodigioso en nuestro país lleva su nombre y decir Onelio es experimentar una plácida dulzura. Ha de ser por los poderes incuestionables que tiene la literatura para quienes la consumen y propinan al lector un poco, o mucho,  del alma de quien la escribe.